Me consta que no es la primera vez que sobre él escribo. Pero reúne méritos sobrados para el encomio y la descripción proverbial de su singular carácter.
Más allá de dirigir Radio Nacional de España en Baleares, Armand es un fuera de serie de las relaciones humanas.
Si yo reinase, Armand sería mi primer ministro. Si yo presidiese la República, Armand igualmente estaría al frente del ejecutivo. A las múltiples carteras con que le dotaría incluiría indefectiblemente el Ministerio de Sapiencia y Docencia sobre Docta Mallorquinidad.
No hay recoveco de la isla por el que Armand no haya transitado. Capítulo de su historia sobre el que no haya inquirido. Personaje nativo o transeúnte sobre el que no se haya documentado.
El bueno de Armand tiene planta de alta palmera, se cimbrea con la inteligencia de los seres adaptativos y le pega unos acelerones a la lengua que le valen sempiterna ‘pole position’ en las más maratonianas de las discusiones.
Tiene un aire tintinesco (ergo de buen corazón), afición desmedida por la psicología interpersonal y una admirable capacidad para formular varias tesis doctorales al día.
En una isla de hombre calmos y negocios raudos, Armand Pomar es un diabético acelerado del buen rollo, un monumento a la generosidad, emblema del vive y deja vivir.
Yo –si reencarnarme puedo- quiero hacerlo en el barco de Armand Pomar. Porque sé que mi timón será manejado por alguien muy capaz y mediterráneo.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez