La noche del domingo vi como telespectador uno de los documentos más impresionantes de los últimos tiempos: “Bucarest, la memòria perduda”, un trabajo de TV3 elaborado por Albert Solé Tura, hijo del político Jordi Solé Tura, aquejado de un inexorable Alzheimer.
Le recuerdo como personalidad política recurrente de la transición y redactor del texto constitucional. Pero también como artículista que llevaba sus folios mecanoscritos en un Seat 1.500 al edificio del Grupo Mundo en Sant Ramon Nonato, a las puertas de Cornellà, en el extrarradio de Barcelona. Yo mwe iniciaba allí en el periodismo con horarios intempestivos.
En cierto ocasión me llevó él desde allí hasta zonas más céntricas de la ciudad en su vehículo. Creo recordar que me dejó en la calle Manuel Girona, cerca de su domicilio. Fue cortés conmigo.
Yo hubiera deseado tenerle de profesor de Derecho Político en 1976, cuando inicié mis estudios de Derecho. Pero él –a la sazón director del departamento- no impartió en el grupo de tarde, al que yo estaba adscrito con mi amigo de bachillerato Esteban León Aguilera.
Tuvimos en lugar de Solé-Tura a un representante del ala radical del PSC. Se llamaba Jover y departía como quien expresa las verdades de un catecismo. De izquierdas pero catecismo al fin y al cabo. Puro lenguaje marxista sin derecho a la réplica.
Unos años más tarde me reencontré con Solé Tura en un acto sobre ONGs y medios de comunicación. Yo representaba al diario AVUI, del que era redactor-jefe de información política. Solé-Tura representaba al ámbito de la política. El resto de invitados faltó a la cita.
Solé-Tura estuvo sarcástico conmigo. De manera innecesaria y gratuita. Se debatía cómo recogían los medios de comunicación las informaciones sobre las entidades de solidaridad. Solé-Tura ridiculizó a mi diario sin venir a cuento, con alusiones a Jordi Pujol, Sant Jordi y el dragón.
Estuvo socarrón. La imagen que me había forjado de él se hizo a trizas. No me pareció precisamente “progresista” querer indisponer a un auditorio ante un joven redactor-jefe que ni había aún abierto la boca. Curiosa manera de entender la presunción de inocencia viniendo de todo un padre de la constitución.
Pero también me enseñó la importancia de conocer a las personas en situaciones muy diversas para tener un juicio cabal sobre ellas.
Tras mi intervención –ponderada y centrada en el tema del coloquio- cambió de rictus y Solé-Tura se despidió de mí con un gesto como de disculpa.
No tengo ninguna duda sobre la trayectoria opositora de Solé-Tura. Sin embargo, es en la distancia corta donde uno descubre ángulos insospechados, más allá de las verdades oficiales, los panegíricos de los compañeros del partido y los turiferarios que indefectiblemente acompañan a los hombres en la cresta de la ola.
Bien es cierto que en aquella época (mediados de los ochenta) Solé-Tura mantenía una dura pugna política con Jordi Pujol, presidente de la Generalitat y factótum a la sazón del diario AVUI, que precisamente intentaba una profunda liberalización en su línea editorial. Solé Tura recibía entonces desde las páginas del diario el respeto que él no prodigaba.
Fuera de esta escaramuza sin mayor relieve pero bien anclada en mi memoria, debo decir que el documental de anoche crea una profunda pesadumbre sobre la enfermedad de un hombre que ha sido muy importante en la historia de su país.
La narración está impregnada de sensibilidad y la rememoranza del franquismo y la transición producen una profunda emoción. Entre otras cosas por el tiempo que –para bien o para mal- irremisiblemente se nos ha ido de las manos.
Siento un gran respeto por aquellas personas que han pagado el precio personal de estar en la cárcel por la defensa de ideales a favor de la colectividad. Solé-Tura está entre ellos.
Pero me resisto a callar aquellos capítulos que he vivido en carne propia y que han forjado –tras casi medio siglo de vida- mi particular cosmovisión.
Por eso aquí lo dejo escrito. Gustará cuanto menos a los que son un poco como yo.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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