Vermuts, aperitivos. Siemore me han gustado. indefectiblemente con aceitunas rellenas de rica anchoa.
Modernamente me he pasado a la cerveza...y hoy con el añadido de calamares a la romana.
He compartido el vermut con mi mujer en la esquina de Tamarit con Urgel, un estratégico chanflán que ocupa el Bar Amigó.
Lanzo parabienes por la cerveza: una Moritz, muy fina, muy en su sitio.
Las almendras saladas eran manifiestamente recalentadas y no muy lejos de iniciar un vertigino deterioro hasta tornarse indefectiblemente rancias.
Los calamares tenían ese amarillo aparatoso que delata falta de finura gastronómica. Es la demostración palpable de un rebozado barroco, presuntuoso, en el fondo vergonzante, ya que incorpora colorante.
Craso defecto de muchas paellas. O como esas manzanas que te venden enceradas para hacerlas parecer más sabrosas a la vista. O esos panes de-pan-perados que acicalan con harina para que parezca lo que en realidad no es.
Educar el paladar es una tragedia. Porque cada vez se come peor y más caro.
La decadencia de Occidente tiene una de sus manifestaciones primigenias en esta falta de amor por la autenticidad de los sabores.
Y yo, que ya me siento viejo y desclasado, noto que estoy ante una partida perdida
Que los vermuts de ahora ya nunca serán como los de antes.
Que excepto en Andalucía -y cuatro sitios más- la gran fiesta del paladar se ha trocado en un sucedáneo de mal gusto.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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El Espacio del Dircom
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Periodista Digital
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