El túnel del Cristo Redentor
27.09.06 @ 20:55:44. Archivado en Sobre la autora
El otro día, en una papelería de la Diagonal, regalaban postales de Barcelona. Habían colocado a la puerta del negocio una mesita en la que había varias pilas de tarjetas, junto con un cartel bien visible que invitaba a los viandantes a coger de la pila, y avisaba: “Sólo se pueden llevar dos postales por persona”.
No suelo escribir postales y en la ciudad de Barcelona no se me puede inscribir dentro de la categoría de turista, pero resulta difícil rechazar lo que nos regalan, de modo que elegí dos postales y entré en la tienda, donde un caballero de cincuenta y tantos años leía sentado en una silla baja, ante varias pilas de libros entre los que pude distinguir un volumen de Elizabeth Kübler-Ross.
Le compré un archivador y, como sucede a veces, brotó una conversación espontánea. Hablamos de la gente que se llevaba tarjetas. El hombre explicaba:
-Hay quien se agarra seis postales. Como uno que me vino ayer. Le dije que no podía llevar más que dos por persona y me respondió: “no, pero yo llevo dos para mí, dos para mi mujer y dos para mi vecino”. Hasta en lo que se da gratis se percibe la codicia humana. Estoy leyendo La catedral del mar y lo refleja muy bien.
Por la dulzura de su acento y su tendencia a contemporizar, pensé que quizá fuera argentino.
-No, yo soy chileno –respondió.
Entonces le hablé de mi viaje a Argentina. Le expliqué que técnicamente también había estado en Chile. Fue durante una excursión que hice a los Andes, saliendo de Mendoza. De ella recuerdo la increíble luz rosada del amanecer en las montañas y campos de Mendoza. Las montañas formadas por estratos de roca de muchos colores. Las caprichosas formas de la sierra, que esculpe contra el cielo tortugas, murciélagos o monturas de roca, y también, en determinados puntos de la montaña, moldean una momia y un travesti (como cabe imaginar, este último antojo de la piedra es particularmente celebrada por los turistas).
También recuerdo un cementerio en la zona del Aconcagua. Los escaladores que llegan de todos los países del mundo con el propósito de escalar el pico han de decidir si, en el caso de que perecieran en el intento, desearían ser enterrados en ese camposanto andino o si, por el contrario, preferirían que sus restos fueran repatriados a su lugar de origen. Ese trámite confiere a la escalada un evidente dramatismo, similar al del torero. El propio Aconcagua, visto de lejos, engaña: parece un pico corriente. Pero crece y parece cobrar vida cuando se lo contempla a través de prismáticos.
Recuerdo, además, un vertiginoso ascenso por una carretera cuesta arriba estrecha, zigzagueante y no apta para estómagos sensibles ni para aquellos que sufren de vértigo, al final de la cual se llegaba a la cumbre del Cristo Redentor, en la frontera entre Argentina y Chile. Técnicamente, “estuve” en Chile, ya que pisé suelo chileno y me acerqué caminando al lugar en el que ondeaba la bandera de ese país.
Así se lo conté al chileno que me vendió el archivador en la papelería barcelonesa. Pero él me desconcertó con una pregunta:
-¿Estuviste en el Cristo Redentor por arriba o por abajo?
Me apresuré a explicar que no había hecho el viaje en helicóptero, sino en autobús. Pero él no se refería a eso.
-Debajo de la montaña hay un túnel que une Argentina con Chile. El túnel mide treinta y tantos kilómetros. Yo hice ese recorrido a pie, a una temperatura de varios grados bajo cero. Huyendo de Pinochet.
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QUE MUCHOS ARGENTINOS CON OPORTUNIDAD DE VIAJAR SE ANIMEN A REALIZAR ESTE TRAZADO DE RUTA. ES INCOMPARABLE EL PAISAJE Y ESTA OBRA, EN MEDIO DE LOS ANDES.
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María Arozamena
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