Fe y vida

¿Qué pidió el Papa para esta I Jornada Mundial de los pobres?

19.11.17 | 03:31. Archivado en Reflexiones

Como lo comentamos hace pocos días, hoy -19 de noviembre- conmemoramos la I Jornada Mundial de los pobres a la que convocó el Papa Francisco. No sé qué tanta referencia se esté haciendo de ella en nuestras comunidades particulares. Tampoco sé si se estará haciendo lo que el Papa propuso: “Este domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos (… ) Sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre”. Si hemos hecho esto hoy, estaremos contentos de haber respondido a la propuesta del Papa. Y si no lo hemos hecho, todavía estamos a tiempo de unirnos con lo fundamental que el Papa propuso: “que esta jornada nos estimule a reaccionar ante la cultura del descarte y del derroche y hagamos nuestra la cultura del encuentro. Y que nos dispongamos con cualquier acción solidaria para realizar signos concretos de fraternidad”.
Esta propuesta es muy necesaria porque los tiempos actuales nos llevan a colocar a las cosas por encima de las personas y a despertar en nosotros el deseo de acumular sin ningún compromiso por el compartir. Aprovechemos, por tanto, esa iniciativa papal para que los pobres estén efectivamente en nuestro corazón, como lo están en el corazón de Dios, y nuestra preocupación por cambiar su situación, sea efectiva y afectiva. Rezar el Padre Nuestro pidiendo el pan “nuestro” de cada día, nos ayudará a recordar que ser hijos del mismo Padre implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esa oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para que haya pan para todos. Y esto, en otras palabras, significa preguntarnos por qué existe tanta pobreza y empeñarnos en transformar sus causas. Dios no quiere la pobreza que padecen tantos. Transformarla es nuestro compromiso. Ojala este sea el fruto que nos quede de esta jornada.


I Jornada Mundial de los pobres

15.11.17 | 04:37. Archivado en Reflexiones

El papa Francisco propuso celebrar la “I Jornada Mundial de los pobres” el próximo 19 de noviembre. Es una iniciativa que surge como consecuencia de la orientación que le ha dado a su Pontificado, centrado en los pobres –en los que Cristo está presente y nos pide encontrarlo- y en la urgencia de dar un testimonio de Iglesia pobre y comprometida con los pobres. Ahora bien, esa iniciativa no es un invento suyo. La primera carta de Juan (3,18) nos desafía profundamente: “Hijitos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras”. Así comienza el Papa el mensaje con el que propuso esta Jornada mundial diciéndonos que Dios no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de seguir su ejemplo y este consiste en amar en primer lugar a los pobres y darlo todo por ellos, incluso hasta la propia vida. Pero esto no es un imperativo ético que debemos cumplir como obligación. Por el contrario, parte de la experiencia del amor de Dios que nos amó primero. Quien reconoce este amor, no puede menos que responder con todas sus fuerzas porque ese amor es gratuito y llega a todos independiente de sus faltas y pecados. Y, precisamente, por esa misericordia recibida es que se siente la urgencia, el deseo, la voluntad de hacer lo mismo con los demás. Y, ¿por qué ese primacía de los pobres? Porque Jesús los proclamó como bienaventurados y herederos del Reino de los Cielos no porque ellos sean mejores que los demás sino, precisamente, porque su precariedad, su falta de posibilidades, hace que la misericordia divina se vuelque sobre ellos y busca que todos los demás entiendan esa lógica divina de comenzar por los últimos para que nadie se quede por fuera de la mesa del reino. Preparémonos, entonces para esta celebración tan central en la propuesta cristiana.


