Fe y vida

50 años de la Conferencia de Medellín

08.06.18 | 01:56. Archivado en Reflexiones

Hace 50 años, entre agosto y septiembre de 1968 se celebró la segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño en Medellín (Colombia), conferencia que representó un antes y un después para la Iglesia del Continente. Algunos le llamaron el “pasó” de Dios por estas tierras, un paso claro, contundente, una verdadera “irrupción” del Espíritu en esta realidad como concreción del Concilio Vaticano II –Celebrado de 1962 a 1965- que había invitado a “leer los signos de los tiempos”, invitación que los obispos habían acogido dando como resultado las opciones emanadas de esa Conferencia que hoy vuelven a resonar fuerte con la orientación que Francisco le está dando a su Pontificado.
El tema de esta conferencia deja ver los objetivos que perseguía: “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”. Como resultado se pueden señalar, entre otros, los siguientes aspectos: En primer lugar, una lectura de la realidad buscando comprometerse con su transformación. En Medellín lo consignado en la Constitución Gaudium et Spes (de Vaticano II) se hizo realidad. La iglesia latinoamericana miró la situación del continente y descubrió que Dios decía su palabra y pedía una respuesta. Percibió la injusticia estructural que mantenía en la pobreza a las mayorías del Continente, una injusticia que “subía al cielo como un clamor” (semejante al clamor de los israelitas oprimidos por los egipcios, Ex 3, 7-8) y Dios interpelaba de nuevo (como a Moisés) a dar una respuesta por parte de los que dicen reunirse en su nombre.
En segundo lugar, si las palabras de Juan XXIII al inicio del Concilio sobre una “Iglesia de los pobres” no calaron demasiado, en Medellín la Iglesia se sintió llamada a ser una Iglesia de los pobres, capaz de sentir compasión por ellos y trabajar por su liberación. Las palabras de Pablo VI en la inauguración de la Conferencia marcaron ese camino al mostrar la necesidad de que la iglesia diera testimonio de la pobreza: “La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas, es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición (…) imprescindible para dar crédito a su propia misión”.
En tercer lugar, no faltó la persecución y el martirio porque esa manera de ser iglesia molestó a los poderosos, mostrando lo profundo de su compromiso evangélico. Fueron muchos los laicos/as, obispos y sacerdotes asesinados. No se niegan las posibles desviaciones pero, contando con la limitación humana de cualquier opción, la iglesia que surgió de Medellín fue mucho más cercana al evangelio de Jesús y por tanto más fiel a sus orígenes.
Pero lo más novedoso fue la vitalidad de ese modelo eclesial traducido en las CEBs (comunidades eclesiales de base) donde los laicos y laicas tomaban la palabra y se convertían en verdaderos protagonistas de una nueva manera de ser iglesia, verdadera comunidad, de la que surgían cantos, símbolos, oraciones, liturgias, arte y, sobre todo, mucha solidaridad de los pobres para con los pobres y acciones comprometidas para defender y mejorar las condiciones de vida de los más necesitados. Obispos como Hélder Cámara, Enrique Angelelli, Sergio Méndez Arceo, Leonidas Proaño, Oscar Arnulfo Romero apoyaron este nuevo momento eclesial con sus homilías proféticas que les hicieron ganar la persecución e incluso la muerte.
Como memoria de la Conferencia de Medellín quedaron “Las Conclusiones” en dieciséis capítulos, divididos en tres secciones: (1) Promoción humana (Justicia, Paz, Familia y demografía, Educación, Juventud) (2) Evangelización y crecimiento de la fe (Pastoral popular, Pastoral de élites, Catequesis, Liturgia) (3) La iglesia visible y sus estructuras (Movimientos de laicos, Sacerdotes, Religiosos, Formación del clero, Pobreza de la Iglesia, Pastoral de conjunto, Medios de comunicación social).
Ahora bien, todo documento eclesial es la suma de muchos puntos de vista y por eso en sus páginas se encuentran diferentes perspectivas que, a veces, no confluyen en la misma dirección. Pero salvando esa realidad de todo trabajo grupal, se puede afirmar que en ese documento se manifestaban algunas líneas fundamentales –continuidad con Vaticano II- y, algunas especificidades, que afirmaron el espíritu latinoamericano que se fue consolidando en el continente tanto en el quehacer teológico como en la práctica pastoral.
Para destacar uno de los temas tratados en el documento, fijémonos en cómo la categoría “signos de los tiempos” fue asumida en el documento: “A la luz de la fe que profesamos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo por descubrir el plan de Dios en los “signos de los tiempos”. Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal” (Mensaje a los pueblos de América Latina). Se refiere también a esta categoría al tratar la realidad juvenil y como criterio de una evangelización que “no puede ser atemporal ni ahistórica. Más aún, la considera “un lugar teológico” y una interpelación de Dios (Pastoral de élites, 13) y una pedagogía para los movimientos apostólicos en su proceso de liberación y humanización de la sociedad (Movimientos de laicos,13). Igualmente para responder a los problemas del ser humano de ese momento se invita a los sacerdotes a discernir los signos de los tiempos (Sacerdotes, 28) y que en la formación del seminario se aprenda a interpretarlos para crear actitudes y mentalidades pastorales adecuadas (Formación del clero, 26).
Este año se celebrarán varios eventos para esta conmemoración en la que se irán desarrollando todos los aspectos tratados en esa Conferencia. Conviene estar atentos y, en lo posible, participar de alguno de los que se realicen. Pero sobre todo volver a recrear ese momento histórico de “irrupción del Espíritu” manteniendo el discernimiento de este tiempo presente y preguntándonos cómo vivir la fe hoy en nuestro mundo actual con todos sus desafíos y posibilidades. Dejémonos influir por los frutos de Medellín para que continuemos ese camino eclesial latinoamericano marcado por la centralidad de los pobres y una iglesia viva y comprometida con la transformación social.


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