Más sobre el piolismo
21.08.06 @ 19:30:45. Archivado en Sobre la autora
El piolismo tiene aplicaciones insospechadas.Pondré otro ejemplo de piolismo aplicado a la vida cotidiana.
El escenario: cataratas de Iguazú, segundo día. Durante la primera jornada de excursión por el parque de las cataratas había caído una lluvia torrencial, que me había empapado hasta los huesos, calando el vaquero y las botas, que habían terminado con todos y cada uno de sus átomos anegados en agua. Para el vaquero tenía repuesto; para las botas no. Y al día siguiente, seguían empapadas. Yo no había previsto la situación y el único calzado de repuesto con que contaba eran unas zapatillas con las que bajé a desayunar. Comenté la situación con una amiga. Tendría que comprarme unas ojotas (unas chanclas) en la tienda del hotel, donde, como suele suceder, todo es el doble de caro. Pero no quedaba más remedio. Mi amiga argentina se me quedó mirando los pies y dijo:
-Pero no tenés que comprar calzado. ¿No podés llevar esas pantuflas?
No, no podía llevar esas pantuflas porque vivimos inmersos en nuestros esquemas mentales y los míos no contemplaban la posibilidad de salir en zapatillas a la calle; al menos, no hasta que tuviera noventa años y una indiferencia absoluta acerca de mi aspecto físico. Pero en ese momento revisé mi opinión y decidí que probablemente el planeta seguiría girando en su órbita aunque yo saliera a la calle con zapatillas un día. Por tanto, no compré las ojotas en la tienda del hotel (¿ven lo que quería decir respecto a la implantación de las multinacionales en Argentina?).
En lo referente a la gestión turística de su país, los argentinos también son bastante piolas, y aunque en ocasiones eviten restaurar edificios y monumentos, por otro lado organizan unas visitas guiadas excelentes y muy imaginativas. Entre las más ocurrentes se encuentran las visitas guiadas temáticas que se realizan en el cementerio bonaerense de la Recoleta. Su responsable es un locutor de radio argentino que ofrece circuitos por el camposanto que responden a títulos como “Historias de amor y muerte en Recoleta” o “Historias de muertes violentas y asesinatos en nuestro cementerio.”
Los argentinos también son piolas en lo tocante a la restauración. En comparación con cualquier ciudad española, Buenos Aires tiene muy pocas cafeterías. De hecho, las cafeterías son unos lugares bastante chic que aparecen en el centro neurálgico de la ciudad, en muchos casos asociadas al turismo o a las elites bonaerenses. En cambio, proliferan por Buenos Aires (y por todas las ciudades del país) unos establecimientos llamados kioscos o maxikioscos, que venden bebidas, un amplio surtido de golosinas, en algunos casos billetes de autobús y varios tipos de tentempiés y bocadillos (de pan de miga, que se parecen al sándwich tradicional, pero más largos; de forma rectangular; “tortugas”, que están hechos con bollos redondos con apariencia de ese animal, “tartas” de verdura, de carne, de jamón y queso, etc., y las famosas y exquisitas empanadas).
El argentino compra su comida y la consume en su casa, en la oficina, en la calle, o donde más le convenga, sin ningún tipo de reparo o menoscabo de su dignidad personal. Eso me hizo recordar que en España ha surgido en los últimos años una modalidad de ostentación asociada al hecho de comer fuera de casa: se presume de haber estado en tal o cual restaurante casi tanto como de haber visitado un país extranjero y durante la semana, muchas personas comen diariamente en restaurantes porque llevarse la comida de casa les produciría una reacción alérgica. ¡Por favor! Ellos se lo pueden permitir, tienen dinero suficiente como para comer fuera de casa.
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María Arozamena
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