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Un tal Jordi Pigem

Permalink 25.09.08 @ 21:04:26. Archivado en Experiencias

Casualidad de casualidades. O llamadlo como queráis: he conocido esta tarde al joven autor Jordi Pigem. Me lo he presentado Àlex Rovira, en la FNAC de Barcelona, en los minutos previos a la presentación de su último libro, "La buena vida".

Jordi ha realizado la tesis doctoral ni más ni menos que sobre...¡Raimon Pannikar!.

Buceo en Google y encuentro un interesante texto suyo sobre un tema que últimamente me interesa: el decrecimiento.

Es grato saber que hay personas que reparten su tiempo en temas tan interesantes.

Adjunto el texto de Jordi Pigem. Feliz lectura.

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Decrecimiento por Jordi Pigem| [fragmento]

En otras culturas, el propósito último de la existencia humana era honrar a Dios o a los dioses, o fluir en armonía con la naturaleza, o vivir libres de las ataduras que nos impiden ser felices, en paz con el mundo.

En nuestra sociedad, el propósito último es que crezca el producto interior bruto y que siga creciendo. Y en esta huida hacia delante se sacrifica todo lo demás, incluido el sentido de lo divino, el respeto por la naturaleza y la paz interior (y la exterior si hace falta petróleo.

La economía contemporánea es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud). (...)

Como Karl Polanyi explicó en La gran transformación, es cosa inaudita que toda una cultura esté sometida al imperio de lo económico, en vez de ser la economía, como lo fue en todos los lugares y épocas hasta no hace mucho, un área ceñida a consideraciones éticas, sociales y culturales.

Por arte de magia, hemos insertado la sociedad en la economía en vez de la economía en la sociedad. Aunque se cree por encima de todas las cosas, la economía global es sólo una filial de la biosfera, sin la cual no tendría ni aire ni agua ni vida. Una economía sana estaría reinsertada en la sociedad y en el medio ambiente, y cada actividad económica (incluido el transporte) tendría que responsabilizarse de sus costes sociales y ecológicos.

En semejante sociedad, sensata pero de momento utópica, los alimentos biológicos y locales serían más baratos que los de la agricultura industrial, que hoy contamina y se lava las manos.

El economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, inspirador del decrecimiento junto a pensadores como Ivan Illich y el recientemente fallecido Baudrillard, se dio ya cuenta de que “cada vez que tocamos el capital natural estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”. Una economía en paz con el mundo seguiría el principio de responsabilidad de Hans Jonas: “Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la tierra”.

Los pueblos indígenas que se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) sabían de sostenibilidad más que nosotros.

El decrecimiento, movimiento que en los últimos años está tomando fuerza en Francia (décroissance) e Italia (decrescita), más que un programa o un concepto es un eslogan para llamar la atención sobre cómo la economía hiperacelerada está arruinando el mundo, un timbrazo para despertarnos de la lógica fáustica del crecimiento por el crecimiento. El economista Serge Latouche, decano de la décroissance, señala sin embargo que “el decrecimiento por el decrecimiento sería absurdo”, y que sería más preciso (aunque menos elocuente) decir acrecimiento, tal como decimos ateo. Se trata de prescindir del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido.

En el portal de la casa de un vecino rezan estos versos: “Verge Santa del Roser, / feu que en aquesta casa / no hi hagi poc ni massa, / sols lo just per viure bé.”

Es parte de la sabiduría tradicional de muchas culturas constatar que la plenitud va ligada no al cuanto más mejor sino al justo medio. Ya el oráculo de Delfos advertía: “de nada demasiado”.

El confucianismo enseña que “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, y en el clásico libro taoísta de Lao Zi se lee que sólo “quien sabe contentarse es rico”.

La misma idea está presente en las palabras de un jefe indígena norteamericano (micmac) dirigidas a los colonos blancos: “aunque os parecemos miserables, nos consideramos más felices que vosotros, pues estamos satisfechos con lo que tenemos”. (...) Incluso uno de los padres de la american way of life, Benjamin Franklin, escribió: “El dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará... Cuanto más tienes, más quieres. En vez de llenar un vacío, lo crea”. (...)

La crisis ecológica es la expresión biosférica de una gran crisis cultural, una crisis derivada del modo en que percibimos nuestro lugar en el mundo. Buscamos el sentido de la vida en la acumulación, mientras el mar se vacía de peces y la tierra de fauna y flora silvestres.

Liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento por el crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos.

Un criterio para ello es abandonar la sed de riqueza material en favor de otras formas de plenitud. No se trata de ascetismo. Al fin y al cabo, la revista Décroissance lleva como subtítulo Le journal de la joie de vivre. No implica disminuir el nivel de vida sino concebirlo de otra manera.

Se trata, en la línea de iniciativas que van desde el slow food de Carlo Petrini a la simplicidad radical de Jim Merkel, de fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil.

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no entiendo porqué alinea pone ese comentario, me parece muy osado, o mejor dicho indecente por su parte lanzar esa acusación porque si, a las buenas, la lanza y allá va, intentando desprestigiar a un hombre sabio como es éste. Te diré que ahora estoy leyendo su maravilloso libro La odisea de occidente (recomiendo a todos)y me parece genial, certero, sabio y sobre todo inspirador. Pero claro esto es algo público y todo tipo de gente -incluyendo la que no está muy equilibrada-puede opinar
Enlace permanente Comentario por julia 01.12.08 @ 14:54
Muchas veces la actitud no se corresponde con lo que se predica... por desgracia. Y en el caso del señor Pigem, que está introducido en la estafa de las celulas de la abundancia, me resulta dificil asimilar las palabras del texto. Si, la economia es la primera religion del mundo. Y la suya tambien. Lo cual para mi ha sido una decepcion mas de las muchas que ya me han tocado vivir... y no será la última.
Enlace permanente Comentario por Alinea 04.10.08 @ 20:58

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