Fe y vida

Audacia misionera y anuncio explícito del evangelio

12.11.18 | 03:04. Archivado en Reflexiones

La misión que Jesús nos confió ha tomado diferentes énfasis según la comprensión que se ha ido teniendo a lo largo de la historia. De entenderla como una tarea que había que realizar y casi obligar a los destinatarios a aceptar el mensaje, hoy, en contextos de libertad y pluralismo religioso, resulta totalmente diferente. Ya no se puede imponer la fe a nadie y menos tener una postura de condena y rechazo a las otras tradiciones religiosas. Pero tampoco se puede caer en el otro extremo: perder la audacia del anuncio y dejar de realizar planes y proyectos pastorales que lleven adelante la dimensión misionera de la iglesia. Tomar esa postura sería no responder al envío de Jesús a los suyos: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícelos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt 28, 19-20).
Entonces, ¿cómo combinar la audacia y el anuncio explícito con el respeto y la libertad religiosa? Ese es uno de los grandes desafíos en estos tiempos y podríamos señalar tres aspectos que pueden ayudar.
En primer lugar, acoger la gracia de la fe recibida y ofrecerla con esa misma libertad: “gratis lo recibieron, denlo gratis” (Mt 10,8). Cuando uno sabe que no es dueño de lo que anuncia, lo puede comunicar con libertad y generosidad y abierto a todos los cambios que la misma voz de Dios encarnada en la historia vaya marcando. No es una empresa que podemos llevar adelante con nuestras fuerzas. Es el Señor el que siembra la semilla y la hace crecer (Mc 4, 26-29). No son nuestros méritos los que pueden conseguir el éxito. Es su sabiduría la que sabe cómo sembrar, cuándo sembrar, dónde sembrar. Cuenta con nosotros, sin duda, y de ahí el encargo recibido, pero como administradores y no como dueños, como servidores y no como amos. Reconoce el origen de este don y vivirlo como tal, da la libertad suficiente para anunciar sin imponer, para dar sin pedir nada a cambio.

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Si un miembfo sufre, todos sufren con él (1 Cor 12,26)

01.11.18 | 02:35. Archivado en Reflexiones

Mucho se ha hablado de los escándalos de la Iglesia sobre pederastia. Duele tratar el tema, pero no se puede ser ajeno a él. Hay que asumirlo como parte de esta iglesia que llamada a ser santa -y lo es por su origen divino-, es también pecadora y ha de estar en continua conversión. Pero esto último es lo que falta muchas veces. La iglesia como institución ha conseguido un lugar en la sociedad, un reconocimiento en muchas instancias, una seguridad económica, una organización excepcional y esto le da mucha seguridad en lo que es y en lo que hace. Precisamente, por esto, pensar que puede ser distinta, le cuesta mucho.
El pasado 20 de agosto el Santo Padre escribió una carta al Pueblo de Dios en la que asumía este tema y nos invitaba a que todos lo asumiéramos: “Si un miembro sufre, todos sufren con él”. Así iniciaba la carta y continuaba: “Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.
Es verdad que el clero no es el único ni el que más comete abusos con los niños. Primero está el ámbito familiar en el que no cesan de ocurrir cada día mil atropellos contra ellos. Por eso tampoco podemos estigmatizar a la iglesia como la institución que más abusos de ese tipo comete. Pero llegó la hora de reconocer que también los comete y hay que poner medidas eficaces para evitar, siga sucediendo. El Papa Francisco no se ha cansado de repetir “tolerancia cero” y ha tomado algunas medidas: aceptación de la renuncia de varios obispos, el retiro del estado clerical de otros y la disposición para que la justicia civil también investigue. Además, citó a todos los obispos, presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo, a una reunión el próximo mes de febrero para hablar del tema.

