Sentimientos a flor de piel
01.09.06 @ 15:26:42. Archivado en Sobre la autora
Otra característica de los argentinos es su enorme sensibilidad, su apreciación instintiva de la belleza. No sólo discriminan perfectamente lo hermoso, sino que además lo verbalizan sin ambages. “¡Qué hermoso!”, “¡Es lindo!” son frases muy oídas en los museos y, además, se dicen con mucho sentimiento. Un argentino me decía que cuando visitó el Acueducto de Segovia, le temblaban las piernas de pensar que aquello llevaba más de dos mil años en pie.
Esa hipersensibilidad se manifiesta en micromundos de una belleza insólita, creados en el núcleo de la cotidianidad. Por ejemplo, e insospechadamente, en el interior de los autobuses porteños. En la parte frontal superior de muchos de ellos hay colocados unos sorprendentes espejo labrado que hacen pensar en las filigranas que se ven a veces en los tiovivos, o calesitas, como las llaman los argentinos, no sin nostalgia, porque en Buenos Aires las calesitas son una especie de mobiliario urbano en vías de extinción.
Esa hipersensibilidad es la razón por la que no les gustan los toros (la razón por la que aborrecen el marisco aún no he sido capaz de descubrirla).
Los ancestros italianos se hacen sentir muy a menudo: en la musicalidad de su entonación, en el abundante movimiento de manos con el que acompañan su conversación torrencial, incluso en el tipo de gestos a los que recurren. Pero su calidez, su extrema predisposición al contacto humano, son rasgos autóctonos.
El argentino también es extremadamente comunicativo y muy franco a la hora de expresar sus emociones. Es como si llevara los sentimientos a flor de piel. No trata de ocultarlos, como se suele hacer en Europa, sino que acepta con naturalidad esos momentos cuajados de sentimiento, en los que a duras penas puede contener la lágrima. Para el europeo, esa desinhibición emocional resulta fascinante. A menudo he visto argentinos con los ojos muy brillantes, incluso enjugándose las lágrimas, cuando hablaban de los niños que piden por las calles de su país, de la gente que sufre de mal de amores. “Me pone mal”, dicen, y no tratan de esconder la emoción. Tampoco se disculpan, como estamos empezando a hacer nosotros, bajo la influencia (como en tantas otras cosas) de la costumbres anglosajonas, propagadas ad infinitum a través del cine americano.
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María Arozamena
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