Tomémonos a Jesús en serio

11.11.17 | 03:35. Archivado en Reflexiones

Es tiempo de vivir en fidelidad a los misterios centrales de nuestra fe y de dar testimonio de aquello que decimos creer. Pero ¿por qué se hace tan difícil vivir con radicalidad el evangelio? ¿por qué hay miedos excesivos de ir hasta el fondo en el amor, el compromiso, la solidaridad, la entrega? ¿por qué no nos desprendemos definitivamente de los honores y riquezas de este mundo que tanto mal nos hacen?
No hay fórmulas para dar respuesta a estos y otros interrogantes parecidos. Pero algo que puede ayudarnos a responder, es entender que la experiencia de fe se vive de muy diversas formas pero, a manera de ejemplo –cayendo en el estereotipo- podemos reconocer dos estilos que conducen a resultados distintos. El primero, -que podríamos caracterizar como más centrado en el bienestar personal, en la búsqueda de protección y ayuda divina para que todo lo que se vive marche bien y se puedan superar las dificultades que se presentan en el camino-, no se hace las preguntas que antes formulábamos. Lo que interesa a las personas que así configuran su fe, es pedir a Dios “bendiciones” y vivir con ese espíritu positivo de sentirse protegido y acompañado por la divinidad, disponiéndose con buen ánimo a realizar las tareas de cada día. Estas personas se les puede reconocer como “muy” religiosas porque parece que la presencia de Dios fluye con facilidad en sus vidas, se muestran respetuosas de lo sagrado e irradian armonía y buen clima a su alrededor.
El segundo estilo de vivir la fe -al que podríamos llamar de compromiso, de profetismo, de libertad evangélica- es el que no pide bendiciones sino que se deja afectar por la realidad y se pregunta cómo y por qué hay tanta injusticia en el mundo. Son las personas que se sienten movidas por su fe a estar atentos a la situación económica, política, social y su impacto en los más pobres. Son las personas que siguen al Jesús de los evangelios y tienen claro que la vida cristiana no es cuestión de recibir bendiciones de Dios sino de hacer posible el reino en el aquí y ahora de nuestra historia.

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El compromiso político de los creyentes

03.11.17 | 23:58. Archivado en Reflexiones

Los seres humanos no podemos evadir la dimensión política de nuestra existencia porque vivimos en sociedad y la política hace posible la búsqueda del bien común. Por eso, la relación fe y política la hemos de asumir con más responsabilidad porque de la manera como lo vivamos dependerá nuestro futuro. Y este tema nos interesa a los colombianos porque ya comenzaron las encuestas donde se perfilan los próximos candidatos y hemos de pensar en cómo será nuestra participación.
Sobre el tema de la política la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontifica para América Latina que tuvo lugar en el Vaticano el año pasado, hizo afirmaciones fundamentales para la vida cristiana: “la iglesia no se desinteresa de la política. Ella misma está implicada en la vida y destino de las naciones. No se deja encerrar en los templos y las sacristías y menos reducir el evangelio al solo dominio de la vida privada”. De ahí que permanecer ajenos a esta realidad es evadir un compromiso social pero también creyente.
Y la reciente visita del Papa Francisco nos mostró la necesidad de implicarnos en el ámbito político. Sus palabras nos orientaron para responder a esa tarea. Fijémonos en el discurso que dio el primer día a las autoridades, al cuerpo diplomático y a algunos representantes de la sociedad civil. Después de saludar muy cordialmente y recordar que Colombia es una nación bendecida de muchas maneras por su naturaleza pródiga, su biodiversidad y, sobre todo, por su gente, se refirió al tema central de nuestra realidad colombiana: la urgencia de poner fin a la violencia armada y encontrar caminos de reconciliación. Valoró muy positivamente los pasos que se han dado. Sin duda, aunque no lo dijo explícitamente, se refería a la firma de los Acuerdos de paz. Como bien sabemos, Él había dicho que vendría cuando ese acuerdo se firmara y cumplió su palabra.

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La presencia de las mujeres en los orígenes del cristianismo

