Revisitando cuadros que no me gustaban en el Museo de Bellas Artes porteño
01.10.06 @ 16:16:01. Archivado en Sobre la autora
El último día en Argentina lo destiné a volver.
Volví al Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, a copiar una cita que pertenece a una coleccionista de arte argentina llamada Mercedes Santamarina. La cita es un poco caótica, pero vuelve recurrentemente a la memoria cuando una cree haberla olvidado. Dice así:
“A fuerza de ver, uno aprende solo, el gran bahut Luis XVI es una lección de arquitectura. Hay una línea que se descubre, que no se puede confundir, lo mismo que la mesa china de laca negra, se apoya como un felino. Esa lección de arte, ese esfuerzo selectivo del ojo también lo lleva a la apreciación casi inmediata y sin vacilación de las cosas del mundo, de las ciudades, de la gente.”
Contemplé de nuevo algunos cuadros. No quise desvelar a la melancolía volviendo a las secciones que más me habían gustado; más bien deambulé por las que menos emociones me habían suscitado. Me costaba concentrarme en lo que tenía ante mis ojos; ya empezaba a sentir extrañeza y nostalgia por un país que aún no había abandonado. Visité la zona destinada al arte argentino contemporáneo, en la planta superior. Paseé, al principio sin prestar mucha atención a los cuadros. Después empecé a escuchar las explicaciones de una guía.
-Miren ese cuadro. ¿Les gusta?
Algunas personas asentían, otras sacudían la cabeza. Por cierto, el grupo estaba formado íntegramente por mujeres. Eran argentinas. Había visto más grupos de mujeres argentinas visitando museos. En cambio, la mayor parte de los hombres que se encuentran en los museos dan sensación de ser extranjeros. Debe de ser un fenómeno universal; cuántas veces me he fijado en la cantidad de mujeres solas que van a las exposiciones en España, mientras que los hombres van siempre en pareja o en familia; nunca solos.
Volviendo al cuadro, a mí no me gustaba. Firmado por Carlos Alonso, parecía hecho con desgana: era un viejo tripudo, calvo, con una mueca áspera, un buda dibujado aparentemente con escasa sutileza. La presencia del trazo era tan obvia y el color estaba aplicado de manera tan compacta que el cuadro daba una sensación opresiva: le faltaba luz y también textura. Pero a medida que la guía suministraba información sobre las intenciones del artista, noté que el lienzo empezaba a engancharme.
El viejo del cuadro –nos explicó la guía- no era sino el maestro de pintura del artista, un hombre que en su juventud debió cosechar una cierta fama como pintor, hasta el punto de que en una sala anterior del Museo hay expuesto un cuadro suyo, un extraño retrato de una mujer y un niño con ojos monstruosamente grandes, que dan a ambos una apariencia de dulzura tan exacerbada que sobresalta, como si en vez de ser una madre y un hijo fueran dos alienígenas.
Sin embargo, cuando este pintor de seres con ojos desproporcionados llegó a viejo, su situación económica era muy precaria, bordeando la indigencia. Además, estaba muy enfermo. Su discípulo lo pinta decrépito y ya muy estropeado: una de sus piernas termina en un muñón porque se la tuvieron que amputar. El cuadro destila una suerte de amargura impregnada de rabia. Se ve que al artista le duele el corazón de ver que el maestro termina sus días abandonado, sin recursos y casi olvidado por la sociedad. De ahí que la fealdad del cuadro sea deliberada; algunos detalles, como por ejemplo, la silla en la que se sienta el maestro, o el fondo del cuadro, ni siquiera están acabados. El artista tan sólo esboza las patas de esa silla en un trazo iracundo. Es un cuadro hecho con las vísceras, un cuadro que se recuerda amarillo (aunque no lo sea).
La fealdad repele de inmediato. Sin embargo, cuando se conoce su historia y sus circunstancias, a veces puede conquistar con una rotundidad muy similar a la de la belleza.
P.D. Aquellos que deseen ver el cuadro por sí mismos, pueden hacerlo en la página web del Museo Nacional de Bellas Artes bonaerense.
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María Arozamena
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