Hacia la indiferencia y la destrucción
05.06.07 @ 16:33:31. Archivado en Sobre el autor
Once y media horas. Banco de la Nación Argentina, oficina ciudad de Mendoza. Acabo de sacar número para renovar mi plazo fijo. Me tocó el44 y van por el 27. A esperar. Un asiento vacío. Dos niños se suben arriba del mismo y aprovechan la parte acolchada del asiento para amortigüar la escalada de saltos que empiezan a dar. La oficina está llena. Hay mujeres relojeando ese asiento, a la espera de poder ocuparlo. Ya tiene una rajadura. Pasa un oficial de vigilancia y se detiene para no impedir una ronda de saltos. Le sigue un ejecutivo de ese banco. Sólo mira, un poquito preocupado. En este momento, la herida del asiento parece aumentase. En tanto, de todas las mujeres paradas, llegó la madre de un recién nacido, en sus brazos. Le dejé mi lugar. Iban por el 36. Faltaba mucho. Los chicos seguían. Nadie se atrevía de ponerles un límite. O peor: nadie se daba cuenta de que existen los límites , todavía.
Ignorancia y libertad
A la encargada de los plazos fijos le llevó más de media hora atender a la mamá y al papá de uno de los saltarines. "Eso pasa porque hay que explicarles todo", me dijo quien las atendió. En ese tiempo, el asiento quedó gris y roto. Pero nadie dijo nada. Si yo no me animé -le dije a quien me atendió-, "fue porque no tengo autoridad aquí adentro. Creo que si hay un oficial de seguridad, él puede hacerlo". Ella me miró en silencio, aunque sin palabras parecíamos coincidir en que de nada serviría, porque la mala fama que tienen hoy todo lo que tenga que ver la policía privada o pública -por la intensa campaña construida por organizaciones de derechos humanos-, hace que ante el menor llamado de atención hacia esos niños, la réplica sea semejante a la que hacen abogados de esas organizaciones en comisarías cuando hay casos de sospechas de gatillo fácil. Si bien lo que acabo de afirmar es un prejuicio, lo acompaña una sensación tan evidente que parece justificar el argumento expuesto.
La libertad y la falta de orden, por rechazar el conocimiento de los resultados de las reglas, configuran un escenario preocupante, en el que un niño con algo de educación, en un minuto puede echar por la borda todos los años de esfuerzo de educación de sus padres y escuelas. Porque todos tenemos tentaciones y si nos acostumbramos a justificar lo que nos autodestruye, terminamos cediendo.
El escenario
¿Puede ser que corregir esté mal visto en determinados lugares? Esta crónica, típico de un escenario público de un país latinoamericano, muestra que en los mismos existe un grave desequilibrio entre derechos y obligaciones. Prevalece lo primero y lo segundo se ausenta, bajo la excusa de que todos somos iguales ante la ley.
El fondo del problema consiste en que hoy, más que nunca, incomoda el solo hecho de pensar que siempre existieron y existirán cosas buenas y malas, por separado. Por esta razón, ya no preocupa la diferencia que hay entre el accionar correcto y el delito. La película del relativismo: el esfuerzo de la educación se fue a pique.
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Mario Guillermo Simonovich
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