27.10.17 | 00:34. Archivado en Reflexiones

La necesidad de incorporar plenamente a las mujeres en la vida eclesial no es una moda pasajera o una idea que se les ocurrió a algunas mujeres “desestabilizadoras” de los roles que tradicionalmente se han atribuido a cada sexo. Es una exigencia evangélica y está fundamentada en los orígenes del cristianismo. Lo que sucedió es que circunstancias culturales y sociales fueron ahogando la praxis original del movimiento de Jesús y esa experiencia se fue transmitiendo cargada de sesgos sexistas. Hoy en día, el trabajo de la teología que subraya la participación de la mujer, está contribuyendo a recuperar esos orígenes y a mostrar la urgencia de cambiar esa mentalidad.
Entre muchos ejemplos que se podrían señalar, recordemos la figura de María Magdalena a quien se le ha recordado más como pecadora que por haber sido la “primeratestigo de la resurrección del Señor. No es que esto último se haya negado -ya que los cuatro evangelistas lo testimonian-, pero no se le ha dado el reconocimiento que merece y mucho menos se han tenido en cuenta las consecuencias que de eso se derivan.
¿Cómo pudo suceder esto? Para responder es preciso acercarnos al texto bíblico y entender cómo se fue invisibilizando la figura de las mujeres. Siguiendo uno de los escritos de Carmen Bernabé –reconocida biblista española- podemos ver, por ejemplo, como el evangelista Lucas relativiza ese papel protagónico de María Magdalena y, en contraposición, destaca la figura de Pedro. Para destacar a Pedro, Lucas incluye textos que sólo aparecen en su evangelio como la llamada personal a Pedro (5,1-11), su protagonismo en la pesca milagrosa (5,4-7) y en la preparación de la cena pascual (22,8). Además lo encarga de sostener en la fe a los otros discípulos (22,31-32) y omite datos que aparecen en los otros evangelios pero que podrían oscurecer su figura, como por ejemplo, cuando Jesús le dice: “Apártate de mí Satanás”.

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La misión como diálogo

20.10.17 | 05:17. Archivado en Reflexiones

Nuevamente celebramos el mes de las misiones.Pero, ¿cómo hablar de “misión” en este nuevo contexto de pluralismo religioso? No podemos renunciar a afirmar la centralidad de Jesucristo como único mediador entre Dios y los seres humanos, como causa y motivo de nuestra salvación. Sin embargo, el nuevo contexto nos exige replantear la manera de ofrecer la Buena Noticia del reino y nos señala la urgencia de dar testimonio de comunión con las demás confesiones de fe, evitando rivalidades y descalificaciones mutuas que contradicen el mensaje que se anuncia.
Por este motivo, proponer el diálogo como horizonte de misión, puede ser un camino adecuado para continuar esta tarea y obtener mejores frutos. Por diálogo estamos entendiendo el ofrecer un anuncio a los demás pero estar dispuestos a recibir lo que también ellos nos ofrecen. Es creer que los otros pueden enseñarnos y que son también depositarios de la revelación divina que no cesa de esparcir sus semillas de gracia en todas las culturas y entre todos los pueblos.
Ahora bien, esa actitud de diálogo no es fácil de poner en práctica. Estamos muy acostumbrados a creernos poseedores de la verdad e incluso, a pensar que, no creernos así, es traicionar el mensaje divino porque consideramos que este es verdadero y no puede ponerse en cuestión de ninguna manera. Visto desde Dios, sin duda es así. Su plan de salvación, su voluntad divina sobre la humanidad, es una y para siempre. Pero visto desde nuestra captación y nuestra realidad histórica, siempre es un aproximarnos a ella, un comprenderla cada vez mejor, un aceptarla con más profundidad y plenitud. Por eso nuestras palabras, comprensiones y anuncios van condicionados por nuestra limitación personal y, en ese sentido, siempre estamos en camino y con necesidad de enriquecer nuestra propia visión con lo que los demás nos aportan.

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Santa Teresa de Jesús: mujer y maestra de oración

15.10.17 | 04:21. Archivado en Reflexiones


Hoy 15 de octubre queremos recordar una figura femenina que abrió caminos -no sin sospechas y dificultades- pero que hoy es testimonio de como la historia puede ser distinta. Nos referimos a Santa Teresa de Jesús (o Teresa de Ávila) cuya fiesta celebramos este día. Santa española del siglo XVI (1515-1582), religiosa carmelita, fundadora y reformadora de muchos conventos femeninos y masculinos, gran escritora y, especialmente, maestra de oración y de vida espiritual. Por todo esto y por la santidad de su vida reconocida en 1622, se le concedió el título de “Doctora de la Iglesia” en 1970. Este título se otorga a ciertos santos a los que se les considera maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos. Ha sido otorgado a treinta y tres de los santos de la Iglesia, tres de ellos mujeres: Teresa de Ávila, Catalina de Siena y Teresa del Niño Jesús.
Pero ¿por qué se le concede a Santa Teresa este título y qué significatividad puede tener hoy para nosotros? Como acabamos de decir, porque se reconoce en ella una “maestra” de fe para los cristianos de todos los tiempos.

