Fe y vida

Diferencias sociales

14.07.17 | 03:00. Archivado en Reflexiones


Hace poco leí una historia que me permito reproducir aquí a grandes rasgos. La escena ocurría en un avión en que sentaron a un pobre al lado de una señora muy rica. Ella indignada llamó a la azafata y le hizo el reclamo. Se quejaba sin parar de que se hubieran atrevido a sentar a su lado a una persona de otra clase social. La azafata muy respetuosa la escuchó pacientemente y después le dijo: Tranquila señora que voy a solucionar su problema inmediatamente. Al poco tiempo volvió y dirigiéndose al pobre le dijo: Señor disculpe que lo incomode, si es tan amable, tome sus cosas que lo vamos a cambiar de silla. Siéntese por favor en primera clase. ¡Bonito final el de esta historia! Sin embargo que lejos de la realidad. Desgraciadamente las cosas normalmente no suceden así. Parece que nos empeñamos en marcar diferencias entre los seres humanos.
¿Cómo es posible que haya primera clase y segunda clase en los pasajes aéreos que de por sí ya son bien costosos? Diferencias que se compran con el dinero. Pagas más y tienes derecho a sentarte en una silla más grande y más cómoda, a recibir una atención más continua, a estar situado en un recinto "privado" porque cierran las cortinas de los pasillos para que se note más la diferencia entre unos y otros. Pero esto no sólo ocurre en los aviones. Hablemos de los bancos. Todos depositando allí el dinero y sin embargo también hay clases. El cliente preferencial y los otros. Dime cuanto dinero puedes ahorrar y te diré cuanto tiempo tienes que esperar en la fila! Y no hablemos de la salud. ¡Cómo si todos no necesitáramos de médico! Cada día se hace más urgente tener salud prepagada porque si te atienes a la seguridad social que en su idea original pretende ser solidaria (todos aportan según sus capacidades y todos tienen derecho al mismo servicio) es muy posible que te mueras antes de conseguir ser atendido.

>> Sigue...


No desconectarnos del celular de Dios

07.07.17 | 17:32. Archivado en Reflexiones


¡No puedo vivir sin celular! Esta expresión se hace cada vez más común entre nosotros y si no se afirma explícitamente, se práctica en todos los espacios donde nos encontramos. No hay espectáculo, reunión, salón de clases, medio de transporte y, hasta eucaristía, donde no suene un celular –así hayan advertido que los apaguen- y la persona salga apresurada a contestar la llamada. Parece que es imposible dejar de responder aunque, suponemos –a no ser en casos extremos- que el contenido de la llamada podría haber esperado. Y si a esto le agregamos que aumenta el número de personas que tienen en su celular el “plan de datos” que permite mantenerse conectado a las redes sociales, al correo electrónico, a las noticias, etc., podemos afirmar que somos seres interconectados constantemente e inmersos en relaciones que no se detienen ni un instante. Pero tanta conexión ¿para qué? al servicio ¿de qué? ¿con cuál propósito? No sé si esa abundancia de comunicación puede llegar a saturarnos tanto, que al final no se está conectado con nadie en forma seria. De hecho es imposible que una persona tenga 100, 200, 500 amigos tal y como aparece en nuestras redes sociales. Y parece que de nada sirven las alertas sobre los daños que hacen a la salud, tantas ondas electromagnéticas circulando a nuestro alrededor. Parece que, efectivamente, no se puede vivir sin celular y todos estamos atrapados en estas redes.
Ahora bien, la fe que profesamos ¿qué influencia recibe de esta superabundancia de conectividad? ¿de qué manera puede enriquecerse y/o cuestionarse y/o cuestionar esta realidad que a todos nos cobija? Podríamos pensar que intentar articular celular con fe es algo “traído de los cabellos”. Y, tal vez, es verdad. Pero no sobra decir alguna palabra sobre este nuevo panorama de relaciones. En primer lugar, esta inmediatez de comunicación, puede ser bien aprovechada. Ya no hay excusas: podemos estar al tanto de lo que pasa en muchas partes del mundo y aumentar nuestra conciencia de la gravedad de las situaciones que nos agobian. Esta “aldea global” -como se ha llamado- permite que los problemas se internacionalicen y se haga más clara la urgencia de responder a esas realidades. La fe que profesamos ya no se puede vivir en una dimensión intimista, preocupada sólo por la santificación personal. Por el contrario, tiene que ser una fe comprometida con la realidad global y, por tanto, capaz de tener una conciencia planetaria que, saliendo de su pequeño mundo, aspire a respuestas más globales.

>> Sigue...


Jaime Bonet: un santo de nuestro tiempo

02.07.17 | 07:30. Archivado en Reflexiones


El pasado 25 de junio murió el sacerdote Jaime Bonet, fundador de la Fraternidad Misionera Verbum Dei en Mallorca (España) en 1963. Esta fraternidad tiene como misión específica “la oración y el ministerio de la palabra” (Hc 6,4) y la conforman misioneras consagradas, misioneros sacerdotes y matrimonios misioneros. Están presentes en más de 32 países y los frutos de ese carisma que Dios otorgó a la Iglesia, a través suyo, han sido abundantes.
Tuve la suerte de conocerlo hace más de 35 años y de escucharle muchas predicaciones que influyeron decididamente en la espiritualidad que hoy tengo y en mi manera de entender el evangelio, la fraternidad y el compromiso con los más pobres. Por eso hoy no puedo dejar de decir una palabra sobre lo que vi en él y algo del legado que comprendo ha dejado a la Fraternidad Verbum Dei y a los que le conocimos por diversas circunstancias.
Creo sinceramente que fue “un santo de nuestro tiempo”. Y no porque fuera una persona extraordinaria –como a veces se cree son los santos- sino porque creyó en la palabra de Dios y la puso en práctica. Santa Teresa de Jesús, maestra de oración, enseña que “la oración es tratar de amistad muchas veces a solas con quien sabemos nos ama”, y creo profundamente que Jaime hizo realidad esas palabras porque supo tener una vida de oración entendida como amistad sincera, fuerte, constante con el Dios que salió a su encuentro a los 14 años y al que desde entonces siguió. Tengo la imagen de su actitud orante frente al sagrario “todas” las mañanas y de su palabra “encendida” de amor en sus predicaciones. Un amor fruto de ese encuentro con el “Amigo” que tocaba a los que le escuchábamos y que hacía arder el corazón, despertar el seguimiento, crecer en verdad, agrandar la tienda para acoger a todos y ver el mundo como un campo propicio para sembrar amor y más amor, de manera que todos los hijos e hijas de Dios tuvieran la suerte de conocerle y, por supuesto, construyeran una familia de hermanos y hermanas donde a nadie le faltará nada “porque todo se ponía en común”. A él le debo el camino de oración que he vivido y las ganas de anunciar ese amor de Dios siempre y en todo momento.

>> Sigue...


Viernes, 21 de julio

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Julio 2017
LMXJVSD
<<  <   >  >>
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31