Faustino Vilabrille

Semana Santa, reflexión desde el sentido común

29.03.18 | 09:35. Archivado en Comentarios al Evangelio

La religión de Jesús no fue una religión de religiosidad y de ritos, sino de compromiso liberador de los oprimidos.

La violación de la mujer como arma de guerra y su cuerpo como campo de batalla.

Hemos oído decir muchas veces que Jesús murió por nuestros pecados, que gracias a su muerte hemos sido redimidos, que El reparó a Dios el daño que le causan nuestros pecados, que con su muerte reparó el pecado de Adán, que Dios tanto amó al mundo que entregó a su Hijo a la muerte, que Dios quiso la muerte de su Hijo por nosotros, etc. Incluso en la liturgia de la Vigilia Pascual se lee que fue necesario el pecado de Adán, y ¡feliz la culpa que mereció tal Redentor!
Todo esto, pensado con un poco de sentido común parece absurdo, sin sentido e ininteligible. Veamos:
¿Qué clase de Dios es ese que se ve dañado o simplemente afectado por nuestros pecados? Si nosotros somos casi tanto como nada, ¿cómo es posible que lo que hacemos impacte de esa manera en Dios?
¿Qué clase de Dios es ese que necesita ser reparado nada menos que por la muerte de su propio Hijo?
¿Cómo pudo haber querido Dios la muerte de su mismo Hijo, una muerte tan llena de escarnio, de violencia, de tortura, de sufrimiento tan horrible, para acabar clavado de pies y manos, crucificado, la crucifixión, invento de los persas?
¿Cómo pudo Dios haber querido entregar a su Hijo a la muerte por nosotros? ¿Acaso Dios quiere más a los hombres que a su propio Hijo? ¿O los quiere a todos por igual? ¿Acaso Dios no tenía otra solución para redimirnos que mandar a la muerte a su Hijo?
Jesús presenta en el Evangelio a Dios como un Padre que nos quiere entrañablemente (Parábola del Hijo prodigo). Jesús aparece a lo largo de los Evangelios hablando con el Padre de tu a tu, con total confianza. Si Dios nos quiere tanto a nosotros, ¿cómo no va a querer por lo menos igual a su propio Hijo?
Juan 3, 16-18 escribe: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está condenado porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.
Vamos a ver: ¿Cómo y por qué murió Jesús? –Jesús murió de una manera mucho más sencilla, pero lógica, que todo eso: Hoy cuando alguien se enfrenta a los poderes absolutos del dinero o del poder político y a veces al poder religioso, precisamente porque esos poderes actúan en contra del ser humano, antes o después acaba asesinado. Así pasó a lo largo de la historia cientos de miles de veces: les pasó a los primeros cristianos que se enfrentaron al poder de Roma, así les pasó a las víctimas de la Inquisición, así les pasó a Gandhi, Martín Luther King, o a Oscar Arnulfo Romero. Jesús se proclamó portador de un mensaje de Justicia (“dichos los que tiene hambre y sed de Justicia”), de un mensaje de igualdad y fraternidad (“a nadie llaméis señor sobre la tierra, todos vosotros sois hermanos”), un mensaje de amor (“este es mi mandamiento, que os améis unos a otros”), un mensaje de compromiso con los pobres (“dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los Cielos”), un mensaje en contra de la riqueza y los ricos (“no podéis servir a Dios y al dinero, ¡ay de vosotros los ricos!”).
Este mensaje de Jesús iba abiertamente en contra de los poderes constituidos religioso-políticos, que oprimían al pueblo judío imponiéndole grandes cargas, y que tenían su sede en Jerusalén, (Consejo de Ancianos, los Sumos Sacerdotes, los Escribas, la guardia del templo, etc.) que ni asimilaron ni mucho menos soportaron este mensaje que Jesús practicaba y enseñaba, porque era totalmente contrario a sus intereses: se dieron cuenta muy claramente que Jesús estaba abriendo los ojos al pueblo, que el pueblo seguía a Jesús, y que el pueblo se iba a volver contra ellos, y por eso se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote y resolvieron apoderarse de El para darle muerte, porque, según ellos, alborotaba y soliviantaba al pueblo (Lucas 23,2-5 y Mateo 26, 3-4).

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Reflexiones sobre un proyecto de agua en Ruanda

12.03.18 | 17:13. Archivado en Acerca del autor

Querid@s amig@s colaboradores y cooperantes

Acabamos de llegar de desarrollar la primera fase de un proyecto de instalación de agua en Nkumba, Ruanda, para 1155 familias, cuya carencia de agua era dramática.

Hemos tenido una excelente acogida y una colaboración extraordinaria por parte de las Misioneras de los Sagrados Corazones y de todo el poblado de Nkumba. En poco más de mes y medio quedó funcionando la instalación, con extraordinaria satisfacción por parte de todos.

De los muchos testimonios de gratitud recibidos, hay uno que nos llenó de emoción, el de una señora, que nos cogió de la mano con sus dos manos, y que manifestó lo siguiente: “Yo soy una persona mayor, casi no puedo andar y tenía el agua muy lejos, dos horas, ahora me queda cerca, muchas gracias, muchas gracias, muchas gracias”. No paraba de repetir “muchas gracias”.

Nosotros tampoco nos cansaremos de daros las gracias a todos los que de una forma u otra lleváis dentro la cooperación y habéis hecho posible este proyecto, así como aquellas palabras tan sencillas y directas del profeta Jesús de Nazaret: “tuve sed y me disteis de beber”.

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Domingo, 27 de mayo

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