Fe y vida

A los 40 años de la Conferencia de Puebla, seguir fortaleciendo nuestra iglesia latinoamericana

08.01.19 | 18:32. Archivado en Reflexiones

El año pasado celebramos los 50 años de la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño celebrada en Medellín. Este año celebramos los 40 años de la III Conferencia celebrada en Puebla. Es decir, estamos conmemorando la así llamada “Iglesia latinoamericana” que adquirió su protagonismo y, en cierta medida, su camino propio, después del Vaticano II, con la celebración de dichas conferencias y que, hoy, con el Papa Francisco, vuelve a tomar fuerza.

La Conferencia de Puebla se celebró del 27 de enero al 13 de febrero de 1979. Nuevamente la iglesia latinoamericana se reunía para reflexionar sobre “La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”. El ambiente era ambiguo. Por una parte, la iglesia en marcha desde Medellín, continuaba abriendo caminos de fidelidad y compromiso. Por otra, se comenzaban a sentir temores y desconfianzas sobre los caminos emprendidos y se quiso aprovechar la ocasión para corregir los “posibles errores” del rumbo tomado en Medellín. Así lo expresó el Papa Juan Pablo II en el Discurso inaugural el 28 de enero de 1979: Esta III Conferencia “Deberá, pues, tomar como punto de partida las conclusiones de Medellín, con todo lo que tienen de positivo, pero sin ignorar las incorrectas interpretaciones a veces hechas y que exigen sereno discernimiento, oportuna crítica y claras tomas de posición”. Sin embargo, el Espíritu continúo soplando y el Documento conclusivo de Puebla, reafirmó opciones fundamentales que han marcado el caminar de la Iglesia en estos 40 años, no sin la consiguiente oposición la cual se hizo más álgida en Santo Domingo, se suavizó en Aparecida y parece perder su fuerza con el Pontificado de Francisco.

Pero ¿cuáles son esas opciones fundamentales que Puebla reafirmó y que con estas celebraciones estamos llamados a vivir con más intensidad?

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¡A comenzar de nuevo!

05.01.19 | 03:56. Archivado en Reflexiones

Van corriendo los días en este nuevo año y sería bueno no olvidar lo vivido –en cierto sentido hacer balance del año que pasó- para no empezar este nuevo año con saldo en rojo. Pero el balance de la vida cristiana va en contra vía de los balances económicos de las empresas. En éstas se mira cuánta ganancia se obtuvo, cómo se adquirieron más acciones, cómo se consolidó más la economía de la empresa. En la vida cristiana, aunque las preguntas podrían ser las mismas, las repuestas dependen de otra lógica. La ganancia que se obtuvo no va en la línea de acumular para sí, sino de entrega y servicio a los otros; las acciones que se adquieren no significan aumento de capital, sino mayor libertad interior; la consolidación de la economía no es para tener más seguridades, sino para conseguir mayor integridad personal.

¿En qué consiste esta “otra” lógica?
Acabamos de señalar por donde van las respuestas a la lógica del evangelio. Añadamos algo más. El evangelio es una buena noticia. Nos anuncia que la felicidad, la paz, la realización personal no depende exclusivamente de lo que nos viene de fuera sino de lo que somos capaces de gestar, hacer crecer y desarrollar por dentro. La fuente de la felicidad viene del propio corazón y no solamente de las circunstancias externas que nos rodean. El corazón humano tiene una capacidad inmensa de gestar el bien, de favorecer la armonía, de construir la fraternidad, de ver todo con una nueva luz. Ahora bien, esta capacidad de hacer el bien no depende de nuestras propias fuerzas. Esa es la buena noticia: ¡Dios trabaja con nosotros para lograrlo!

