Máxima apabullante que oí recientemente:
"En un submarino el primer error es el último".
Puedo entenderlo en situaciones extremas, como en casos de comunicación de crisis.
Pero en la vida cotidiana, ¿no nos dejamos embargar en exceso por un especie de "síndrome del submarino"?
También afirma el refrán "los errores se pagan".
Pero un contrarrefrán nos enseña que "a fuerza de errores aprendemos".
La tolerancia al error es mayor o menor según los entornos culturales.
En Estados Unidos, por ejemplo, no es motivo de desdoro haber iniciado un negocio una o dos veces y haber fracasado. Tales fracasos lucen en el currículum. En España, se ocultan.
En nuestras latitudes nos lo jugamos demasiado a una carta. El error no estigmatiza. Nos invalida para nuevos intentos.
Leí en cierta ocasión que una multinacional anglosajona pregunta a sus directivos a final de ejercicio sobre sus principales errores conmetidos. Declarar "ningún error" es la respuesta peor valorada.
Porque el que no arriesga, no gana. Y todo empresa debe basarse en una cierta dosis de emprendimiento, de intentar cosas.
Sin miedo compulsivo a no salir a flote, como un submarino irremisiblemene averiado.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez