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La perversión del intelecto.

Permalink 13.03.06 @ 18:30:38. Archivado en El oficio de vivir

Cuando dejamos de creer en nuestros principios, provocamos en nosotros una nueva dimensión que nos obliga a dirigirnos fuera del plano de nuestra personalidad

Desde que, aquellos españoles que nos consideramos de bien, nos viéramos obligados a iniciar el vía crucis que llevamos sobre nuestras espaldas a partir del momento en que se instalara en la Moncloa el señor Zapatero - les aseguro que me encantaría hablar de la gobernabilidad, pero sería un sarcasmo –la gran mayoría de nosotros nos hemos preguntado una y mil veces el por qué de esa incomprensible actitud agresiva hacia todo aquello que, en mejor o peor situación, había heredado de los anteriores gobernantes.
Bien es cierto que mi opinión sobre los políticos, sean del signo que sean, deja mucho que desear y, generalmente, me inspiran poca confianza. No tengo duda alguna de que las “altruistas” razones que motivan su interés por los problemas de sus conciudadanos, son, por encima de cualquier otra, medrar del modo que sea para encontrarse social y económicamente en un lugar privilegiado ante estos. Les conmino a ustedes a que me ofrezcan siquiera una terna de nombres a lo largo de nuestra joven democracia, no creo que sea necesario irse más lejos, en la que la situación social, y especialmente económica de un político, retirado o en activo, sea sustancialmente peor, o incluso igual, que la que tenía cuando se inició en la política. Lamentablemente, todos estaremos de acuerdo en que más bien sucede todo lo contrario. El enriquecimiento y la posición alcanzada serían difícilmente conseguidas a través de cualquier otra actividad profesional. Puede que el caso de algún empresario rompa la regla. Pero con una sustancial diferencia a favor de este último: el empresario se juega, junto con su esfuerzo, su patrimonio y, en muchas ocasiones, el de su familia. El político, el de todos nosotros, y sin riesgo alguno. Para él, claro está.
Sin embargo, pese a la mala opinión que albergo de los políticos, siempre había mantenido la convicción de que llegados determinados momentos, salvo situaciones extremas, sus actos tendrían un límite. Por eso, ni la mayoría de las personas que conforman mi amplio entorno, ni yo, en absoluto podemos comprender como el señor Zapatero, junto con sus colaboradores, en el escaso margen de algo más de un año, han conseguido destrozar todo aquello que tanto nos había costado darle forma, incluso con la vital aportación del partido político al que dice pertenecer, y crear, sin aparentes razones justificables, múltiples frentes de confrontación. Desde la educación a la economía, pasando por la religión, el agua, la sexualidad, , el ejército, la política exterior, las finanzas, los medios de comunicación, la política de integridad y cohesión territorial, el terrorismo y tantos otros, hasta desenterrar a los muertos apelando a una lúdica y macabra maniobra llamada “memoria histórica”.
Y uno se pregunta si para gobernar con otro “talante”, para que tus votantes no te confundan con el paisaje existente hasta tu llegada al poder, es preciso poner todo patas arriba, con claros e innecesarios riesgos de enfrentamientos.
A mis cumplidos cincuenta y seis años, me consta que como a la mayoría de los españoles, la política me había motivado poco, por no decir muy poco, o nada, considerándola un mal necesario. Ahora me alegra recordar que, pese a haberla vivido muy de cerca, por mi plena integración en el mundo de la edición y de las Artes Gráficas, jamás aceptara las propuestas, de mayor o menor calado, que desde diversas tendencias políticas me propusieran la incorporación a algún cargo en las instituciones. Siempre he preferido, y prefiero, mi libertad e independencia de criterios, que la obligada servidumbre a unas consignas que, sin duda, han de cumplirse cuando se pertenece a esas “clases políticas”. Les confieso que, independientemente de la inclinación política, como igualmente me consta que le sucede a la mayoría de los españoles, en el fondo, salvo a los fanáticos, nos daba un poco lo mismo quien gobernara. Claro está, siempre que los ganadores, dentro de las “anormales” reglas del juego político, se dedicaran a intentar mejorar las actuaciones de sus predecesores. Cuanto menos con la ambición, que nunca con la ilusión, de mantenerse en el poder todo el tiempo que fuera posible.
Pero lo que ha sucedido, y me temo que seguirá sucediendo, en estos últimos veinte meses, nada tiene que ver con el habitual “mal comportamiento” de una clase política, siempre sucia en su actividad “profesional”. De modo y manera que, aunque no sea más que como hábito asumido en democracia, bien está la descalificación directa, o subliminal, del adversario; bien está realizar políticas que tratan de alejarse y sean lo menos parecido a lo que realizaba su predecesor, cuando te encontrabas en la oposición; bien están alianzas incomprensibles en otros momentos, que te permitan, contra viento y marea, mantenerte en ese poder que tanto ansías; bien está tratar de contemporizar con todos, sin conseguir contentar a ninguno.
