Soy un buen bebedor de cava. Es una bebida que me gusta y prodigo. La empecé a probar ya de niño, en los años sesenta, en algunos banquetes, a espaldas de los adultos. Ya en los años setenta, como corolario de las celebraciones familiares.
"Delapierre", "Rondel", "Codorniu" y "Freixenet" eran mis marcas en aquella época.
Pero en los años ochenta descubrí el "Gramona". Eso marcó un antes y un después.
El cava "Gramona" tiene para comenzar un color especialmente elegante. Huye del amarillo contundente no lejano al orín de los cavas baratos pero al mismo tiempo se le ve consistencia, alejado de la exagerada palidez de algunos cavas que no saben a nada.
Tengo al "Gramona" por un cava excelente. Por su color y su sabor, ligeramente afrutado. Nunca me ha sentado mal, cosa que no puedo decir de otros cavas.
Siento -debo decirlo- un gran respeto también por los cava "Recaredo". Y me gustan también algunos de la gama de los "Codorniu". Y podría citar también al cava "Torelló" y al ínclito "Juvé Camps".
Pero "Gramona" es el que me hace realmente feliz.
Mi difunta abuela, Nuria Puigdevall i Bosch, me explicaba que cuando trabajaba en la carbonería de Sant Adrià del Besòs, desayunaba bien temprano pan con butifarra y cava.
A buen seguro que el cava la redimía del frío de los inviernos, los horarios inmisericordes y las arduas tareas domésticas añadidas.
Siempre que bebo cava brindo mentalmente por mi abuela, allá donde esté. Y si puedo, lo hago con "Gramona".
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez