"Aparta el caballo, que tengo que sacar mi coche".
Tal jocunda frase le espetó un obrero andaluz participante en un mitin a uno de los oradores emparentado con los terratenientes, en acto celebrado en el cinturón industrial de Barcelona.
Cita la anécdota Manuel Campo Vidal como ejemplo del efecto demoledor del sentido del humor, cuando es conciso y atinadamente expresivo. Aparece en el libro "¿Por qué los españoles comunicamos tan mal?".
Hace tiempo que reflexiono sobre la inclusión del sentido del humor en la oratoria. Estoy ciertamente de acuerdo en que es un arma de largo alcance, que dota al poseedor de una minución particularmente valiosa.
Sin embargo, que no nos salga el tiro por la culata. Errar a la hora de verter nuestro humor puede tener efectos funestos. Todas las audiencias son distintas. Conectar con ellas no es fácil. Equivocarse en la ocurrencia puede predeterminar el fracaso de nuestra intervención.
La experiencia me enseña que a fuerza de repetir anécdotas y latiguillos, uno acaba acumulando recursos de muy probable éxito. El problema reside en nuestra voluntad de querer innovar o improvisar más de la cuenta. Son esos momentos en que un orador debiera saber que se la juega.
Las diferencias culturales juegan un papel clave. Lo que hace gracia por unas latitudes, no hace gracia en otras. De manera que el humor de un orador deberá ser elástico, adaptativo y razonablemente prudente.
No voy a desvelar aquí cuáles son mis recursos favoritos. Sí puedo apuntar que en muchas ocasiones han dicho de mí que mi humor es...británico.
Me imagimo que eso significa que es un humor eminentemente intelectual, agazapado a veces en frases aparentemente formales y en que la ironía es su principal salsa.
Debo confesar que tengo también proclividad al humor negro, lo cual me da grandes resultados en las audiencias jóvenes pero reacción incierta entre los públicos maduros.
Así por ejemolo suelo relatar en mis seminarios para directores de hotel que un establecimiento refleja la vida en toda su crudeza: allí la gente ama, se pelea, se reconcilia, ríe, llora...y muere.
En cierta ocasión se nos murió un cliente en pleno comedor del hotel Riu Atlántico en Isla Canela (Ayamonte), tras servirse en el buffet. Ilustré a mi audiencia sobre la conveniencia de proceder recatadamente a cubrir el cadáver y a evitar a los demás clientes el siempre perturbador espectáculo de la muerte.
Para restar dramatismo a la explicación, siempre suelo apostillar:
-Ya es suficientemente engorroso tener un fiambre junto al fiambre.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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Periodista Digital
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