Sentirse alguien
09.04.07 @ 18:44:25. Archivado en Sobre la autora
Poder despilfarrar cuatro días es todo un lujo del que he disfrutado con deleite y cierta avaricia durante el pasado puente de Semana Santa. En mi caso, esos cuatro días se han pasado tumbada en el sofá viendo DVDs de los noventa (que son los que ahora están de oferta en el vídeo-club), haciendo una ruta turística deliciosa y totalmente improvisada por Cantabria y preparando los pormenores de un concierto privado que tengo que dar dentro de dos semanas (una servidora es soprano-coloratura).
Otra manera de despilfarrar el tiempo que también he puesto en práctica en estos días ha sido ojear un Hola-Alta Costura del verano pasado que me han prestado. Por cierto, revisando estas líneas comprendo por qué me siento tan decimonónica. Todas mis fuentes (revistas, películas...) están caducas.
La revista trae modelos maravillosos, estampas sofisticadas y lujosas en entornos imposibles y textos muy fáciles de digerir. Leo entrevistas con Eugenia Silva, Nieves Álvarez, Donatella Versace. Hablan de lo que se siente al llevar, tocar, entrar en contacto con un modelo de alta costura. Se trata de piezas exquisitas, únicas en el mundo, que te hacen sentir especial, diferente a las demás. Cuando una lleva una prenda de alta costura, disfruta del pensamiento de saberse la única mujer que porta ese vestido en todo el mundo, dice Nieves Álvarez.
Se trata de la ilusión de sentirse única, de hacer mella en los demás. Una ilusión que mueve muchos millones al año. Un placer que se paga muy caro. Porque no se trata sólo del deseo, más elemental, de sentirse atractiva. Se trata de un anhelo de exclusividad, de posesión, de que nadie más posea aquello que me hace feliz a mí. De adjudicarse en exclusiva el rol de princesa en la fiesta, aunque para ello el mundo acabe plagado de cenicientas con calabazas que nunca se convertirán en carrozas.
Y mientras tratamos de acumular objetos que nadie más pueda tener jamás, permitimos que se evapore poco a poco aquello que nos permite hacer que los demás se sientan mejor, que se sientan alguien. Algo que no es barato ni caro porque ni se compra ni se vende: la educación.
Recuerdo un artículo del genial Arturo Pérez Reverte que hablaba de cierta cajera sudamericana. Contaba Pérez Reverte cómo le había cautivado la exquisita educación de la joven (que, en vez de pedir al cliente que firmara, le decía: “¿me regala una firma?”). Sin embargo, con el paso de los meses, la joven había terminado contagiada por los desconsiderados modales de las personas con las que se trataba en Madrid.
Sé de lo que habla Pérez Reverte porque la cortesía de la gente fue una de las cosas que más me sedujeron de Argentina. Allende los mares, uno se da cuenta de la importancia de valores tradicionales, que hoy día parecen pasados de moda (¿ven cómo mis fuentes son caducas?). Valores como la consideración por los sentimientos del otro, que allí se manifiesta en esa cortesía que a veces supone un verdadero redescubrimiento de los intercambios cotidianos.
Parece un tópico, pero qué importante es decir buenos días no como una cantilena maquinal, sino mirando al otro a los ojos y deseándole realmente que tenga un buen día. Qué importante es dar las gracias, sonreír, tomarse un momento para tratar de recordar que el interlocutor es una persona y no un mero instrumento para proporcionarnos lo que necesitamos en ese momento.
Según un relato hindú, el infierno es un lugar con una inmensa cacerola llena de un delicioso arroz donde todos mueren de inanición porque los palillos que tienen son demasiado largos y no pueden servirse de ellos para comer el arroz. Y el cielo es un lugar con una inmensa cacerola llena de un delicioso arroz donde todos comen opíparamente porque se dan el arroz los unos a los otros con esos palillos demasiado largos para que los egoístas del infierno sacien su propia hambre.
Y la gentileza de corazón son como esos palillos con los que podemos nutrir a los otros de consideración y de respeto, valores que pueden ser la antesala del amor.
Quizás la mejor manera de llegar al paraíso no sea luchar desesperadamente por ser alguien, sino conseguir que otras personas se sientan alguien.
Comentarios:
Un ángel vino hace mucho tiempo por aquí, ese mismo ángel, hoy habla de Fromm en otro sitio lejano, donde yo le leí, imposible ya el diálogo, roto por los dos, que nos hemos destrozado mutuamente. Nada sabía yo de éste sitio, pero como está ya claro he venido a caer donde él va, se lo dije un día, somos almas gemelas. Y mal que le pese, Dios nos quiere juntar. Mi alma es inmortal, y mi alma será a su lado, o no será. Reniego de ella si no podré verle más.
Quisiera, si el tiempo y sus obligaciones se lo permiten, recomendarle un libro excelente de un psicoanalista, Erich Fromm, que se llama "¿Tener o Ser?" del Fondo de Cultura Económica, que refleja los interrogantes que Ud plantea, y que desde luego son los primordiales, para humanizarnos y dejar de funcionar al estilo de los tiempos primordiales de las cavernas.-Creo que los antropólogos no nominan como hominización.-
Afectos y agradecimiento para Ud que siempre nos muestra sus sentimientos en cada uno de los artículos que escribe.-
Salu2
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María Arozamena
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