El problema del sentido común catalán es que es menos común de lo que nos pensamos.
Para muestra, un botón azulgrana: el estilo tosco, desmesurado, exhibido recientemente por el presidente del club ante las peñas. El mandatario ha quedado retratado. El coste de imagen es incalculable. Semejaba un Josep Lluís Núñez redivivo, aquel contra el que Laporta lanzó elefantina cruzada...
Cada vez estoy más convencido de que la gente azulgrana vive en una burbuja.
Una burbuja de emociones mal digeridas y peor administradas. Una burbuja que especula con los sentimientos, indefectiblemente pincha y hace daño. Es lo que tienen las caídas.
Bien está estimar con ardor al equipo que representa a tu país. Pero mal está hacerlo con ese tremendismo fuera de toda lógica, subordinado al papel errático de un equipo fundamentalmente de mercenarios. Y a los caprichos del azar: que la pelota entre o no entre.
Hay en todo esto serios visos de inmadurez colectiva, de autoflagelación compulsiva y un gran defecto de fondo: el canguelo. Término coloquial que define los miedos, los titubeos crónicos, el pesimismo cerril.
Un pueblo con canguelo difícilmente puede ser emprendedor, amistoso, expansivo, cosmopolita, sociable. Generoso.
El planeta del fútbol muestra algunas de nuestras miserias más acendradas. Entre ellas la de vivir en una burbuja de caídas y remontadas. En perpetua turbulencia. Tan lejos del pregonado seny. Si es que lo hubo. Si llegó a ser común.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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