Esta mañana, en el bus 54. Ella rubia, delicada, de unos 27 años, con toque Catherine Deneuve. Inequívocamente francesa e inalcanzable. Al cuidado de un retoño de 4 ó 5 años. Le obliga a ceder el asiento a una persona mayor. Acento quizá parisino. Posiblemente una joven mamá francesa haciendo de institutriz de su propio hijo.
Y de repente me doy cuenta de que Francia ha desaparecido de mi mapa cultural y sentimental. Voilà
Yo me eduqué en la lengua francesa como las tres cuartas partes de mis compañeros de bachillerato. Casi el otro cuarto estudiaba inglés. Uno o dos compañeros residuales, alemán.
Prueba de la preeminencia del francés era que a la hora de clase de idioma los anglófonos abandonaban el aula e iban a otra, mientras que los francófonos permanecíamos.
A los 16 años tomé la sabia decisión de iniciarme en el inglés, de hacerlo de manera perentoria e intensiva en cinco años de elevada autoexigencia. Llegué muy lejos.
Pero mi mundo cultural previo era francés. Algunas lecturas de Daudet. Los poemas eran de Baudelaire y similares. Las chicas que me gustaban eran francesas. Y la sensualidad se expresaba en el idioma galo. También las canciones protesta. El cine, sobre todo de François Truffaut. Y así en todos los órdenes de la cultura.
Pero Francia ha desaparecido de mi vida. Y hasta esta mañana no me he dado cuenta cabal. Me ha invadido por ello un ataque de nostalgia. De añoranza de esa fonética afectada pero al mismo tiempo sugestiva. De esa antipatía tan incisiva pero al mismo tiempo envidiada, de vecino del piso de arriba.
Debo volver a Francia. Mi educación sentimental se fraguó allí. Alguna raíz debe de quedar.
Esta mañana he recuperado vestigios de ella en el autobús 54. Precisamente en la calle París.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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