Me llama el buen amigo mallorquín Macià Llabrés y yo me entristezco: porque estoy lejos de la isla y no veo sus naranjos, sus limoneros, sus guiris intempestivos, su humedad febril.
Hace tiempo que me hago la misma pregunta:¿Puede quererse a un territorio como se quiere a una persona?
Y si la respuesta es sí, hay un cuerpo que se extraña. Uno -también desde lejos- ve cómo lo mutilan. Y no puede hacer nada.
¿Puede tener alma una isla? ¿Explicaría eso el arrebato de nostalgia que siente el isleño transeúnte?.
Y si la respuesta es sí, ¿cómo evitar que los bárbaros la profanen con cemento e incuria?
¿De dónde proviene ese latido grande si la tierra es minúscula, y su territorio a caballo entre piltrafa y joya, en cualquier caso rodeada de agua?
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
Bustamante, Arévalo y Pardo de S.
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Periodista Digital
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