Venía a decir el llamativo estribillo de aquella canción del verano de mediados de los setenta (Fórmula V, creo):
-"Si tu amor cotizara en Bolsa, las acciones compraría yo"...
¿Se imaginan que amor, amistad, valentía, iniciativa, solidaridad, formación y otros valores intangibles cotizasen en el parquet?
Eso sí que sería economía real. Real y de la buena.
Con todo la llamada gestión de los intangibles continúa siendo una disciplina en mantillas. Se investigan maneras de dar precio a cosas que tienen un gran valor pero que no pasan -al menos de forma directa- por el mercado.
Los intangibles están por doquier. Son los que configuran un clima de trabajo, un buen o mal rollo dentro de una organización. Son semillas de futuro (donde ha emprendedores, por ejemplo, hay potencial de innovación).
Los intangibles atraviesan transversalmente las organizaciones. No figuran de momento en los balances (excepto aquel entrañable concepto mercantil llamado "fondo de comercio")pero su presencia o ausencia se nota en el día a día. Marcan la organización.
En negativo, se nota en aquellas organizaciones que piensan una cosa, dicen otra y practican una tercera.
O en aquellos equipos de dirección que soliviantan a las bases, se atrincheran en la opacidad y frenan el paso a cualquier subordinado con atisbos de talento.
No se puede entender una organización sin visualizar sus intangibles. No puede haber diagnóstico certero que no los contemple.
Si cotizaran en Bolsa, el valor de las empresas sería mucho más auténtico.
Y determinados desmanes internacionales, impensables.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez