Zapatero no es mahometano, creo
07.02.06 @ 10:00:17. Archivado en Política, Rodríguez Zapatero, Medios de Comunicación
Si las caricaturas de Mahoma se publicaron el 30 de septiembre de 2005, ¿por qué estamos asistiendo ahora, precisamente ahora, cuatro meses después, a la escalada de protestas y asaltos a delegaciones diplomáticas? ¿Por qué lo que la comunidad musulmana en Europa y la diplomacia de algunos países árabes solventaron en septiembre con protestas formales, está reviviendo ahora con tanta intensidad?
Quizás encontremos las claves si, por un momento, sobrevolamos el debate libertad de creencia vs libertad de expresión, y echamos un vistazo al tablero internacional. Quizás si recordamos que, en estos momentos, Irán está echándole un pulso a la comunidad internacional; que Hamás viene de ganar las elecciones en Palestina; que Siria ha quedado en una delicada situación geoestratégica; o que Israel aguarda con inquietud a que se resuelva el ínterin provocado por la enfermedad de Sharon y las inminentes elecciones, llegaremos a la conclusión que este globo no se está hinchando, precisamente ahora, por casualidad.
Detrás de todo esto hay intereses estratégicos muy poderosos y concretos. Quien utiliza ahora las caricaturas para exacerbar los ánimos de los creyentes islámicos, sabe muy bien lo que está haciendo y lo que quiere conseguir con ello. El choque entre libertades sólo es parte del atrezzo de una operación de geopolítica de mayor alcance para justificar los siguientes movimientos previstos en el tablero y, de paso, relativizar lo poco que quedaba de inmanente en nuestro mundo: los derechos humanos.
Por ello, llama poderosamente la atención la postura adoptada por nuestro presidente, Rodríguez Zapatero, ante la crisis de las viñetas. Como impulsor de la Alianza de las Civilizaciones ha dado, otra vez, una respuesta tibia, indigna de quien se supone que, en su día, fundamentó su propuesta civilizatoria en base a un andamiaje teórico sólido, real y aplicable. Zapatero no puede salir ahora, limitarse a culpar a los daneses, pedir perdón, y pretender que no pensemos que lo de la Alianza nunca pasó de arreglo floral.
Medio mundo pone en tela de juicio la existencia de un derecho fundamental proclamado por todas las declaraciones de derechos desde 1789, y Zapatero sólo es capaz de hacer un spot publicitario de una de sus ideas de bombero. Tan eficaz como mediar, con una batería de frases de Paulo Coelho, en la disputa entre un desvalido y un fanfarrón.
No discuto aquí la pertinencia de la disculpa, sino la falta de fe democrática que ha demostrado, otra vez, Zapatero. Era el momento de afirmar los valores democráticos, el momento de protagonizar un acto de convicción europea; era el momento de decir que Zapatero se cree la Europa de la Ilustración, de la multiculturalidad, la Europa que nació con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. La Europa que miró a España en 1812 como ejemplo.
Los grupos radicales islámicos han dado una sobredimensión a un hecho significativo pero anecdótico. Y con ello, no sólo han conseguido revestir de amenaza al Islam cualquier actuación de los países occidentales, lo que ciertamente contribuye a generar un choque de civilizaciones.
Además, y lo que es peor, han conseguido llevar el debate a su campo, de manera que hoy por hoy, algo tan grave e inédito como la destrucción sistemática de legaciones diplomáticas en varios países (o incluso lo que acabo de escuchar en la radio, el asesinato de un cura católico, que podría ser la sexta víctima mortal de las revueltas) es visto, incluso en Europa, como algo inevitable y normal, como una reacción lógica. Como cuando en la Edad Media los rumores daban lugar a asaltos bárbaros a las juderías.
Siento mucho, como español, como demócrata, que Zapatero no haya condenado en su artículo el asalto sistemático a embajadas. Lamento que toda la energía de su condena haya tenido a los dibujantes como único blanco. Zapatero no ha contribuído precisamente a la distensión, sino al envalentonamiento de los asaltaconsulados y al amedrentamiento de quienes sólo tienen como escudo la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.
Es triste. Mucho. Demasiado, para ser verdad.
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Esteban González Pons



