Siempre advierto a mis alumnos de comunicación de uno de los mayores peligros de las relaciones públicas con los medios: toparte con los columnistas con ínfulas de salvapatrias, agriados por su mediocridad. Pura vanidad encendida y con el puñal barriobajero siempre escondido.
En cierta ocasión organicé en Barcelona la presentación de una ambiciosa enciclopedia de grandes autores. A la consabida rueda de prensa acudieron los representantes de los principales medios. Como es costumbre, se les obsequió con un libro de muestra. ¿A todos? A todos. Bueno, en realidad a todos menos a uno, ya que el ejemplar que tenía asignado se lo birló ladinamente el fotógrafo del diario al que (patéticamente) representaba.
Al día siguiente la reseña venenosa del acto fue de las que hacen estremecer los cimientos de cualquier empresa (en el caso que nos ocupa, una multinacional).
Trasfondo de la bofetada: ¿sano y combativo espíritu crítico? ¿Decepción por la calidad del producto?
No, mucho más sencillo: venganza por la vanidad herida del puticolumnista privado de su libro.
Y así se escribe la historia del periodismo. Con sus alcantarillas. Y, por supuesto, los pestilentes roedores que las pueblan.
Dan ganas de no leer el periódico.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez