Proliferan escritos y memorias sobre Pasqual Maragall, ex alcalde de Barcelona (el de los Juegos de 1992) y ex presidente de la Generalitat.
Siempre recordaré el lema que le endosaron: "Pienso, luego molesto".
Apenas traté a Maragall como periodista. Tan sólo recuerdo un breve encuentro en el Parlamento Europeo en Estrasburgo. En una sala semivacía. Coincidimos unos pocos periodistas españoles con él y quisimos aprovechar la oportunidad.
No recuerdo qué le pregunté pero si la cara de pasmo que puso, como quien se acaba de levantar de la cama tras una noche sin pegar ojo. No le pillé en su mejor momento.
Cuanto sé de Maragall es vía terceras personas. No he conocido al personaje de carne y hueso.
Pero una de las cosas que me llaman la atención es esa sensación doliente que emana de no sentirse reconocido, suficientemente valorado por quienes en un cierto tiempo fueron los suyos.
¿Qué se ha hecho de sus correligionarios? Parece como si las transiciones y jubilaciones devoren a sus criaturas.
Yo - que desde este blog he dado cuentas muchas veces del ninguneo sistemático que he presenciado (para empezar, sobre mí misma persona) - me percato de que esto alcanza a personas que han tenido elevado rango o a seres que sencillamente han desafiado al pensamiento dominante.
Que la diferencia se paga.
Que honores y reconocimientos son flor de un día. Y que en cualquier caso no somos una sociedad sinceramente agradecida.
Que hay mucho ingrato con acceso a nuestra yugular, a nuestra entrepierna y a nuestra caja de caudales.
Y eso duele cuando te toca.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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