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Celebrando el fin de año y comenzando el nuevo

29.12.18 | 21:13. Archivado en Acerca del autor, Adviento y Navidad

De nuevo nos encontramos celebrando el fin del año y comenzando uno nuevo. Así lo festejamos cada 31 de Diciembre, día que no pasa desapercibido para casi nadie y que implica sentimientos de alegría por lo vivido, de nostalgia por los sucesos negativos, de esperanza porque siempre se puede intentar que las cosas cambien para bien. Cronológicamente no hay ningún cambio que permita esa sensación de terminar un año y comenzar otro. Pero psicológicamente si se experimenta un efecto que viene de la celebración externa y que bien aprovechada puede hacer surgir lo mejor de nosotros mismos para iniciar un nuevo comienzo.
Situándonos en la vida cristiana -que no es otra que la misma vida humana sólo que en ese horizonte del don de la fe que “hace nuevas todas las cosas”, iniciar un año nos puede ayudar a tener buenos propósitos que hagan madurar y hacer más significativa nuestra fe. Disponernos a tener una vida de oración con más constancia y profundidad. Formarnos mejor en la vida de fe para saber dar razón de ella con argumentos sólidos que puedan dialogar con el mundo de hoy. Convencernos de la necesaria articulación entre todo lo que hacemos y la fe que profesamos. Es decir, que la honestidad, la responsabilidad y el bien común sean los rectores de todo nuestro actuar. No hacer dicotomía entre los asuntos de la vida diaria y los espacios destinados a la celebración de la fe. Que en la cotidianidad vivamos la oración y la oración contenga la vida con todos sus desafíos y posibilidades. En fin, cada uno sabrá lo que puede proponerse para iniciar un año nuevo que haga más significativa la vida cristiana que profesamos. Pero eso sí que todos busquemos como prioridadno olvidarnos de los pobres” porque ellos son los preferidos de Dios y si queremos ser cristianos auténticos, no hay un propósito o mandamiento mayor que amar a todos pero, especialmente, a los más necesitados de cada momento porque en ellos habita, de manera preferencial, el Dios al quien amamos y seguimos.


Navidad: tiempo de anunciar la alegria y la paz

19.12.18 | 03:55. Archivado en Adviento y Navidad

Desde la V Conferencia del Episcopado latinoamericano y caribeño, celebrada en Aparecida, en 2007, la iglesia quiso vivir en actitud de “permanente conversión pastoral” que la sacara de la comodidad y de lo que siempre se hizo así, para “escuchar con atención y discernir ‘lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias’ (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta (366). De la misma manera quiso “ponerse en estado permanente de misión (…) sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (551). Por eso animaba a recobrar “el fervor espiritual” y conservar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas" (552).
Con las mismas ideas, el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium nos invita a evangelizar con la alegría que surge de quien se encuentra con Jesús: “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús (…) quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría e indicar caminos para la marcha de la iglesia en los próximos años” (EG, 1). Y continúa invitando a ser una iglesia en salida misionera, capaz de pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera (EG 15), sin miedo a quedar “accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49).
Pues bien, llega el tiempo de adviento y navidad y es un tiempo privilegiado para la misión y para evangelizar poniendo en práctica estas orientaciones. Lo primero es confrontarnos con el hecho mismo de evangelizar. No ir a misión por hacer una tarea más, o porque se volvió una costumbre, sino porque en verdad, la experiencia de vida cristiana que llevamos dentro, se quiere compartir a los demás. Nadie puede dar lo que no tiene. De ahí que también conviene revisar la vitalidad de nuestra propia vida de fe para darnos cuenta si vibramos por el evangelio, si estamos enamorados de Jesús y esa profundidad de vida nos lleva a querer comunicarlo. Es decir, es vital que sea la propia experiencia la que con sencillez y gratuidad llevemos a los demás.

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Navidad: Tiempo de afianzar la esperanza y la utopía

12.12.18 | 21:55. Archivado en Adviento y Navidad

Terminamos el año con varias derrotas en el corazón. Una de ellas a nivel de la democracia. Siendo esta un instrumento adecuado para escoger lo que más nos conviene y sentirnos representados en nuestras opciones, la democracia ha sido, en estos últimos tiempos, escenario de profundas polarizaciones evidenciando mentalidades muy opuestas y contradictorias. Comúnmente lo clasificamos como de “izquierda” o de “derecha” (con muchos matices de por medio). Pero lo cierto es que América Latina está dando un giro a la “derecha” que, en otras palabras, significa neoliberalismo a ultranza y pérdida de las conquistas sociales.