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La dimensión comunitaria de la mision

25.10.18 | 02:37. Archivado en Reflexiones

La misión no es una tarea individual. En realidad, es la comunidad la que evangeliza, la que puede testimoniar el amor de Dios e interpelar a muchos. Y todo esto porque nuestro Dios es, ante todo, un Dios comunidad, un Dios Trinidad, donde la soledad no existe y todo es comunión. Sin embargo, muchas veces nos olvidamos de esta dimensión comunitaria y vivimos una espiritualidad muy individual y de intereses personales. Esto se muestra en ese afán – de algunos- de peticiones por el bienestar personal y en la preocupación por su rectitud moral y el cumplimiento de los preceptos religiosos sin ninguna atención a la cuestión social. Y en esa dialéctica se mueve, muchas veces, la experiencia cristiana.
La misión esta llamada a asumir las distorsiones que pueden darse en la experiencia de fe y a proponer “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4, 2) el anuncio gozoso de la esencia del cristianismo. Porque las distorsiones muchas veces surgen de acomodamiento, de la “domesticación” de lo nuevo frente a lo establecido y a lo que “siempre se ha hecho así”. La misión, por el contrario, desinstala, exige movimiento y audacia, se constituye en un dinamizador que nos saca de nosotros mismos y nos hace ir al encuentro de los demás.
Pero vayamos por partes. En primer lugar, como ya lo anotamos, es urgente recuperar o, en verdad anunciar, el rostro del Dios cristiano que es Trinidad. Si miramos la vida de Jesús, Jesús nos reveló un Dios Trinidad, comunidad. Por una parte, mostró su filiación total y radical al Padre y su obediencia incondicional a Él. Precisamente su vida histórica nos trasparenta ese amor filial y nos va revelando como es ese Padre: totalmente misericordioso, inigualable en su amor a la humanidad y en su solidaridad con los más pobres. Por esa causa Jesús llega hasta la muerte y acepta la incomprensión de los suyos. Después de su muerte, los discípulos sintieron la fuerza del espíritu de Jesús que los movía a la esperanza y al anuncio, que los sacaba del desánimo y los ponía en el camino de la misión.

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San Romero de América ¡Ruega por nosotros!

14.10.18 | 01:11. Archivado en Reflexiones

Por fin llega el día de la canonización de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Sabemos que su martirio, ocurrido el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la eucaristía, fue dejado en la sombra por la porción de Iglesia que, llena de temores y de intereses particulares, no ha sido capaz de acompañar la evangélica articulación -fe y justicia social- y ha estigmatizado todo aquello que pueda parecer de “izquierda”, incluida la teología de la liberación y sus principales representantes. Es la misma porción de iglesia que hoy se siente “incómoda” con el papa Francisco y no acaba de secundar su mensaje. Tal vez muchos obispos y cristianos de mentalidad más conservadora, estarán presentes en la canonización pero tendrán que hacer un esfuerzo cuando oigan pronunciar el nombre de Romero porque en el pasado lo invisibilizaron y hasta hablaron en su contra, y buscarán justificar su presencia allí, con la canonización de los otros santos, especialmente, la del Papa Pablo VI que no despierta controversia como Romero. De hecho el propio papa Francisco afirmó que Romero fue mártir dos veces: cuando lo asesinaron y cuando sus propios hermanos obispos lo “difamaron, calumniaron y arrojaron tierra sobre su nombre”.
Pero desde su muerte, también una porción de iglesia lo reconoció como santo –sin esperar hasta esta declaración oficial- y no ha dejado de inspirarse en su vida y reconocer su martirio. Personalmente, en los años seguidos a su martirio, aproveché mucho la película de Romero para mis clases de teología, destacando la conversión que Romero vivió cuando se dejó tocar por la suerte de su pueblo y la voz profética que no temió enfrentarse a los poderes de este mundo cuando atacaban a sus hermanos, especialmente, a los más pobres e indefensos. Lamentablemente en las últimas décadas, cada vez llegaban estudiantes más renuentes a su figura y formados, incluso en contra, de este caminar eclesial latinoamericano comprometido con la justicia y la vida digna de los pueblos.
Ahora bien, por fin, San Romero de América estará en los altares y podremos invocarlo con todas las letras para que su vida inspire la nuestra. Y ¡ojala lo hagamos mucho y sin descanso!

