Fe y vida

No desconectarnos del celular de Dios

07.07.17 | 17:32. Archivado en Reflexiones


¡No puedo vivir sin celular! Esta expresión se hace cada vez más común entre nosotros y si no se afirma explícitamente, se práctica en todos los espacios donde nos encontramos. No hay espectáculo, reunión, salón de clases, medio de transporte y, hasta eucaristía, donde no suene un celular –así hayan advertido que los apaguen- y la persona salga apresurada a contestar la llamada. Parece que es imposible dejar de responder aunque, suponemos –a no ser en casos extremos- que el contenido de la llamada podría haber esperado. Y si a esto le agregamos que aumenta el número de personas que tienen en su celular el “plan de datos” que permite mantenerse conectado a las redes sociales, al correo electrónico, a las noticias, etc., podemos afirmar que somos seres interconectados constantemente e inmersos en relaciones que no se detienen ni un instante. Pero tanta conexión ¿para qué? al servicio ¿de qué? ¿con cuál propósito? No sé si esa abundancia de comunicación puede llegar a saturarnos tanto, que al final no se está conectado con nadie en forma seria. De hecho es imposible que una persona tenga 100, 200, 500 amigos tal y como aparece en nuestras redes sociales. Y parece que de nada sirven las alertas sobre los daños que hacen a la salud, tantas ondas electromagnéticas circulando a nuestro alrededor. Parece que, efectivamente, no se puede vivir sin celular y todos estamos atrapados en estas redes.
Ahora bien, la fe que profesamos ¿qué influencia recibe de esta superabundancia de conectividad? ¿de qué manera puede enriquecerse y/o cuestionarse y/o cuestionar esta realidad que a todos nos cobija? Podríamos pensar que intentar articular celular con fe es algo “traído de los cabellos”. Y, tal vez, es verdad. Pero no sobra decir alguna palabra sobre este nuevo panorama de relaciones. En primer lugar, esta inmediatez de comunicación, puede ser bien aprovechada. Ya no hay excusas: podemos estar al tanto de lo que pasa en muchas partes del mundo y aumentar nuestra conciencia de la gravedad de las situaciones que nos agobian. Esta “aldea global” -como se ha llamado- permite que los problemas se internacionalicen y se haga más clara la urgencia de responder a esas realidades. La fe que profesamos ya no se puede vivir en una dimensión intimista, preocupada sólo por la santificación personal. Por el contrario, tiene que ser una fe comprometida con la realidad global y, por tanto, capaz de tener una conciencia planetaria que, saliendo de su pequeño mundo, aspire a respuestas más globales.

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