Curiosamente la gente de iglesia casi siempre le “teme” a la “izquierda” pero parece no darse cuenta que la “derechatambién implica políticas de muerte que atentan contra los más pobres. Eso es el neoliberalismo, “esa economía que mata” de la que habló el Papa Francisco en su Exhortación Evangelii Gaudium: “Así como el mandamiento de “no matar” pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil (…) Los excluidos no son ‘explotados’ sino desechos, ‘sobrantes’” (No. 53). Hemos visto manifestaciones en contra del aborto -los no nacidos- encabezadas por la jerarquía eclesiástica pero aún no vemos manifestaciones en contra de esta economía que mata y que le roba la vida a los –nacidos-. ¿Cuándo cambiaremos la mentalidad de “derecha” por la mentalidad del “evangelio”, la que se inclina decididamente por los más pobres?

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La Eucaristía dominical: fuente de renovación y compromiso

30.11.18 | 03:04. Archivado en Reflexiones, Eucaristía

Aunque existen experiencias parroquiales en las que la misa constituye una rica vivencia espiritual, a veces es difícil encontrar parroquias donde la celebración dominical anime la fe, la fortalezca, la forme y la comprometa con la realidad actual.

La Eucaristía o “fracción del pan” es “mesa compartida”, “pan que se reparte y comparte”. Pero en muchos momentos, desde la estructura exterior de los templos hasta la vivencia interior de la liturgia, no favorece esa experiencia comunitaria. ¿Cómo formar comunidad en templos tan grandes y construidos para privilegiar el lugar del que preside sin tener en cuenta –algunas veces- la participación del resto de los presentes? Es verdad que esa amplitud responde al número elevado de creyentes. Pero hoy, cuando las cosas van cambiando, se impone pensar nuevamente en todos esos aspectos.

Más importante aún, un tema que ha de “ocuparnos” y “preocuparnos” es la vivencia de la liturgia. La Eucaristía tal y como la celebramos hoy, es el fruto de muchos siglos en los que se ha ido consolidando la riqueza de experiencia que conlleva. Cada parte tiene una riqueza de significado que nos va conduciendo al culmen de la misa: la presencia eucarística y el pan compartido. Pero, en la práctica, es difícil mantener la dinámica de la celebración y el implicarse profundamente en ella. En la liturgia actual el que preside lleva casi todo el protagonismo. Los fieles tienen tan pocas intervenciones, que es fácil caer en la pasividad total. El respeto litúrgico se confunde con el silencio y la oración con la actitud pasiva de los participantes.

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Compartiendo la vida

20.11.18 | 10:40. Archivado en Acerca del autor

Este video lo realizó la Universidad Javeriana de Bogotá.


Audacia misionera y anuncio explícito del evangelio

12.11.18 | 03:04. Archivado en Reflexiones, Iglesia misionera

La misión que Jesús nos confió ha tomado diferentes énfasis según la comprensión que se ha ido teniendo a lo largo de la historia. De entenderla como una tarea que había que realizar y casi obligar a los destinatarios a aceptar el mensaje, hoy, en contextos de libertad y pluralismo religioso, resulta totalmente diferente. Ya no se puede imponer la fe a nadie y menos tener una postura de condena y rechazo a las otras tradiciones religiosas. Pero tampoco se puede caer en el otro extremo: perder la audacia del anuncio y dejar de realizar planes y proyectos pastorales que lleven adelante la dimensión misionera de la iglesia. Tomar esa postura sería no responder al envío de Jesús a los suyos: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícelos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt 28, 19-20).
Entonces, ¿cómo combinar la audacia y el anuncio explícito con el respeto y la libertad religiosa? Ese es uno de los grandes desafíos en estos tiempos y podríamos señalar tres aspectos que pueden ayudar.
En primer lugar, acoger la gracia de la fe recibida y ofrecerla con esa misma libertad: “gratis lo recibieron, denlo gratis” (Mt 10,8). Cuando uno sabe que no es dueño de lo que anuncia, lo puede comunicar con libertad y generosidad y abierto a todos los cambios que la misma voz de Dios encarnada en la historia vaya marcando. No es una empresa que podemos llevar adelante con nuestras fuerzas. Es el Señor el que siembra la semilla y la hace crecer (Mc 4, 26-29). No son nuestros méritos los que pueden conseguir el éxito. Es su sabiduría la que sabe cómo sembrar, cuándo sembrar, dónde sembrar. Cuenta con nosotros, sin duda, y de ahí el encargo recibido, pero como administradores y no como dueños, como servidores y no como amos. Reconoce el origen de este don y vivirlo como tal, da la libertad suficiente para anunciar sin imponer, para dar sin pedir nada a cambio.

