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Iguazú: el agua salta al abismo

Permalink 14.11.06 @ 09:45:53. Archivado en Sobre la autora

Así pues, recorrí Buenos Aires. En el barrio de San Telmo, paseé por un lugar llamado el Patio del Tiempo. Almorcé a la sombra de un ombú gigantesco que se retorcía como las estatuas helenísticas. Oí la historia de la joven que fue enterrada viva en el cementerio de Recoleta. Visité la primera planta del Museo de Bellas Artes (cuadros europeos; galerías llenas a rebosar de gente) y la segunda (historia del arte argentino; silencio y salas vacías). Presencié una manifestación de ahorristas argentinos en la céntrica calle Florida. Aprendí lo que era una planta epifita en la Casa Rosada.

Y después fui a Iguazú.

En el corazón de la selva, entre Argentina y Brasil, se ha construido un aeropuerto prácticamente en medio de la nada, sólo para los turistas que visitan las cataratas. Vista desde el avión, la única pista de ese aeropuerto parece de juguete.

Al aterrizar en Iguazú, la naturaleza se manifiesta con una energía inusitada. La vegetación es densa, exuberante, esmeralda. La tierra es de un color indefinible: marrón-rojizo-anaranjado. Se la intuye fértil, rica en minerales.

Todo es grandioso en la zona de las grandes cataratas. Incluso cuando el cielo aparece encapotado, las nubes componen bosques de copas grisáceas y frondosas en lo alto.

Lo que conocemos como Cataratas de Iguazú son un conjunto de saltos de agua situados en la confluencia de los ríos Iguazú y Paraná. El corpulento río se fragmenta en infinidad de brazos al topar con los muchos islotes y escollos que se hallan diseminados en sus aguas. Cada uno de esos brazos, al llegar a la falla, cae en un vertiginoso salto al vacío. Así pues, hay numerosos saltos, cascadas y cataratas. De ellos, el más espectacular responde al sugerente nombre de Garganta del Diablo.

Allí el agua salta al abismo con la violencia de un fantasma rabioso. Primero es una cortina de cristal. Después, a medida que cae, parece solidificarse, convertirse en una especie de magma rocoso, o en ágata líquida, para, mucho más tarde, desvanecerse en gas y espuma, cuando ya está a punto de llegar al fondo del precipicio.

Ver caer esa copiosa masa de agua tiene no sé qué de hipnótico. Quién las contempla siente un vértigo en el estómago y forzosamente permanece en silencio durante un buen rato.

-Las cataratas desatan los impulsos suicidas –murmuraba una turista-. Uno tiene ganas de estar ahí dentro, de formar parte de todo eso.

Y lo decía acodada en la baranda, sin quitar los ojos del torrente que se precipitaba hacia el vacío con energía propia y con tanta fuerza como si tuviera una intención, como si quisiera ir a algún lugar.

Los pájaros deben de sentir ese impulso suicida, porque se lanzan hacia el interior de la catarata con rabia de endemoniado.

Sorprende la cantidad de mariposas que aparecen por todas partes, de vuelo atolondrado e impredecible. Las hay enormes, que cuando están en el aire, parecen alas-delta. Algunas son presumidas y extravagantes; otras prefieren la sobriedad. Hay mariposas de limón y mariposas de aguardiente. Mirándolas, uno se da cuenta de que siempre acabamos pareciéndonos a aquello a lo que amamos.

Un paseo por el parque de las cataratas ofrece variadas perspectivas de esos saltos de agua salvaje. Pero además, nos permite observar los variados accidentes de la naturaleza, tan originales, tan caprichosos, que resulta difícil sustraerse a la tentación de personificarlos, de atribuirles una vida propia. El rico folklore indígena se alimenta, sin duda, de esa naturaleza fecunda. Se ven piedras de formas chocantes, que parecen cabezas. Un tronco que sobresale del agua puede recordarnos el espinazo de un dragón. Una telaraña entre árboles, contemplada a contraluz, hace pensar en un misterioso instrumento musical. Bajo la acometida de la lluvia, la superficie de las aguas adopta la apariencia de una piel escamosa. Así, también el río parece cobrar vida propia, convirtiéndose en una enorme serpiente pardusca.


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Comentarios:
Vaya paisaje más fantástico nos pintas. Por aquí hay una zona conocida como el Río Algar donde vi unas cataratas que parecían cortinas de cristal.
Enlace permanente Comentario por deJota 22.08.07 @ 12:03

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