Un buen amigo (valga la redundancia, porque un amigo es bueno por antonomasia) me comunica la muerte en Madrid de su madre, la alemana señora Renata.
Y con gran serenidad me agradece mucho que le aconsejara tiempo atrás un libro: "La rueda de la vida" de la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross.
-No sabes lo mucho que me ha ayudado para afrontar los últimos días de mi madre-me dice con firmeza.
Hace tiempo que creo en la función terapéutica de los libros. Pero no recibo cada día testimonios tan demoledores como éste.
Mi amigo entendió bien a las claras el mensaje de Kübler-Ross: el sentido de nuestro paso por el mundo terrenal y la importancia de saber dejarlo en paz con todos, que es la mejor manera de dejarlo en paz con uno mismo.
La señora Renata dejó el mundo de los vivos pero su legado es admirable: dos hijos bien educados, bien pertrechados para la vida, bien dotados de la lengua alemana que tantas puertas profesionales les ha abierto, un nietecito alegre que hizo sonreir a la moribunda hasta unas horas antes del óbito y la estimación en pleno de los miembros de las asociaciones culturales que la difunta frecuentaba.
Recuerdo a doña Renata (corpulenta y marcial) en el sofá de mi casa en Barcelona, descansando tras callejear por Barcelona y en un tris de coger el AVE en la estación de Sants.
La saludé por teléfono pocos días antes de su muerte. Ella se despedía de mí con una entereza admirable.
Yo la saludo desde aquí, donde quiera que esté.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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