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Si un miembfo sufre, todos sufren con él (1 Cor 12,26)

01.11.18 | 02:35. Archivado en Reflexiones

Mucho se ha hablado de los escándalos de la Iglesia sobre pederastia. Duele tratar el tema, pero no se puede ser ajeno a él. Hay que asumirlo como parte de esta iglesia que llamada a ser santa -y lo es por su origen divino-, es también pecadora y ha de estar en continua conversión. Pero esto último es lo que falta muchas veces. La iglesia como institución ha conseguido un lugar en la sociedad, un reconocimiento en muchas instancias, una seguridad económica, una organización excepcional y esto le da mucha seguridad en lo que es y en lo que hace. Precisamente, por esto, pensar que puede ser distinta, le cuesta mucho.
El pasado 20 de agosto el Santo Padre escribió una carta al Pueblo de Dios en la que asumía este tema y nos invitaba a que todos lo asumiéramos: “Si un miembro sufre, todos sufren con él”. Así iniciaba la carta y continuaba: “Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.
Es verdad que el clero no es el único ni el que más comete abusos con los niños. Primero está el ámbito familiar en el que no cesan de ocurrir cada día mil atropellos contra ellos. Por eso tampoco podemos estigmatizar a la iglesia como la institución que más abusos de ese tipo comete. Pero llegó la hora de reconocer que también los comete y hay que poner medidas eficaces para evitar, siga sucediendo. El Papa Francisco no se ha cansado de repetir “tolerancia cero” y ha tomado algunas medidas: aceptación de la renuncia de varios obispos, el retiro del estado clerical de otros y la disposición para que la justicia civil también investigue. Además, citó a todos los obispos, presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo, a una reunión el próximo mes de febrero para hablar del tema.

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La dimensión comunitaria de la mision

25.10.18 | 02:37. Archivado en Iglesia misionera

La misión no es una tarea individual. En realidad, es la comunidad la que evangeliza, la que puede testimoniar el amor de Dios e interpelar a muchos. Y todo esto porque nuestro Dios es, ante todo, un Dios comunidad, un Dios Trinidad, donde la soledad no existe y todo es comunión. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de esta dimensión comunitaria y vivimos una espiritualidad muy individual y de intereses personales. Esto se muestra en ese afán – de algunos- de peticiones por el bienestar personal y en la preocupación por su rectitud moral y el cumplimiento de los preceptos religiosos sin ninguna atención a la cuestión social. Y en esa dialéctica se mueve, muchas veces, la experiencia cristiana.
La misión esta llamada a asumir las distorsiones que pueden darse en la experiencia de fe y a proponer “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4, 2) el anuncio gozoso de la esencia del cristianismo. Porque las distorsiones muchas veces surgen de acomodamiento, de la “domesticación” de lo nuevo frente a lo establecido y a lo que “siempre se ha hecho así”. La misión, por el contrario, desinstala, exige movimiento y audacia, se constituye en un dinamizador que nos saca de nosotros mismos y nos hace ir al encuentro de los demás.
Pero vayamos por partes. En primer lugar, como ya lo anotamos, es urgente recuperar o, en verdad anunciar, el rostro del Dios cristiano que es Trinidad. Si miramos la vida de Jesús, Jesús nos reveló un Dios Trinidad, comunidad. Por una parte, mostró su filiación total y radical al Padre y su obediencia incondicional a Él. Precisamente su vida histórica nos trasparenta ese amor filial y nos va revelando como es ese Padre: totalmente misericordioso, inigualable en su amor a la humanidad y en su solidaridad con los más pobres. Por esa causa Jesús llega hasta la muerte y acepta la incomprensión de los suyos. Después de su muerte, los discípulos sintieron la fuerza del espíritu de Jesús que los movía a la esperanza y al anuncio, que los sacaba del desánimo y los ponía en el camino de la misión.

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San Romero de América ¡Ruega por nosotros!

