He conseguido llevar a mi madre a la peluquería, dejarse lavar, cortar y secar el cabello, tiznar de negro las canas amarillentas que la angustian, soportar el ruido de los secadores, las esperas, el olor de los tiznes y el trasiego de clientas.
Ha quedado francamente guapa -aunque ella no se lo crea- con un peinado moderno que corona un cráneo septuagenario con arrugas que reflejan el mucho dolor acumulado, las tensiones milenarias y un sempiterno empacho de emociones.
Pero a pesar de tantas heridas, he visto en su cráneo la belleza del legado: del cráneo de mi abuelo, del de mis bisabuelos, de los tatarabuelos, de los ancestros de éstos y de la familia Galán del siglo XVII y aún antes, de la Edad Media, la Antigua y aún más lejos.
Adán y Eva estaban tras ese cráneo milagrosamente vivo, empapado de agua caliente y de tinte negro en una peluquería de la calle Antonio María Claret. Llovía fuera a raudales mientras le secaban el cabello, negro y luctuoso, pero sobre un cráneo felizmente vivo.
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Acabo de leer esta reflexión sobre tu presente que consigue ver el pasado, ver sus orígenes y raíces de los antepasados y aferrarse a ellos en el amor a una madre que uno prevée que perderá y solo espera que en el mañana, los que nos precedan, sepan apreciar el valor de los que ya no están y que tanto han hecho para que ellos puedan seguir aquí. Somo todos parte de algo único que no se debe perder pues haría en vano el esfuerzo de los anteriores.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez