Vuelvo a escuchar las canciones de Alaska y me retrotraigo a una época inolvidable: la gran movida madrileña.
¿Qué misteriosa fórmula tenían aquellas canciones que décadas después producen parecido estremecimiento?
Y, sin embargo, aquellos tiempos quedan francamente lejanos. Leo recientemente que el Príncipado de Mónaco dedicará una de sus fiestas principescas a homenajear por todo lo alto a la movida. Acudirá Pedro Almodóvar y la pléyade de famosos que alumbraron ese movimiento tan pintoresco como atrabiliario.
Con todo, no puedo reconstruir mi pasado sin la voz dominante de Alaska, sus melenas luengas salpicadas de colores imposibles y esas capas de maquillaje que esconden su auténtico rostro, cuando no su auténtica alma.
Alaska canta y paradójicamente es cálido el aire que desprende, me envuelve y pone contento (mil campanas suenan en mi corazón).
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
Miguel Ángel Violán
Jaime Rodriguez
Rolando Rodrich
Rafael Moreno Izquierdo
El Espacio del Dircom
José Antonio Piñero
Periodista Digital
Juan Luis Gámez Ortúzar
Antonio Jiménez