Se llama Joan. Es mallorquín. Entre palmesano y natural de Maria de la Salut. Es el conserje dominical del Ateneu. He tardado tres décimas de segundo en percatarme de su origen.
A pesar de que su deje ya se adapta a su nueva ciudad de acogida, este joven empleado conserva el tesoro del origen linguïstico. Ese cuerpo de matices que guarda el cerebro de manera indeleble.
La mallorquinidad. Está presente en los lugares más imprevistos. Salta como una rana. Se percibe en esa manera de poner la lengua de manera entrecortada, muy pegada al paladar. En esas vocales neutras sui generis. En esa cantinela de idioma a caballo entre la caricia, el ruego y la evasiva.
Es uno de esos tesoros todavía no suficientemente catalogados.
Martes, 14 de febrero
Jaime Rodriguez
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Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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Periodista Digital
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