Bendita la niñez, tiempo de experimentación y sorprendentes descubrimientos. Como la emisión de letales ultrasonidos con la boca semicerrada...
Con tanto esmero perfeccioné mi arma que alcancé una cierta maestría que sacaba de sus casillas a don Federico, nuestro maestro de cuarto de primaria en el Instituto Menéndez y Pelayo de Barcelona...
A eso de la una de la tarda, a falta de media hora para la gran pausa del mediodía, los cuarenta muchachitos enloquecíamos de cansancio, apetito y sopor.
Mi pequeña gran contribución al caos colectivo de aquella hora consistía en la emisión de mis poderosos ultrasonidos, cuya fuente era de difícil detección para el docente.
El sonido -envolvente y pérfido- noqueaba al profesor, quien visiblemente irritado arremetía genéricamente contra su autor sin saber que lo tenía apenas a tres metros.
Tamaña sensación de impunidad elevó el volumen y frecuencia de mi fechoría. Craso error. Un determinado día mi cogote sintió el impacto recio de toda una regla de madera. Era la represalia del maestro tras identificar que el cruel sonido provenía de mi angelical boca. Cualquier forense hubiera podido certificar la gran virulencia del impacto.
Mis emisiones cesaron cual emisora pirata precintada. Guardé desde entonces sabia compostura cual espía quemado cuyos pasos son sometidos a severa vigilancia.
Mi cogote guarda en su sensible memoria celular una permanente sensación de escozor derivada de aquel descomunal reglazo que puso fin a mis experimentaciones en el campo de las armas magistralmente destructivas.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez