Mendicidad en el entorno urbano
18.09.06 @ 18:57:31. Archivado en Sobre la autora
El mendigo aborda por la calle a la gente directamente. A veces ofrece servicio; a veces sencillamente pide dinero, con conversaciones como:
-¿Le lavo el auto?
-No, gracias.
-¿Me da algo para los chicos?
Hay niños que mendigan solos con desenvoltura. Fui testigo de cómo un niño de unos diez años entraba en un restaurante y depositaba en cada mesa una tarjetita; después se pasaba a ver si se le daba dinero; en caso contrario, recogía la tarjeta. Era un niño serio, de rostro reconcentrado, como si hubiera crecido antes de tiempo. Un señor medio borracho se entretenía ofreciéndole una especie de cromos. El niño le veía meterse la mano en el bolsillo y esperaba en silencio. Pero rechazaba los cromos; quería dinero. Al final, el borracho le dio algo y la camarera le dijo que se sentara en una mesa y le puso delante un bol de plástico con sopa. El niño comió la sopa despacio, sin aspavientos y después se fue con sus tarjetitas y sus monedas. Esa escena (u otras parecidas) se repite con demasiada frecuencia.
En cualquier entorno urbano en el que uno esté sentado (un restaurante, un bar, el metro, el autobús...) hay vendedores. La estrategia de venta es similar en todas partes: te ponen algo en el regazo o en la mesa y al cabo de un rato pasan para recogerlo o recibir su precio. He visto vender así chucherías, bombones, calcetines, agendas digitales, libros y hasta libelos de poesía propia. En ese último caso, eran los propios escritores quienes trataban de difundir así su obra. En la Feria del Libro de Buenos Aires, entre los expositores de las principales editoriales españolas y argentinas, una señora de apariencia frágil entregaba sus libros de poesía a quienes estábamos sentados en la cafetería. Al pasar, la supuesta poetisa exclamaba a quien quisiera oírla:
-¡Son poemas muy buenos!
También hay quien pide por carteles. En la ventana de un vagón del metro de Buenos Aires alguien había pegado un folio con un mensaje un tanto peregrino; a saber:
“Se pide la ayuda para el pastor Alberto Casas, que padece una enfermedad cardiaca que le impide en este momento trabajar. A todos aquellos que quieran ayudar a este pobre hombre de corazón, pueden colaborar con lo poco que sea a la cuenta tal, banco tal. Que Dios los bendiga.”
Guardo en la retina una imagen que condensa el estado de la cuestión. En las inmediaciones de la estación de autobuses de la ciudad de Mendoza hay un árbol. A las cinco de la tarde de un día de mayo, estaba lleno de bolsas y chaquetas. Era una estampa misteriosa, casi artística; hacía pensar en una instalación conceptual, una alegoría de algo. Pero uno miraba hacia la carretera y comprendía. Los jóvenes de ambos sexos que estaban junto a la calzada, esperando que el semáforo se pusiera en rojo para pedir dinero a los conductores u ofrecerles un lavado rápido de limpiaparabrisas, habían utilizado el árbol como perchero.
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María Arozamena
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