Pero lo que ya no es posible entender, al menos en el especial caso del señor Zapatero y sus colaboradores del PSOE, es su irrevocable decisión de abrir cuantos frentes sean posibles, de manera que no quede puente alguno en pie por el que poder acercarnos a la otra orilla. Incluso para aquellos que, como antes decía, consideramos a la política y a los políticos, a lo sumo, como un mal menor.
No es de recibo aceptar que hasta las raíces más profundas de una cultura se vean en riesgo por el incomprensible fanatismo de un iluminado. Porque, sino, ¿díganme entonces qué razones puede tener para actuar como lo hace un personaje nacido, dicen que en Valladolid, y criado en León, a los pechos de la Castilla más tradicional, y yo me atrevería a decir que rancia? ¿De qué otro modo se puede entender su cerrazón en la defensa del desmembramiento de España? ¿Y su defensa, no razonable y justa, sino a ultranzas y sin fisuras del Movimiento Gay? ¿Guardará algún secreto en el armario el señor Zapatero? ¿A qué cultura pertenece esta persona y cuáles son sus raíces, que se aleja tanto de la del español medio? Y en cuanto a su indisimulada animadversión hacia la Iglesia, ¿de dónde le viene? ¿Tal vez de que, como a casi todos los de mi generación, durante los últimos años del franquismo, nos gustara o no, fuimos obligaron a asistir a misa?
¡Seamos serios! Verán, yo les confieso que, aunque me autodefina católico, debe hacer más de cuarenta años que no piso una iglesia, salvo para aquellos actos inevitables que considero innecesario mencionar aquí. De modo que no soy sospechoso de nada. Pero el hecho de que lo haga es la afirmación, clara y contundente, del reconocimiento a la cultura a la que pertenezco, con todo lo que ello conlleva, independientemente de lo que pueda suponer la Iglesia, como tal, en mi vida que, les adelanto, es muy poco, o nada. Aunque la respeto. Sin embargo, en esa cultura, mal que pudiera pesarme, como parece ser el caso del ínclito señor Zapatero, es la que contiene nuestras ancestrales raíces. ¡Las de este personaje también! O eso pensamos la inmensa mayoría de los españoles. ¿Creen acaso, aunque nos dirigiéramos a los convencidos de izquierda, que si los que le votaron hubieran sabido que este individuo era más pro musulmán que católico; más independentista que español; más pro gay que reflexivo y equilibrado, le hubieran votado?
De modo que, llegados a este punto, lo único que cabe preguntarse son las razones que le inspiran…o le obligan, a actuar de la manera que lo hace. Para ello hay mil especulaciones. De manera concreta se habla de las deudas contraídas por él y su partido, para poder mantenerse en el poder. Sin duda, desde la óptica política, es obvio y absolutamente lógico que algo de ello haya. Pero, por su anormal y radical comportamiento, estoy seguro que también debe haber motivos no exclusivamente políticos. Les decía al inicio de esta reflexión que, pese a lo que opino de la clase política, siempre había considerado la posibilidad de que sus actuaciones tuvieran un freno que, llegado al límite, le impusiera la dignidad.
Y ahora, visto lo visto lo visto, no tengo duda alguna. Siempre que no esté en juego el último recurso al que el hombre se aferra, la dignidad, es posible que este, por miserable que sea, le ponga freno a sus desatinos. Sólo el temor, por no hablar del terror, puede hacer que se olvide ¡hasta de su dignidad!
De manera que si tenemos en cuenta las “malas compañías” con las que nuestro ínclito Zapatero se relaciona desde que llegara al poder: los independentistas de ERC y sus viejos afiliados de Terra Lliure; los independentistas vascos y ETA; el sátrapa de Marruecos y su poderoso y terrible servicio de inteligencia – recordemos el 11M - ; el golpista de Venezuela; el dictador cubano Castro y, sin ir más lejos, la vieja guardia corrupta del PSOE, difícilmente podremos evitar llegar a la conclusión de que no es tanto lo que debe, lo que ni siquiera por dignidad en su cumplimiento merecería la pena defender, ni conservar, sino lo que teme.
No siempre es fácil salir y recuperar la libertad, más bien todo lo contrario, cuando uno se introduce en un mundo de “tinieblas”. Ya saben aquello de que: quién con fuego juega…
Lo terrible es que aunque el pudiera terminar abrasado, lo cual es muy probable, sin duda alguna, el ciudadano de a pie, sin comerlo ni beberlo, está recibiendo quemaduras de pronostico reservado.

Felipe Cantos, escritor.

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