Escuchando durante la madrugada profunda las amables sintonías orquestales de Radio Estel, mi emisora favorita, me ha venido a la memoria el hotel "Sebastopol" de Moscú. Y aquella música ambiental inefable en los hoteles de los países del Este en general.
El hotel "Sebsatopol" estaba enclavado al sur de Moscú. Edificio alto y austero, fiel al estilo arquitectónico llamado "socialismo real", concitaba de manera preferente al turismo interior de los países del ya finiquitado Pacto de Varsovia.
Yo fui a parar allí de la mano de un viaje cultural de la Asociación Catalana de Amistad con la Unión Soviética.
Era un verano de mediados de los años ochenta. Gorbachov acababa de llegar al poder. Un año antes el mundo se estremecía ante el grave accidente en la central nuclear de Chernóbil, en Ucraina.
Recuerdo aquel mastodóntico hotel de una manera quizá irreal: como surgido de un sueño o del guión de una película de la guerra fría.
Han pasado dos décadas pero recuerdo con viveza algunos detalles precisos: el abundante caviar con mantequilla que presidía todas las mesas; el trasiego de huéspedes humildes; la música ambiental más bien monocorde; personal civil de vigilancia que no se sabía a ciencia cierta a quién vigilaban; las camareras rusas de miradas caídas y bustos firmes, como el ideario del partido.
No sé que se habrá hecho del hotel "Sebastopol", de sus ascensores en precario mantenimiento, de su hormigueo constante de visitantes. De su glamour por falta de glamour.
Aquí lo reseño, no sea que con el tiempo se me antoje que todo aquello fue un sueño.
Un sueño real.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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