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La tentación del poder

08.10.18 | 02:31. Archivado en Reflexiones

El fenómeno de la continuidad en el poder bien sea por vía de imposición o de reelección ha acompañado la historia de la humanidad. Hoy aparece de nuevo en los presidentes con segundos mandatos y en los que anuncian la continuidad indefinida. También en niveles menores de decisión se constata la misma tradición. Directores, superiores, coordinadores, etc., muchas veces son reelegidos y se hacen excepciones a las reglas establecidas para alargar sus mandatos. Unas veces porque se considera que se ha realizado una buena tarea y ha de continuarse. Otras porque se siente como una especie de traición con la persona que está ejerciendo el poder si no se le elige una vez más. Más de una vez porque parece que no existieran otros candidatos. En definitiva, cualquiera sea la razón, detrás de todo esto se puede vislumbrar la tentación del poder que ataca no solamente a los que lo ejercen sino también a sus seguidores, haciendo igual daño a unos como a los otros.
Por parte de los que pretenden ejercer el poder indefinidamente, aunque de su parte haya buena voluntad y deseo sincero de hacer las cosas bien, el hecho de buscar permanecer en esa posición eternamente los lleva a creerse “indispensables”, “salvadores”, “mesías”. Fácilmente comienzan a reclamar poderes absolutos. Llegan a creerse capaces de resolverlo todo y se sienten con un poder infinito.
Por parte de los seguidores se da una especie de “ceguera” frente a su líder. Llegan a perder la objetividad y capacidad de crítica. No le ven ningún error y justifican todas sus acciones. Algunas teorías psicológicas afirman que en esos casos se vive un mecanismo de proyección de todo aquello que no somos capaces de realizar y lo compensamos con esa persona en la que depositamos la confianza.
En definitiva, el ejercicio del poder no es fácil y supone un trabajo continuo de desprendimiento y libertad, de reflexión y capacidad de crítica. También supone aceptar que la continuidad indefinida trae abusos del poder y, sin duda, cansancio, rutina, poca visión de las cosas, acomodo, poca creatividad. Por el contrario, el cambio genera nuevas posibilidades que deben explorase.

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El Sínodo de Jóvenes: una llamada a la conversión pastoral y misionera

03.10.18 | 01:57. Archivado en Reflexiones

Los jóvenes son el presente y el futuro de la sociedad y de la iglesia. El presente porque los jóvenes hoy ya no son aquellos relegados del espacio de los mayores, sin posibilidad de palabra o decisión. Por el contrario, cada vez se comprende mejor la capacidad que tienen para ser protagonistas, tomar la palabra y actuar en coherencia con lo que piensan. Por supuesto, necesitan seguir madurando y encontrando su camino pero ya son artífices de su propia historia y eso lo debemos reconocer. Son también el futuro porque sus acciones de hoy abren las sendas de lo que será el mañana.
Lamentablemente no es esa la experiencia de todos los jóvenes y, por eso en muchos otros, abunda el cansancio, la falta de oportunidades y, por consiguiente, la pérdida de sentido y, con gran preocupación, se constatan excesos, desvíos, equivocaciones, vidas que parece, van a perder definitivamente el rumbo. De ahí que toda la preocupación que la Iglesia muestra por los jóvenes, ha de ser secundada y apoyada. Eso es lo que tenemos entre manos, en el próximo “Sínodo sobre los Jóvenes” en octubre del presente año.
Este Sínodo corresponde a la XV Asamblea General Ordinaria de los Obispos y se llevará a cabo del 3 al 28 de octubre próximos. Desde el 13 de enero de 2017 comenzó su preparación con el Documento elaborado para ello y siguieron varias consultas y encuentros concluyendo el pasado 19 de junio con la presentación del “Instrumentum Laboris”. En este documento se propone para la realización del Sínodo, el método del “discernimiento”. Este método estaba ya delineado en la Evangelii Gaudium (n. 51) a partir de tres verbos: “Reconocer”, “Interpretar” y “Elegir”.
Los primeros cinco capítulos del Instrumentum Laboris se refieren al primer verbo: “Reconocer” y en ellos se quiere presentar una iglesia que escucha a los jóvenes y su realidad. Es interesante destacar que en lo que respecta a los desafíos antropológicos y culturales se señalan seis aspectos que la iglesia ha de enfrentar en su compromiso pastoral con los jóvenes: (1) la nueva comprensión del cuerpo, de la afectividad y de la sexualidad; (2) el advenimiento de nuevos paradigmas cognitivos que transmiten un enfoque diferente de la verdad; (3) los efectos antropológicos del mundo digital, que impone una comprensión diferente del tiempo, el espacio y las relaciones humanas; (4) la desilusión institucional generalizada tanto en la esfera civil como eclesial; (5) la parálisis decisional que aprisiona a las generaciones más jóvenes en caminos limitados y limitantes; y (6) la nostalgia y la búsqueda espiritual de los jóvenes.

