Su voz era inconfundible. Introducía el catalán en sus emisiones radiofónicas en castellano de la manera más inopinada en aquel mítico programa llamado "RadioScope". Y detectaba el talento de principiantes entonces como Joan Manuel Serrat, luego grandes pesos pesados de la música. Los detectaba y los apoyaba.
Se llamaba Salvador Escamilla y murió esta mañana.
Tenía un verbo encendido, próximo a la verborrea. Una vitalidad pegadiza. Y un compromiso pleno con la recuperación de la lengua catalana.
Recuerdo sus emisiones de radio aquellas mañanas en que yo faltaba a la escuela. Enfermo en la cama, la radio era mi gran evasión. La voz de Escamilla se colaba en mi habitación un día sí y otro también en aquel diminuto ático de la calle Sanjuanistas de Barcelona.
Escamilla tenía una voz peculiar, un populismo notable y una fama extendida, como supe años después.
Le saludé en varios aperitivos en el Parlamento de Cataluña. Su rostro en nada coincidía con la imagen de infancia que me había forjado de él. Miraba a las mujeres con desparpajo y sus comentarios sonaban entre rancios y entrañables.
Era el prototipo de una determinada manera de hacer radio. Cumplió un papel. Y estuvo en la lucha cuando había que estar.
Al igual que la historía de un país tiene sus iconos, su voz es igualmente parte de ese legado. Un legado plenamente vinculado a nuestra historia sentimental.
Por eso su muerte nos entristece especialmente.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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