El Museo de Artes Decorativas de Buenos Aires
13.08.06 @ 17:02:37. Archivado en Sobre la autora
En Buenos Aires, la presencia europea se hace sentir de manera constante.
No sólo entre los más humildes. Europa es el referente al que la clase hegemónica recurre para legitimar su poder. Así puede apreciarse en la visita al Museo de Arte Decorativo de la ciudad, ubicado en una mansión suntuosa, de reminiscencias versallescas, construida en 1917 para la familia Errázuriz-Alvear, que era una de las más poderosas e influyentes del país, y que bien merece que desgranemos aquí su historia.
Matías Errázuriz era un diplomático chileno que contrajo matrimonio con Josefina de Alvear a finales del siglo XIX. Concibieron dos hijos. En 1906 don Matías fue destinado a Francia, de modo que se trasladó con su familia a París, ciudad donde residieron todos hasta 1917. Durante esos más de diez años, la familia alternó con grandes personalidades de su tiempo; entablando amistad con artistas célebres de la sociedad francesa (por ejemplo, con Rodin).
Además, el matrimonio empezó a pensar en construirse una casa en Buenos Aires y se puso en contacto con lo más granado de los arquitectos y decoradores franceses para que diseñaran los planos de su casa. Los Errázuriz-Alvear no escatimaron gastos: llevaron a Buenos Aires las mejores materias primas de Europa. El resultado es fastuoso, en primer lugar, por lo lujoso; en segundo, por la osada mezcla de estilos.
El salón principal es una estancia de proporciones inmensas, que hacen pensar en un templo o en un castillo, con grandes ventanales neogóticos, al estilo Tudor inglés. El comedor es una lujosísima instancia de barroco francés, con paredes recubiertas de mármoles e intercalada de diversos bibelots orientales, entre ellos, un espléndido biombo chino. El salón de baile es rococó. No le falta de nada; hasta puertas falsas tiene para mantener en la estancia una apariencia total de simetría.
Obviamente, para el visitante actual, recorrer la casona es como hacer un viaje en el tiempo. En 1920 también debía de serlo: por entonces, en Europa las clases pudientes pedían estructuras modernistas y Art Déco para sus residencias. La familia Erráruriz-Alvear había tenido la oportunidad de ver lo que se estaba haciendo en Europa, pero no le importó habitar una casa que fuera un monumento al anacronismo, un canto a lo regio y a lo caduco. Tampoco fueron los únicos: en la zona donde se erige la casona, el Norte de Buenos Aires, abundan las mansiones de estilo francés, financiadas, en su mayoría, por fortunas procedentes de la industria cárnica, uno de los principales motores de la economía del país.
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María Arozamena
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