Si hace unos 40 años años una vigilia de Reyes como hoy me hubieran puesto en persona ante mis ojos a Sus Majestades y al entonces presidente del FC Barcelona Agustín Montal, no sé ciertamente hacia quién de ellos hubiera dirigido más mis ojos.
Este mediodía he conocido a Agustín Montal de carne y hueso. Amablemente ha aceptado mi invitación para llenar con sus recuerdos el cuarto de hora dedicado a la entrevista en mi espacio radiofónico "Las Buenas Obras" que emite Ràdio Estel.
Llovía en la calle Comtes de Bell.lloh y el señor Montal ha descendido del vehículo tras animada despedida con un taxista verosímilmente culé.
Nada más entrar en la emisora ha concitado el interés de todos. Se le recuerda como a un hombre bondadoso.
Le he entrevistado a raíz de la aparición de sus memorias. Montal fue el hombre en cuyo mandato (1969-1977) se fichó a Johan Cruyff, un hecho que luego marcaría la trayectoria de las cuatro siguientes décadas azulgranas.
En la portada del libro Montal aparece con su inconfundible gabardina clara y en alegre conversación con un Cruyff jovial y desmelenado.
Ha sido una conversa amable. Este hombre desprende algo que en otro tiempo se daba en llamar "señorío". Una mezcla de elegancia y sensatez que se ha perdido de manera casi irremisible.
Me lo he pasado bien a su lado. Una vez más la experiencia me demuestra que el periodismo es una profesión privilegiada: con ella puedes acceder a los grandes protagonistas de la historia.
A micrófono cerrado, le he confesado al señor Montal que llegué a conocer a su difunta hija, Anna. Compartimos vuelo desde Los Angeles a Barcelona en 1977. Ambos fuimos a alojarnos en familias del país. Eramos jóvenes estudiantes.
Anna, la primogénita, era el vivo retrato de su padre. Era simpática y extravertida. Me propuso amablemente enseñarme los vestuarios de la primera plantilla del Barcelona y otros recovecos del estadio. Yo alucinaba. No tenía ningún compromiso para conmigo. Pero se notaba que quería agradar, ser servicial. Compartir.
No me reencontré con ella. Dos años más tarde leía en una columna de diario que murió en el turismo con que se despeñó cerca de Barcelona. Fue una tragedia que me impresionó mucho, a pesar de que apenas la llegué a conocer.
-Son desgracias de la vida y hay que aceptarlas. Era muy buena hija- me espeta Agustín Montal mientras recoge su paraguas.
Lamentaré harberle apenado. Pero hace ya más de 30 años que intuí que algún día revelaría al señor Montal que compartí vuelo con su hija.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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