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La formación teológica y la adultez de la fe

14.10.17 | 04:13. Archivado en Reflexiones

Aumenta el interés de laicos y laicas por la teología y eso es una buena señal. Significa que las personas quieren entender su fe y dar razón de ella. Quieren adquirir madurez espiritual y prepararse para compartir el don recibido. Significa que el rostro eclesial puede cambiar y una iglesia con diversidad de ministerios, reconociendo la igualdad fundamental de todos sus miembros, es posible.
Pero aún falta más empeño e interés por los estudios teológicos. Para muchas personas con tal de que Dios les “sirva” para socorrer sus necesidades, es suficiente. Y aunque nadie puede juzgar y menos negar la fe de quienes sólo mandan celebrar misas por sus difuntos o de los que acuden a santuarios en busca de milagros, bien se puede preguntar, si estas personas están poniendo todo el esfuerzo que amerita el cultivo de una vida de fe y se disponen a crecer en ella, con una formación adecuada a los desafíos del presente. Ahora bien, es bueno reconocer que no se ha cultivado con suficiente fuerza, por parte de la autoridad eclesiástica, la urgencia y necesidad de una formación teológica para el Pueblo de Dios.
Además, a veces, se tiene miedo y reparo frente a la teología. Unos piensan que quien la estudia “pierde” la fe o cae en la “especulación teórica” y se aleja de la vida. Y no faltan los que temen la formación del Pueblo de Dios porque a decir verdad esto lleva a que los “pocos” que saben ya no puedan ostentar el poder del conocimiento y los “muchos” que van aprendiendo exijan reconocimiento a su palabra y valoración de sus contribuciones.

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Una Iglesia en permanente estado de misión

06.10.17 | 05:16. Archivado en Reflexiones

Una Iglesia misionera fue el sueño de Jesús y es también el de la Iglesia Latinoamericana y Caribeña que en la Conferencia General del Episcopado celebrada en 2007 en el santuario de Aparecida (Brasil), hizo este llamado fuerte a ser una Iglesia “en permanente estado de misión”. Es decir, la Iglesia no está llamada a ejercer una misión sino que ella, en sí misma, es misión (DA 551). Pero ¿Cómo encarnar este deseo? ¿Cómo desprenderse de tantos siglos de estabilidad y seguridad que le ha proporcionado el ser reconocida por el poder civil? El mismo Documento de Aparecida al hacer ese llamado “al estado permanente de misión”, continúa diciendo: “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas”.
Y es que la misión es desestabilidad, riesgo, audacia, camino, búsqueda. En el pasaje en que Jesús envía a sus discípulos a la misión, les indica lo que supone esa situación: “Vayan proclamando que el Reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios. Gratis lo recibieron; denlo gratis. No procuren oro, ni plata, ni calderilla en sus fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento…” (Mt 10, 7-10).

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El Espíritu de paz, signo visible de la vida cristiana

30.09.17 | 00:23. Archivado en Reflexiones


En el Evangelio de Juan 20, 19-23, se presenta a Jesús Resucitado dándole a sus discípulos el don de la paz como señal de su presencia. Ellos lo reconocen precisamente en ese gesto y son enviados a ser sus testigos en medio del mundo.
Ese mismo Espíritu de paz sigue presente entre nosotros cada vez que nos comprometemos activamente a hacerla posible. La paz que no supone una actitud de quietud o indiferencia, sino una manera de asumir la realidad con sus luces y sombras. Una manera de discernir que nos lleva a denunciar críticamente todo aquello que hace mal a la humanidad y anunciar proféticamente el amor cristiano que “se entrega por los otros” en cada una de las circunstancias particulares que se van presentando.
En el contexto colombiano Jesús Resucitado -dador de la paz- sólo podrá estar presente en la medida que los cristianos le dejemos habitar en nuestra vida y realicemos sus obras.
Es signo del Espíritu no permanecer indiferentes ante la difícil situación política por la que atravesamos -no sólo en nuestro país sino en otros países de América Latina- preguntándonos muy a fondo qué políticas son las que se proponen y si esas políticas benefician a los más pobres. Sólo estas merecerían nuestro apoyo incondicional. En este sentido poco se pregunta sobre las “políticas en sí” sino que nos movemos por los afectos/desafectos frente a los candidatos. Es necesario crecer en el compromiso político en este sentido.

