Fe y vida

El Papa en Cartagena: "Esclavos de la paz para siempre"

11.09.17 | 04:35. Archivado en Reflexiones


Último día del Papa Francisco en Colombia y sus palabras siguieron igual de claras o “más claras” que todas las dichas a lo largo de su viaje. Lo primero, sus “actos”. Su entrada a la “ciudad amurallada” –orgullo turístico de los colombianos- la hizo por los lugares más pobres, aquellos que no se muestran a los turistas y de los que nadie se ocupa. San Francisco, un barrio sin transporte público, donde viven más de 8000 personas, la mayoría afrodescendientes, sumidas en la pobreza y el abandono de la administración pública. Pero allí brota la esperanza en obras sociales auspiciadas por la Arquidiócesis, como las que el Papa fue a visitar: El programa “Thalita Cum (que en arameo significa: niña, a ti te digo, levántate), obra que quiere proteger a las niñas de caer en la prostitución o ser víctimas de la trata de personas y la “Misión María revive” que busca construir casas para los habitantes de la calle. El Papa bendijo la primera piedra para estas obras.
En ese barrio le ocurrió el pequeño accidente en el que se golpeó el rostro. Creo que no le interesó mucho porque él sabe que cuando se vive “la iglesia en salida en las periferias” eso y mucho más puede pasar. Podría haber pasado en cualquier otro lugar, por supuesto, pero no es de extrañar que en un barrio de calles estrechas y con toda la gente volcada con tanta sencillez en las calles, un frenazo a destiempo, fuera lo más posible que ocurriera.
Y en ese barrio también entró a la casa de Doña Lorenza Pérez, humilde mujer que alimenta a más de 100 niños de escasos recursos de su comunidad. Así relató ella lo que ocurrió en ese encuentro. “me agarro de la mano, me abrazó fuerte, me dio un beso en la mejilla y me estrechó la mano fuerte y me dijo: usted vale mucho doña Lorenza”.
Posteriormente se dirigió a la Iglesia San Pedro Claver donde rezó el Ángelus, introduciéndolo con las preocupaciones que lleva en su corazón: los pobres que sufren exclusión y de los que Pedro Claver fue verdadero defensor. Pidió por la situación venezolana haciendo un llamado a rechazar todo tipo de violencia e invitando a buscar una solución a la grave crisis que afecta a todos pero, especialmente, a los más pobres y desfavorecidos de la sociedad.
Después de bendecir a la Virgen del Carmen en la bahía de Cartagena se dirigió al área portuaria de Contecar para la celebración de la Eucaristía. Y allí, con la homilía, cerró con palabras claras, directas y exigentes el mensaje central que quería dejarnos a los colombianos: “si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en esta dirección, que es aquella del bien común, de la equidad, de la justicia, del respeto de la naturaleza humana y de sus exigencias. Sólo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros: se nos pide dar el paso del encuentro con los hermanos, atrevernos a una corrección que no quiere expulsar sino integrar; se nos pide ser caritativamente firmes en aquello que no es negociable; en definitiva, la exigencia es construir la paz ”.
Estas palabras tienen que calar hondo en nuestra conciencia. ¡Ojalá que así sea! Son muchos los obstáculos que se han puesto a la paz. Hay muchos corazones cerrados a un nuevo comienzo. Muchos otros no quieren incluir sino excluir. Y los cristianos no han estado ajenos a estas actitudes que desdicen de su fe en Jesús y que se olvidan de que hay algo “innegociable”: la construcción de la paz.
Posiblemente al recoger todas las palabras dichas en la homilía se va abriendo el camino para poder dar ese “primer paso” que tanto hemos repetido en estos días. Cartagena desde hace 32 años es sede de los Derechos Humanos y en este contexto la palabra de Dios nos habla de perdón, corrección, comunidad y oración. Los testimonios de las víctimas interpelaron al Papa –más adelante dice que le hizo mucho bien escuchar tantos testimonios-. Y desde ahí apela a la necesidad de incorporar a muchos más actores al diálogo y dejar que prime la razón sobre la venganza, armonizar política y derecho y tener en cuenta los procesos de la gente. “No se necesita un proyecto de unos pocos para unos pocos o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie del sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural”. Generar “desde abajo” un cambio cultural: a la cultura de la muerte, de la violencia, responder con la cultura de la vida, del encuentro. Levantar una palabra profética contra todos aquellos que atentan contra los derechos humanos, contra la casa común y los graves problemas del narcotráfico, la explotación laboral, el blanqueo ilícito de dinero, la especulación financiera, la prostitución, la trata de seres humanos, la tragedia de los emigrantes y, en definitiva, todo aquello que vulnera la dignidad humana. Ante todo eso no se puede dejar de levantar la voz. Además, no se puede dejar de reconocer el valor de tantos defensores de derechos humanos que han perdido la vida defendiéndolos.
Y, precisamente con esa voz profética el Papa nos preguntó: ¿Cuánto hemos accionado en favor del encuentro, de la paz? ¿Cuánto hemos omitido, permitiendo que la barbarie se hiciera carne en la vida de nuestro pueblo? Jesús nos manda a confrontarnos con esos modos de conducta, esos estilos de vida que dañan el cuerpo social, que destruyen la comunidad. ¡Cuántas veces se «normalizan» procesos de violencia, exclusión social, sin que nuestra voz se alce ni nuestras manos acusen proféticamente!
El Papa hizo todo lo que pudo para comprometernos con la paz. Y ahora ¿qué haremos nosotros? Nuestro empeño en esta tarea dará la respuesta. Ojala no hagamos inútiles tantos esfuerzos del Papa pero sobre todo no nos defraudemos a nosotros mismos en la construcción del futuro que nos pertenece y mucho menos al Dios de la paz que está de nuestra lado y que en este paso de Francisco por nuestra tierra nos ha hablado claro y contundente: "sean esclavos de la paz para siempre".


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