Mencionaba hace poco mi googelizante estilo de vida. Muestra de ello es mi sistemática caza y captura de antiguos compañeros de pupitre. Es el turno de Pedro Esteban. ¡Le cacé! Es ni más ni menos que el director general para España de la compañía de inversiones Carlyle...
Aún resuenan en mis oídos -ambos con 13 años en el Instituto Menéndez Pelayo de Barcelona- sus arrebatadoras proclamas en favor del genio de Einstein y Mozart y sus dificultosos inicios en la práctica del balonmano.
Pedro Esteban (la preposición no la usaba en aquella época) era un aplicado alumno de bachillerato. Leo en la web del grupo Carlyle que luego estudió ingenieria, un MBA en Standford y un doctorado en la Ramon Llull.
Pedro tenía el cabello rizado, voz con falsete en plena adolescencia y una mezcla de pasión e implacabilidad en la mirada. Esa manera de mirar de aquellos-que-van-a-su-rollo.
Tal implacabilidad le habrá sido útil en su carrera de inversor. De Einstein probablemente habrá aprendido que todo es relativo.Incluido el valor de las acciones.
Guardo de Pedro un grato recuerdo de un año concreto en que conversamos a menudo de lo divino y de lo humano. Pero también de un distanciamiento posterior -a él debido- semejante al niño que cambia caprichosamente de juguete. Al menos a mí así me lo pareció y en mi dietario de adolescente así lo reflejé.
Pedro (de) Esteban se consagró a las finanzas y yo le recuerdo tan vivido en la memoria como la pantalla que tengo ante mis narices.
Esas narices que se obstinan en meterse hasta en el más pequeño recoveco de mis recuerdos. Por cuanto recordar es revivir.
Martes, 29 de mayo
Antonio Pérez Henares
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