Fe y vida

"Sigamos a Jesús no con palabras sino con "toda" la vida

31.03.17 | 15:59. Archivado en Acerca del autor

Nos acercamos a la Semana Santa y uno se pregunta, una vez más, cómo celebrarla para que dé fruto en nosotros e ilumine la vida de nuestros semejantes, especialmente de aquellos, que no le ven sentido a la fe que profesamos. Esto no es una tarea fácil. ¿Cómo recrear lo que vivimos año tras año, sin caer en la rutina de lo sabido y en la costumbre de lo que siempre se hace? ¿cómo entusiasmar a los demás por algo que posiblemente ya conocen pero ahora no les dice nada?
Sin duda hay que intentar muchos caminos. Pero el vivir lo que creemos –de donde brota el testimonio de vida-, siempre será un camino privilegiado para ello, porque “no es el que dice Señor, Señor, el que entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre” (Mt 7,21). En otras palabras, no es el que participa de todos los actos litúrgicos el que está cerca de Dios, sino el que lo hace vida en lo cotidiano y muestra de esa manera que no realiza un culto vacío (Cfr. Is 29,13).

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Busquen primero el reino de Dios

17.03.17 | 15:45. Archivado en Reflexiones

Hemos hablado en varias ocasiones de entender bien el mensaje de la Sagrada Escritura y hoy reflexionaremos sobre un conocido versículo que invocamos muchas veces, en la Misa, antes de la lectura del evangelio. Me refiero al texto de Mateo: “Busquen primero el reino y la justicia de Dios y todas esas cosas vendrán por añadidura” (6, 33). “Esas cosas” a las que se refiere este pasaje según lo que dice el mismo texto, versículos antes, son las preocupaciones básicas para una vida digna tales como el comer, el beber, el vestido, y no las “riquezas y lujos” que, en la situación de pobreza que vive nuestro mundo, constituyen un escándalo y contradicción con nuestro ser cristiano (Documento de Puebla, 28).
Sin embargo, en más de una ocasión he escuchado a personas aplicarse a sí mismas este pasaje porque entienden por “reino” el ser muy “piadoso”, es decir, rezar mucho, frecuentar los sacramentos, invocar el nombre de Dios muchas veces al día, y, como ellas se perciben así, se sienten seguras de estar “buscando el reino”. Pero ahí no acaba todo. Concluyen que las riquezas que poseen –que generalmente son bastantes - son la bendición que Dios les da por esa fe tan grande que tienen (esto, sin duda, remite fácilmente al fariseo del evangelio que podía gloriarse ante Dios por no ser como el publicano -Lc 18,9-14 y hace pensar por qué será que Dios no bendice a tantos pobres que lo invocan continuamente…).

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Derribar los muros y tender puentes

11.03.17 | 02:38. Archivado en Reflexiones

Una de las noticias más preocupantes que se escucharon una vez asumió el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, fue su decisión de construir un muro en la frontera con México. Fue una de sus consignas de campaña y no tardó en ponerla en práctica. Cuesta creer que haya inmigrantes –ya con sus papeles en regla en Estados Unidos- que apoyen endurecer las leyes para otras personas que están pasando por las situaciones que ellos ya vivieron. Lógicamente no fueron sólo estos los que votaron por el presidente. También lo hicieron muchos norteamericanos de clase media que quieren recuperar su poder adquisitivo y, por supuesto, todos aquellos que no miden las consecuencias globales de lo que implican determinadas promesas porque solo se fijan en su bien particular o inmediato.
Pero desde otro contexto, no es la primera vez que con la construcción de muros se intenta “aparentemente” solucionar problemas. Por ejemplo, en Rio de Janeiro en el 2009, se comenzó a construir un muro en las favelas (barrios de invasión) para evitar, según el gobierno, que se expandieran por la ciudad y afectarán el bosque nativo aunque, en realidad, fue una forma de ocultar el drama social que vive Brasil: un país con tanta riqueza y, al mismo tiempo, con tantos pobres.
El Papa Francisco, al inicio de su pontificado, dijo que “el cristiano no levanta muros sino que construye puentes” (8-05-2013) y, más recientemente, que debemos derribar los muros que nos dividen y construir puentes que permitan disminuir las desigualdades, que aumenten el bienestar, la libertad y los derechos, porque “a mayores derechos, mayor libertad” (11-11-2016).

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Día Internacional de la mujer

07.03.17 | 03:10. Archivado en Reflexiones

El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer. Pero es una conmemoración mal entendida en algunos contextos. Se cree que es para regalar a las mujeres dulces y flores y, en verdad, hasta algunas de ellas se sienten halagadas con eso. No se duda de la buena voluntad de los varones al tener ese tipo de detalles o de las empresas al mandar algún regalo a sus empleadas ese día. Pero con eso se constata que el significado de esta conmemoración no se ha entendido suficientemente. Por eso no sobra intentar explicitar, una vez más, su sentido. Lo que se pretende conmemorar es la lucha que se ha tenido que hacer para que las mujeres puedan ser reconocidas en igualdad de derechos que los varones. Y esa lucha no ha sido fácil hasta el día de hoy. Todavía, en algunos lugares, no es verdad que las mujeres ganen el mismo salario que los varones realizando el mismo trabajo. Tampoco se ha alcanzado que las tareas del hogar sean responsabilidad compartida donde no se diga a modo de alabanza que el esposo “ayuda” mucho en la casa. ¡No! las tareas que hace el varón no han de ser ayuda, son su responsabilidad en la tarea común que la pareja comparte. Todavía no es verdad que todos los varones se hayan comprometido con superar esa desigualdad que sufren las mujeres. Para ellos e incluso para algunas mujeres, aquellas que trabajan por conseguir esa igualdad son mujeres desadaptadas o incomodas, que han perdido su feminidad. ¿Cuál feminidad? ¿la de mantener la desigualdad y el estereotipo de mujer que solo vive para el servicio de los varones? Y qué decir de los feminicidios y la violencia de género que todavía tantas mujeres sufren. No sólo física sino también psicológica. En fin, los hechos se podrían multiplicar indefinidamente. Pero lo que interesa resaltar es que el Día Internacional de la Mujer ha de llevarnos –a todos en la sociedad- a examinar nuestro compromiso con erradicar toda violencia contra las mujeres y toda desigualdad que se base en el hecho de ser mujeres. Y esto, tanto social como eclesialmente. No es una moda pasajera. Tampoco es un asunto de mujeres y menos de mujeres desadaptadas. Es una exigencia ética que cobija a todos en la sociedad y en la Iglesia.


Sábado, 23 de septiembre

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