Fe y vida

La dimensión comunitaria de la mision

25.10.18 | 02:37. Archivado en Reflexiones

La misión no es una tarea individual. En realidad, es la comunidad la que evangeliza, la que puede testimoniar el amor de Dios e interpelar a muchos. Y todo esto porque nuestro Dios es, ante todo, un Dios comunidad, un Dios Trinidad, donde la soledad no existe y todo es comunión. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de esta dimensión comunitaria y vivimos una espiritualidad muy individual y de intereses personales. Esto se muestra en ese afán – de algunos- de peticiones por el bienestar personal y en la preocupación por su rectitud moral y el cumplimiento de los preceptos religiosos sin ninguna atención a la cuestión social. Y en esa dialéctica se mueve, muchas veces, la experiencia cristiana.
La misión esta llamada a asumir las distorsiones que pueden darse en la experiencia de fe y a proponer “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4, 2) el anuncio gozoso de la esencia del cristianismo. Porque las distorsiones muchas veces surgen de acomodamiento, de la “domesticación” de lo nuevo frente a lo establecido y a lo que “siempre se ha hecho así”. La misión, por el contrario, desinstala, exige movimiento y audacia, se constituye en un dinamizador que nos saca de nosotros mismos y nos hace ir al encuentro de los demás.
Pero vayamos por partes. En primer lugar, como ya lo anotamos, es urgente recuperar o, en verdad anunciar, el rostro del Dios cristiano que es Trinidad. Si miramos la vida de Jesús, Jesús nos reveló un Dios Trinidad, comunidad. Por una parte, mostró su filiación total y radical al Padre y su obediencia incondicional a Él. Precisamente su vida histórica nos trasparenta ese amor filial y nos va revelando como es ese Padre: totalmente misericordioso, inigualable en su amor a la humanidad y en su solidaridad con los más pobres. Por esa causa Jesús llega hasta la muerte y acepta la incomprensión de los suyos. Después de su muerte, los discípulos sintieron la fuerza del espíritu de Jesús que los movía a la esperanza y al anuncio, que los sacaba del desánimo y los ponía en el camino de la misión.
Lo que los evangelistas relatan como “comer con ellos” (Jn 21, 12ss), “entrar al recinto cerrado” para desvelar su presencia (Jn 21, 19ss) o “caminar con ellos” -relatando una vez más los hechos acontecidos para ayudar a discernir lo ocurrido esos días en Jerusalén (Lc 24, 13ss)-, no son más que una expresión profunda del mismo Espíritu de Jesús que sigue haciéndose presente en la vida de la primera comunidad cristiana y les hace salir de sí mismos, abandonar sus seguridades para dedicarse a anunciar “lo que han visto y oído” (Hc 4, 20).
En segundo lugar, el movimiento de Jesús que se gestó después de la Pascua, tiene en esencia ese cariz comunitario. No son los discípulos en individual los que anuncian al Resucitado. Es la fuerza de la comunidad que se reúne en su nombre, parte el pan, se dirige al Padre en oración y no deja que ninguno de entre ellos pase necesidad (Hc 2,44-45).
Por tanto, la misión nace en el seno de la primera comunidad cristiana y así ha de desarrollarse a través de los siglos. Lo que empezó como ese movimiento de ir “de dos en dos” (Lc 10,1ss), ha ido creciendo a lo largo de la historia en la experiencia de múltiples comunidades que, desde sus carismas específicos, dan testimonio de ese movimiento original de sentirse enviados como comunidad a anunciar el Reino de Dios predicado por Jesús. Lógicamente, la comunidad supone la dimensión personal de cada uno de los sujetos que la conforman –de ahí que el evangelio muestra como Jesús llama a cada uno por su nombre (Mt 10, 2ss)- porque la comunidad cristiana no es una masa sin identidad ni responsabilidad personal, pero es precisamente, desde esa dimensión personal que se constituye una comunidad donde se comparten significados y valores comunes que son los que mantienen la cohesión del grupo y le comunican ese apuntar en una misma dirección, que para la vida cristiana, son los valores del reino, el seguimiento del Resucitado.
Por todo esto es importante vivir con más fuerza esta dimensión comunitaria de la misión que llevamos entre manos y hacerla más explícita en nuestro compromiso misionero. Interesa mucho el testimonio que se da como comunidad. El amor que se vive entre todos sus miembros. La ayuda verdadera y total que existe entre todas las personas. La capacidad de cambio que el grupo tiene para responder a los desafíos de cada momento histórico, manteniendo así su vitalidad y dinamismo.
Este es el movimiento que el Obispo de Roma ha suscitado en su Pontificado. Ha cuestionado a la Iglesia por su replegarse en ella misma para defenderse y la ha invitado a ser testimonio de alegría, de libertad, de apertura, de novedad. El Papa no cesa hacer gestos proféticos que dan vida y esperanza al mundo. Su proximidad con los más pobres sale a la luz con mucha frecuencia. Su capacidad para romper el protocolo y responder con espontaneidad a las circunstancias que va viviendo, da a la iglesia todo un cariz de “humanidad” y “cercanía” que nunca deberíamos perder. Pero sobretodo, su llamada insistente a un anuncio gozoso del evangelio, interpela fuertemente a la comunidad eclesial que tantas veces parece anquilosada, triste, sin audacia, ni profetismo.
Vivamos por tanto la dimensión comunitaria de la misión, renovando nuestras comunidades eclesiales –sean iglesia doméstica, parroquial, diocesana… en fin, allí donde cada uno vive su discipulado misionero, para que muchos puedan decir lo que decían de los primeros cristianos: “Miren como se aman”. Y por este testimonio, la comunidad crezca, se expanda, siga siendo una comunidad evangelizada y evangelizadora que, con audacia, busca llegar “a todos los pueblos…. Hasta los confines de la tierra” (Mt 28, 18-20).


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