Estoy de nuevo en Santago de Compostela. Y ya van nueve temporadas seguidas como profesor visitante del Centro Superior de Hostelería de Galicia, donde imparto un módulo de comunicación y relaciones públicas.
Emilio Sol Bartolomé, mi amigo de infancia, me ha recogido en el aeropuerto de Lavacolla, solícito como siempre. Es de los pocos amigos que conservo de mi infancia, desparramados unos y otros por esos mundos de Dios.
Santiago de Compostela es una de las más bellas ciudades del mundo. El conjunto arquitectónico alrededor de la catedral no tiene parangón. Callejear por sus calles de piedra siempre húmeda debido a la lluvia es una de las más fascinantes actividades que nos pueda ser dada.
Hay tanta piedra noble concentrada en aquel recinto. Tanta historia de peregrino. Tanto misticismo desaforado.
Santiago merece una visita en profundidad. Y yo he tenido el privilegio de hacerlo cada año durante la última década.
Con todo, me pasa con Santiago lo mismo que con Mallorca: son paisajes que no consigo abarcar, describir aunque sea con somero trazo. Todo se me escapa. Puedo sentir los rincones más inaccesibles pero no me veo capaz de trasladarnos al imaginario del lector.
Acaso es todo ello lienzo de lenta maduración que requiera bocetos, pruebas, nuevos intentos y muestras finales repletas de correcciones.
Santiago y Mallorca son realidades muy distantes pero unidas por un elemento común: la humedad, el carácter introspectivo de sus gentes y el esplendor de los paisajes.
Estoy de nuevo en Santiago y está en mi ánimo diseccionar algunos parajes para que queden en la memoria de esta web y no tan sólo en mi mente volátil y un tanto anárquica.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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El Espacio del Dircom
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Periodista Digital
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Antonio Jiménez