Religión, creencias y poder personal
05.09.06 @ 21:40:51. Archivado en Sobre la autora
Los argentinos guardan menos las distancias. También con su Dios. Sus misas son vividas, vibrantes. No tienen, por ejemplo, ningún reparo en extender los brazos con las palmas hacia fuera mientras el sacerdote pasa el Custodio por la iglesia. Ellos quieren, es más, necesitan tocar las reliquias sagradas. En ese sentido, sus muestras de amor son sobrecogedoras.
Presencié cómo hacían cola para adorar cierta virgen muy venerada que estaba en el interior de una urna de cristal. Cada persona, al llegarle el turno de presentarse ante la virgen, apoyaba sus manos en la urna con emoción genuina, como si al otro lado del cristal hubiera una presencia relevante. Cada cual pasaba unos instantes en silencio, en un acto íntimo de adoración, y después se daba la vuelta. Yo estaba muy atenta a los rostros de las personas cuando se giraban: la gente salía demudada. A mí lo que me emocionó es el evidente amor con el que la gente llegaba a tocar el cristal tras el cual se encontraba la imagen. Vi al menos a tres personas que atravesaban la iglesia de rodillas, probablemente cumpliendo una promesa o haciendo penitencia. Casi todas esas personas vestían prendas humildes.
En esa misma ceremonia, había un revuelo de fieles escribiendo papelitos a la entrada de la iglesia: estaban apuntando deseos, resoluciones o agradecimientos. Después, alguien puso todos esos papeles en una cesta, que fue llevada al altar durante el ofertorio para que el cura bendijera todos esos mensajes de fe. Me pusieron en la mano un papel por si deseaba escribir un deseo; decliné la oferta. Esas ceremonias íntimas solamente funcionan si uno cree en ellas.
Más tarde, sacaron a la Virgen en procesión por toda la iglesia. La gente prorrumpió en aplausos y también hubo gritos de “¡Viva María!”. Allá donde pasaba la virgen en su parihuela, se formaba un remolino de fieles. Todos querían tocarla con la mano. Rara vez me conmueven las procesiones, pero en esa ocasión me emocioné. Hubiera tenido que estar hecha de piedra para no hacerlo.
La religión se vive allí ade una manera mucho más desbordada, más visceral y más física que en España. Las iglesias están abarrotadas, y gran parte de los fieles son personas jóvenes: madres de familia, hombres con traje que acaban de salir del trabajo y van a comulgar. En uno de los muchos trayectos que hice en colectivo (en autobús), observé un detalle revelador. Había una mujer sentada a mi lado. Al pasar por una iglesia, se santiguó. Al cabo de un rato, bajó del autobús y otra mujer ocupó ese asiento contiguo al mío. Al pasar por una iglesia, esa segunda mujer también se santiguó. A juzgar por la cantidad de personas de todas las edades que llevan medallas o sortijas religiosas (más mujeres, pero también hombres), no creo que fuera una casualidad.
También me impresionó la proliferación de santerías.
Una santería es una tienda que vende una amplísima gama de productos de cultos, creencias y supersticiones de lo más variado: sahumerios (incienso), artículos de Feng Sui, tallas de la Virgen de Luján, velas budistas, jabones pegamujer (que no se sabe bien lo que son), fluidos del Gaucho Gil, libritos de los yoruba, conos de cristal con efigies de deidades egipcias en su interior, ángeles, elefantes, delfines, enanitos tipo Blancanieves, campanillas chinas de la buena suerte, planchas de cera de colores... en definitiva, todo tipo de objetos pequeños, de escaso valor, que proporcionan a quien los compra una cierta ilusión de poder controlar el propio destino.
La santería que visité en la ciudad de Mendoza ofrecía una nutrida amalgama de objetos relacionados con el culto de las principales religiones, creencias y supersticiones del orbe. Además, no daba abasto. Había que sacar número para ser atendido.
La conclusión es evidente: si esas gentes tuvieran más capacidad de decidir sobre sus propias vidas y de influir sobre su entorno, acabarían abandonando la costumbre de acumular baratijas. Pero en su situación real, dadas sus carencias económicas y culturales, se tienen que conformar con la ilusión de poder que les proporciona una humilde vela mágica.
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María Arozamena
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