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Libres como Pablo para encontrar a Jesús donde menos se espera

25.09.18 | 02:24. Archivado en Reflexiones

La vida de Pablo, “Apóstol de los gentiles” (como se le conoce por dedicarse al anuncio del evangelio fuera de las fronteras de Israel), siempre nos interpela por su testimonio y compromiso con el anuncio de la Buena Nueva.
Sabemos que no conoció personalmente a Jesús y que perseguía a los seguidores del “Camino” –como se les llamaba a los primeros cristianos- (Hc 22, 4) pero que su experiencia de “conversión” fue radical y definitiva. El mismo nos la relata: “Una gran luz que venía del cielo me envolvió y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo respondí: ¿Quién eres Señor? El dijo: Soy Jesús, el Nazareno, a quien tu persigues” (…) Yo le dije: Señor ¿qué debo hacer? Levántate y sigue tu camino a Damasco; allí te dirán lo que debes hacer” (Hc 22, 6-11). Efectivamente, Pablo fue a Damasco y Ananías le dijo lo que debía hacer (Hc 22, 14-15). Y, a partir de ese momento, Pablo dedicó toda su vida a anunciar el evangelio “no por iniciativa propia sino con la conciencia de una misión que se le confía y que no puede dejar de realizar (1 Cor 9, 16-17).
Esta breve reseña de la experiencia fundamental de la vida de Pablo nos confronta con nuestra propia experiencia. Nuestra vida cristiana, como la de él, ha de fundarse en ese encuentro personal con el Señor Jesús. No somos cristianos simplemente por una tradición recibida (aunque ésta la posibilita). Es necesario sentirnos llamados por el propio nombre y entender la Buena Noticia que el Señor nos trae. Jesús no le habla de ritos y mandamientos. Pablo era un cumplidor inigualable, “un judío muy entregado al servicio de Dios” (Hc 22,3). Le habla de lo que Pablo no había descubierto: que al perseguir a los cristianos por su “supuesta fidelidad al Dios de Israel”, estaba persiguiendo al mismo Jesús.

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Liberarse de los apegos para quitar tanto sufrimiento del mundo

