La Boca: un esbozo trazado con melancolía
10.08.06 @ 18:02:58. Archivado en Sobre la autora
A finales del siglo diecinueve, los habitantes de La Boca vivían de cara al puerto, al puerto feo, con sus inmensas grúas de hierro que parecen insectos gigantescos, desagradables e inmóviles.
Desde los ventanucos de los conventillos se ve el agua negra, estancada, del puerto. Se sabe (aunque no se vea) que más allá está el agua limpia del río y mucho más lejos el agua limpia, interminable, del océano, y a muchos miles de kilómetros, está España, o Italia, y los padres, vivos o muertos, y la novia acaso. Pero aquí, en La Boca, siempre había una mujer cercana, asequible, dispuesta a bailar un tango con un extranjero. A esa mujer se entregaba el emigrante con un ímpetu como de emergencia, porque aquí todo era emergencia, el ahora apremiante, la vida que continúa, una estrella con todas sus puntas encendidas.
La vida del emigrante no es fácil. Evita hizo gala de una gran intuición política cuando pronunció una de sus frases más famosas, que precisamente leo por primera vez en un cartel aquí, en La Boca:
Donde hay una necesidad hay un derecho.
Hoy día, La Boca emociona porque deja intuir lo que fue la vida para aquellos inmigrantes europeos del siglo pasado. Lo peor es su condición de punto neurálgico del turismo, sobre todo del extranjero. Los antiguos conventillos se han convertido en galerías comerciales y tiendas de souvenirs. Al turista le abordan por la calle para entregarle folletos promocionales de todo tipo, para recomendarle un sitio para comer, un servicio de taxis, cualquier cosa. Por eso el turista acaba un poco mareado. Hay por doquier parejas ataviadas de negro bailando el tango para sacarse una changuita, un sobresueldo. Componen una estampa de nostalgia edulcorada y simplona. O quizás sea, sencillamente, que resultan demasiado artificiales porque los tenemos demasiado cerca y sus ropas raídas quedan demasiado expuestas, al igual que el maquillaje excesivo de las bailarinas bajo el sol implacable del mediodía porteño.
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María Arozamena
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