Buenos Aires
27.07.06 @ 18:49:09. Archivado en Viaje a Argentina
Buenos Aires es una ciudad hermosa, afín espiritualmente. Y muy lejana. Sobre todo en sus primeros tiempos, cuando los exploradores tardaban meses enteros en atravesar el océano. Cuatro meses, por ejemplo, duró la travesía de Pedro de Mendoza, el noble sevillano al que se atribuye la fundación de El Puerto de Nuestra Señora del Buen Ayre. Sucedía a principios de 1536.
Con el paso de los años y el desarrollo de la navegación, esa travesía se hizo cada vez más breve. Los inmigrantes europeos (principalmente italianos y españoles) que acudieron en oleadas a la ciudad entre 1880 y 1930 pasaban acaso un mes en el barco. Uno tiene que desear (o necesitar) mucho vivir en otro lugar para dejar un mes de vida en el viaje, abandonando su pasado a un mes de distancia del presente.
Que la ciudad de Buenos Aires pivota en torno al trauma de la distancia, al recuerdo de los que están ausentes (no por muertos, sino por lejanos) es algo que se percibe en seguida. En la arquitectura mixta de la ciudad. En la sutil mezcla de acentos que conforman la inconfundible tonada argentina. En la aplastante cantidad de argentinos, al reconocer a un español por su habla, con simpatía teñida de nostalgia: “Mi padre/madre/abuelo/abuela era gallego.”
El pariente en cuestión podía ser de Lugo, de Murcia o de Salamanca. A finales del siglo diecinueve y principios del veinte, fue tal la avalancha de gallegos que cruzaron el océano en busca de un porvenir mejor que para los argentinos, el término gallego ha terminado convirtiéndose en sinónimo de español.
No sólo los gallegos acudieron en masa a Argentina por entonces. Al parecer, de los treinta y ocho millones de habitantes que tiene el país, diez millones son tanos (italianos) o descendientes suyos.
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María Arozamena
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