19.09.18 | 00:53. Archivado en Reflexiones

Hay mucho sufrimiento en el mundo, muchas circunstancias que causan dolor y que no se pueden evitar como la muerte, la enfermedad o los desastres naturales que llegan de manera repentina e impredecible. Hay otros sufrimientos que provienen de la libertad humana y que, a veces, se pueden evitar o llegar a superarlos, corrigiendo los propios errores o apelando a la conversión de los demás para superar esos conflictos o divisiones.
Pero hay sufrimientos que son más sutiles, que no se notan tanto y que pueden incluso causar más sufrimiento que todo lo anterior, pero que dependen exclusivamente de nosotros evitarlos. Me refiero a todos los apegos que surgen en el corazón y que no distinguen entre cosas, personas, sentimientos, situaciones, pero que nos atan y esclavizan y nos impiden la felicidad profunda, aquella que “nada ni nadie nos puede quitar” (Jn 16, 22).
Cualquier apego nos hace sufrir inmensamente. No importa si el objeto de este apego es algo grande o pequeño. Si es una persona o una cosa. Si es una situación o un punto de vista. Si es una mentalidad o una tradición. Lo cierto es que los apegos nos atan, nos esclavizan y no hay otra solución más que decidirnos a romper con aquella atadura para poder ser libres.

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Tiempo para crecer en el amor

12.09.18 | 03:40. Archivado en Reflexiones

En estos tiempos en que las experiencias espirituales se multiplican y la gente busca con mucho interés “algo” o “alguien” que le ayude a equilibrar su vida, a encontrar sentido, a ser más feliz (muchísima gente está acudiendo a terapias alternativas, a maestros espirituales, a técnicas de relajación), se le plantea a la experiencia cristiana el desafío de mostrar su capacidad de transformar a los seres humanos y de hacerlos mejores personas, de manera que hagan de este mundo un verdadero hogar para todos y todas.
¿Qué nos pueden aportar los evangelios para nuestra mayor realización? ¿Cómo vivirlos para que den sus mejores frutos? En ellos vemos que Jesús rechaza todo lo que signifique poder, riqueza o manipulación religiosa para actuar en este mundo. Su fuerza es el amor de Dios en su corazón y hacer de ese amor el centro de su vida.
¿Cómo se hace para que Dios sea el centro de nuestra vida? Al menos en la experiencia cristiana, por el misterio de la encarnación, esta realidad es muy concreta: Dios se hace presente en la medida que vemos su imagen en todas las personas y nos acercamos a ellas con el respeto, comprensión y aceptación como lo haríamos con Dios mismo.
El cristianismo apunta alto cuando de amar a los semejantes se trata: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” (Mc 3, 33) contesta Jesús ante la insistencia de sus familiares que lo buscan cuando él está con la multitud. En otras palabras él está diciendo que para el cristiano, todo ser humano debe ser un hermano y esto con todas las consecuencias.

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Los jóvenes y la misión: hacia la JMJ 2019

05.09.18 | 02:58. Archivado en Reflexiones

Todos sabemos de la fuerza de los jóvenes cuando se entusiasman por algo. No hay quien los detenga y se entregan con alma y corazón en aquello que se proponen. Esto lo vivimos a nivel social y a nivel eclesial. En el primer caso, hechos recientes del país nos lo muestran. Cuando se perdió el plebiscito, un buen grupo de jóvenes universitarios acampó en la plaza de Bolívar hasta que se dio una salida a esa situación. Lo mismo se ha podido constatar en las pasadas elecciones. Muchos jóvenes militaron activamente en política y soñaron con un cambio frente a la política tradicional. De igual manera así se vive en las muchas experiencias de misión que desde diferentes ambientes (educativos, parroquiales, pastorales, etc.) se proponen en las épocas de vacaciones. Los jóvenes invierten su tiempo y sus fuerzas para estar con los más pobres y no vuelven igual después de esas experiencias.
Lamentablemente, lo anterior no es la experiencia de todos los jóvenes y, por eso en muchos otros, abunda el cansancio, la falta de oportunidades y, por consiguiente, falta de sentido, y con gran preocupación se constatan excesos, desvíos, equivocaciones, vidas que parece, van a perder definitivamente su rumbo. De ahí que toda la preocupación que la Iglesia muestra por los jóvenes ha de ser secundada y apoyada. Eso es lo que tenemos entre manos, tanto la próxima Jornada Mundial de la Juventud en enero de 2019 en Panamá, como el sínodo sobre los jóvenes en octubre de este año (De este último nos ocuparemos en otro momento).
Las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) han sido, todas ellas, experiencias extraordinarias.