14.10.18 | 01:11. Archivado en Reflexiones

Por fin llega el día de la canonización de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Sabemos que su martirio, ocurrido el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía, fue dejado en la sombra por la porción de Iglesia que, llena de temores y de intereses particulares, no ha sido capaz de acompañar la evangélica articulación -fe y justicia social- y ha estigmatizado todo aquello que pueda parecer de “izquierda”, incluida la teología de la liberación y sus principales representantes. Es la misma porción de iglesia que hoy se siente “incómoda” con el papa Francisco y no acaba de secundar su mensaje. Tal vez muchos obispos y cristianos de mentalidad más conservadora, estarán presentes en la canonización pero tendrán que hacer un esfuerzo cuando oigan pronunciar el nombre de Romero porque en el pasado lo invisibilizaron y hasta hablaron en su contra, y buscarán justificar su presencia allí, con la canonización de los otros santos, especialmente, la del Papa Pablo VI que no despierta controversia como Romero. De hecho el propio papa Francisco afirmó que Romero fue mártir dos veces: cuando lo asesinaron y cuando sus propios hermanos obispos lo “difamaron, calumniaron y arrojaron tierra sobre su nombre”.
Pero desde su muerte, también una porción de iglesia lo reconoció como santo –sin esperar hasta esta declaración oficial- y no ha dejado de inspirarse en su vida y reconocer su martirio. Personalmente, en los años seguidos a su martirio, aproveché mucho la película de Romero para mis clases de teología, destacando la conversión que Romero vivió cuando se dejó tocar por la suerte de su pueblo y la voz profética que no temió enfrentarse a los poderes de este mundo cuando atacaban a sus hermanos, especialmente, a los más pobres e indefensos. Lamentablemente en las últimas décadas, cada vez llegaban estudiantes más renuentes a su figura y formados, incluso en contra, de este caminar eclesial latinoamericano comprometido con la justicia y la vida digna de los pueblos.
Ahora bien, por fin, San Romero de América estará en los altares y podremos invocarlo con todas las letras para que su vida inspire la nuestra. Y ¡ojala lo hagamos mucho y sin descanso!

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La tentación del poder

08.10.18 | 02:31. Archivado en Reflexiones

El fenómeno de la continuidad en el poder bien sea por vía de imposición o de reelección ha acompañado la historia de la humanidad. Hoy aparece de nuevo en los presidentes con segundos mandatos y en los que anuncian la continuidad indefinida. También en niveles menores de decisión se constata la misma tradición. Directores, superiores, coordinadores, etc., muchas veces son reelegidos y se hacen excepciones a las reglas establecidas para alargar sus mandatos. Unas veces porque se considera que se ha realizado una buena tarea y ha de continuarse. Otras porque se siente como una especie de traición con la persona que está ejerciendo el poder si no se le elige una vez más. Más de una vez porque parece que no existieran otros candidatos. En definitiva, cualquiera sea la razón, detrás de todo esto se puede vislumbrar la tentación del poder que ataca no solamente a los que lo ejercen sino también a sus seguidores, haciendo igual daño a unos como a los otros.
Por parte de los que pretenden ejercer el poder indefinidamente, aunque de su parte haya buena voluntad y deseo sincero de hacer las cosas bien, el hecho de buscar permanecer en esa posición eternamente los lleva a creerse “indispensables”, “salvadores”, “mesías”. Fácilmente comienzan a reclamar poderes absolutos. Llegan a creerse capaces de resolverlo todo y se sienten con un poder infinito.
Por parte de los seguidores se da una especie de “ceguera” frente a su líder. Llegan a perder la objetividad y capacidad de crítica. No le ven ningún error y justifican todas sus acciones. Algunas teorías psicológicas afirman que en esos casos se vive un mecanismo de proyección de todo aquello que no somos capaces de realizar y lo compensamos con esa persona en la que depositamos la confianza.
En definitiva, el ejercicio del poder no es fácil y supone un trabajo continuo de desprendimiento y libertad, de reflexión y capacidad de crítica. También supone aceptar que la continuidad indefinida trae abusos del poder y, sin duda, cansancio, rutina, poca visión de las cosas, acomodo, poca creatividad. Por el contrario, el cambio genera nuevas posibilidades que deben explorase.

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Sábado, 19 de enero

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