Fe y vida

Y Dios acampó entre nosotros

23.12.17 | 18:14. Archivado en Reflexiones

Este es el misterio de la Navidad. Dios mismo se hace ser humano y planta su tienda entre nosotros. Pero ¿cómo mostrar que es así? acaso ¿alguien ha visto al Señor? ¿no es una leyenda, un mito, un deseo? En realidad no se puede “demostrar” ese misterio de nuestra fe pero si se puede “mostrar” a través de los frutos que produce y por el testimonio de aquellos que lo vivieron.
Hace 21 siglos en un pequeño pueblo de Israel un grupo de personas comenzaron a predicar que el reino de Dios había llegado con Jesús. Reino que no fue acogido por los contemporáneos y por eso mataron a Jesús y persiguieron a sus seguidores. Pero muy por encima de lo previsto, después de la muerte, estas personas testimoniaron que Jesús había resucitado y les fortalecía para ser sus testigos hasta los confines de la tierra.
Esa experiencia contada por los evangelistas y, concretamente por Lucas, se remonta a los orígenes de Jesús y deja consignado por escrito los pasajes del nacimiento e infancia de Jesús, mostrando que Dios, se hizo ser humano, compartiendo nuestra suerte y destino.
El relato de navidad es muy gráfico: no hay lugar para ellos en el mesón y así el Niño nace en un pesebre, no es acogido por las autoridades del pueblo pero los más humildes, los pastores, si escuchan el anuncio del ángel, van a reconocer esta presencia divina y de esa manera sencilla y escondida, llega la salvación al mundo y se ofrece a todos los que quieren acogerla. Hoy de nuevo la salvación se ofrece y Dios sigue naciendo: en el corazón de los creyentes y en la oferta de vida para todos los que buscan el bien y la verdad. Y se hace presente, ya no en un pesebre sino en miles de rostros, especialmente, los de los más pobres. Que podamos vivir la navidad y veamos al Dios que camina con nosotros y le amemos en todos los que nos rodean.


Navidad: agradecer el 2017 y disponernos al 2018

16.12.17 | 03:36. Archivado en Reflexiones

Termina el 2017 y podríamos hacer la larga lista de los acontecimientos vividos. Recordemos algunos que, desde la experiencia de fe, marcaron nuestra vivencia. El primero, la visita del Obispo de Roma con la alegría y entusiasmo que suscitó no solo entre católicos sino en gran parte del pueblo colombiano. Esa visita ya la hemos comentado en estas páginas. Sin embargo, no sobra decir de nuevo una palabra que ayude a no perder esa experiencia. ¿Cómo podemos mantener en el tiempo los gestos y pronunciamientos del Papa Francisco que tanto bien nos hicieron? No hay otra alternativa: hacerlos vida en nuestro día a día, empeñándonos, en dar testimonio de ellos. Podríamos resumirlo así: seguir trabajando por la paz y ponernos del lado de los más pobres a la hora de tomar una decisión que afecte el bien común. Recordemos que esto fue lo que el Papa le dijo a las autoridades colombianas: “Escuchen a los pobres, a los que sufren. Mírenlos a los ojos y déjense interrogar en todo momento por sus rostros surcados de dolor y sus manos suplicantes”. Y eso mismo les dijo a los obispos: “hospédense en la humildad de su gente y escuchen su despojada humanidad que brama por la dignidad que solo el Resucitado puede dar”.
Otro acontecimiento que tal vez vivimos con menos intensidad, fue la celebración de los 500 años de la Reforma protestante. El 31 de octubre se cerró el año de conmemoración con una declaración conjunta entre católicos y luteranos en la cual pidieron perdón por las ofensas mutuas desde el inicio de la Reforma hasta ahora. Así mismo celebraron los esfuerzos por vivir el ecumenismo desde hace 50 años, cuando con Vaticano II se abrieron las puertas para ello. Desde entonces ha sido real el diálogo ecuménico a partir de celebraciones conjuntas, colaboraciones solidarias y acuerdos teológicos. Desde esa experiencia, los acontecimientos que llevaron a la ruptura en el siglo XVI, se ven con otra perspectiva, favoreciendo la comunión más que la separación.

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Reflexionando sobre la Fe

07.12.17 | 01:12. Archivado en Reflexiones

Poco se habló de la Encíclica Lumen Fidei (julio 2013) del Papa Francisco que como bien sabemos asume lo que ya había escrito Benedicto XVI, añadiéndole algo de su propio pensamiento. En este espacio no pretendo hacer un comentario a fondo de la Encíclica. Simplemente señalar algunos aspectos de la fe que me parece no se abordan suficientemente en esta encíclica. Pero antes es muy importante destacar la rigurosidad conceptual y profundidad teológica propia de Benedicto XVI, la importancia de apostar por la verdad que se descubre a la luz de la fe, en estos tiempos de más secularización y relativismo, lo mismo que el dinamismo de relación personal con el Señor que supone la fe porque ésta “es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre” (No. 8).
Otros aspectos podrían destacarse haciendo una reflexión más detallada. Por ahora basta decir que lo dicho ilumina nuestro caminar y es importante seguir profundizándolo. Sin embargo, desde nuestra realidad latinoamericana, me parece importante señalar dos realidades que son más propias de la fe que vivimos.
Lo primero es constatar que la manera como se vive la secularización en Europa, no es la misma que en América Latina. Aquí hay aspectos parecidos pero no se puede pensar que la gente no cree en Dios. Basta ver la religiosidad popular expresada de tan diversas maneras, lo mismo que la búsqueda de espiritualidad y experiencia de lo trascendente que también se vive. Estos dos aspectos nos hacen caer en cuenta que lo que está en crisis no es tanto la fe sino la pertenencia a la institución y la acogida de la doctrina. Por eso se necesita hablar de la fe en términos que entiendan los que se aventuran en otras búsquedas. Y hemos de resaltar dos aspectos: La fe en nuestro Señor Jesucristo se vive en el seno de la comunidad eclesial y ella es su garante, pero no se identifica con algunos modelos eclesiales que privilegian la norma por encima de la persona o que en aras de una autoridad mal entendida, no permite un protagonismo mayor de todos los miembros de la iglesia. Cuando se hacen esas distinciones, mucha gente redescubre el sentido de la fe en Jesucristo y se anima a vivir con más responsabilidad su fe porque sabe que los defectos de algunos miembros de la institución no se identifican con Jesús quien trajo un mensaje de libertad y vida para todos y anunció un rostro de Dios misericordioso y compasivo, Padre y Madre, dispuesto a entregarse incondicionalmente por cada uno de su hijos e hijas.

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