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Congreso Eclesial: Profecía, comunión y Participación

30.08.18 | 03:40. Archivado en Reflexiones

La II Conferencia del Episcopado Latinoamericano, celebrada en la ciudad de Medellín (1968) constituyó la puesta en marcha de Vaticano II en estas tierras. Esa conferencia marcó un nuevo rumbo para la Iglesia del continente porque respondió, desde la fe, a la realidad de pobreza e injusticia estructural y delineó una Iglesia pobre, profética y misionera.
Por ese motivo este año se han celebrado varios simposios y congresos y otros seguirán celebrándose, en lo que resta del año. Pero quiero referirme a uno que, por quienes lo convocaron y en el lugar que se hizo, resulta especialmente significativo. Fue precisamente el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano), es decir, el mismo organismo que realizó la II Conferencia de Medellín, y se llevó a cabo en el Seminario Mayor de Medellín, lugar donde hace 50 años se dio ese “paso del Espíritu”. El congreso se realizó del 23 al 26 de Agosto con el título “Congreso Eclesial: Profecía, comunión y participación”. También lo convocaron, la CLAR (Confederación Latinoamericana de religiosos/as), Cáritas de América Latina y el Caribe y la Arquidiócesis de Medellín.
El congreso tuvo ponencias por la mañana y trabajos en grupo por la tarde. Estos grupos (Comunidades de vida y aprendizaje) profundizaron en los mismos temas de la Conferencia de Medellín, añadiendo otros desafíos: Justicia/paz/reconciliación, Familia, Educación, Juventud, Pastoral popular/religiosidad popular, Pastoral de Élites/Pastoral Urbana, Catequesis, Liturgia, Pueblos indígenas/afroamericanos, Protagonismo de los laicos, Sacerdotes, Vida consagrada, Formación del clero, La iglesia y los pobres, Pastoral de conjunto, Medios de comunicación social, La mujer en la Iglesia, ecología integral/cuidado de la creación, Formación de discípulos misioneros/vocaciones en la Iglesia, Comunidades eclesiales de Base/pequeñas comunidades, Migración /refugio/trata de personas y Animación Bíblica de la pastoral. Además se compartió la oración y Eucaristía diaria, junto con algunos momentos festivos. Participaron más de 500 personas.

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Todas y todos llamados a transparentar el rostro de Dios

21.08.18 | 06:17. Archivado en Reflexiones

En las últimas décadas se tomó conciencia de que la realidad familiar de tantos padres ausentes o de su figura machista y autoritaria hacía muy difícil hablar de la figura de Dios Padre en la catequesis. Los destinatarios no podían reconocer en la figura paternal que tenían, los rasgos de un Dios Padre amoroso que salía al encuentro de sus hijos. Se comenzó entonces a explicitar más la figura materna de Dios. Pero esta no fue la única razón. También la conciencia que se ha adquirido últimamente de la visión patriarcal del mundo –donde lo masculino se erigió como patrón de organización y valoración-, ha permitido prestar más atención a esos rasgos femeninos de Dios y, más aún, replantearse los roles atribuidos tradicionalmente a cada uno de los sexos. Hemos tomado conciencia de las consecuencias del sistema patriarcal: una sociedad asimétrica en la que los rasgos femeninos se quedan reducidos al ámbito privado y con una cierta connotación de debilidad y los masculinos se viven en el ámbito público como muestra de superioridad y fuerza. Además, cada sexo siente una cierta “prohibición” de pretender vivir los roles del otro. Es así como, por ejemplo, en algunas ocasiones, a los hombres “tiernos” se les considera débiles o se duda de la “capacidad intelectual” de las mujeres. (Afortunadamente, todo esto va cambiando, aunque lentamente).

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Jueves, 15 de noviembre

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