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Comenzar la renovación eclesial desde los pobres

22.09.17 | 04:22. Archivado en Reflexiones


La misión es la razón de ser de la Iglesia porque ella no vive para sí sino para anunciar a Jesucristo. Por eso, a la hora de hablar de renovación, de cambio, de conversión eclesial, no podemos hacerlo sin tener presente la finalidad a la que tendemos, el para qué de esta renovación. En la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el Papa Francisco señala con claridad, que el cambio es para que la iglesia “se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (n.27). Y esto es importante aclararlo porque si no se ve el para qué, no se genera ningún cambio o se realiza en la dirección equivocada.
Más aún, hoy vivimos un momento en que es difícil ver la urgencia de un cambio eclesial porque la Iglesia tiene –por lo pronto- un lugar asegurado en la sociedad. Territorialmente tiene posesiones, bien sea por sus obras apostólicas o por la identidad católica que constituye a países como el nuestro. Está presente en instancias oficiales y su voz es escuchada. Además, en el Pueblo de Dios hay la ambivalencia de querer cambios y no estar de acuerdo con muchas cosas pero, al mismo tiempo, permanecer en una mentalidad acrítica que sin darse cuenta, mantiene la realidad eclesial como está porque, de alguna manera, la iglesia le “sirve” para tener esa relación con Dios, que en cierta forma, todos buscamos. Todo esto puede llevar a trabajar por la “autopreservación” -como dice la Exhortación-, buscando mantener lo que tiene y/o recuperando espacios perdidos, pero no “sacudiéndose” profundamente para “que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual”.

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La hermenéutica o interpretación del texto bíblico

15.09.17 | 14:56. Archivado en Reflexiones


Como se ha dicho tantas veces, la Palabra de Dios requiere ser interpretada para poderla entender en su contexto, no haciéndole decir lo que no dice, y develando todo el mensaje profético que encierra. Esto no es propio de la Biblia sino de toda realidad humana porque dependiendo del tiempo, del lugar, de las circunstancias, todo toma un significado propio que necesitamos indagar bien, para evitar malos entendidos. Basta tomar como ejemplo, las sorpresas que nos llevamos cuando vamos de una región de Colombia a otra, o de un país a otro y vemos cómo las mismas palabras significan distinto y las costumbres obvias en un lugar son, muchas veces, totalmente diferentes en otros.
Pues bien, la tarea de interpretar la realidad y, por lo tanto, la Sagrada Escritura, supone mucha dedicación, esfuerzo e interés. Esta tarea se llama “hermenéutica”, palabra tomada del Dios griego Hermes, experto en el arte de interpretar los misterios ocultos. La teología se considera una ciencia hermenéutica porque su tarea es interpretar la revelación divina presente en la historia, en los signos de los tiempos y consignada, de modo privilegiado, en la Sagrada Escritura. Continuamente, por tanto, hay que preguntarse qué significa ese texto, en qué contexto se escribió, a qué situación respondía, cómo se entendían las palabras y los ejemplos usados en el texto sagrado en el tiempo que se escribieron, etc. Además, hoy en día también se está hablando de “hermenéutica de la sospecha” o de la “hermenéutica de la experiencia” o de la “hermenéutica de la imaginación” o “hermenéutica del recuerdo” y, de muchas otras clases de hermenéutica, que a veces sorprenden a quienes escuchan esos términos y hasta “escandalizan” porque cómo vamos a “sospechar” de la interpretación del texto sagrado hecha por personas que se consideran autoridad eclesiástica.

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Miércoles, 22 de noviembre

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