"Elecciones", devaneos...
23.10.07 @ 23:16:20. Archivado en Cuba
Por Camilo López Darias.

Las elecciones en Cuba responden al consabido ritual movilizativo conque los regímenes totalitarios atosigan a una población por lo general adoctrinada y carente de una verdadera cultura democrática y participativa. Nos dicen desde La Habana que “el Partido no nomina”. ¡Ni falta que le hace! Pues todo el andamiaje proselitista es sustentado por organizaciones, numerosas y de nombres rimbombantes, que bajo la égida de una solitaria ideología se subordinan al Estado.
El totalitarismo es antidemocrático ‘per se’, gracias a un poder unificado en una sola persona (o en un grupo reducido) que como bien decía la excelente Hannah Arendt, sobrepone a la razón del Estado sobre la razón humana. Entonces ¿a qué sublime democracia se refieren los defensores del gobierno de La Habana?
En Cuba, tal y como ha acontecido en muchas otras partes, rige este llamado ‘Partido Comunista’, enemigo de las libertades y de los pluralismos, lo que en resumidas cuentas favorece y legitima el ejercicio del poder sin límites. Un refinado aparato represivo y policial es el mayúsculo encargado de velar por el correcto accionar de las prohibiciones.
Y también hablan de ese “voto secreto” y de esa “voluntariedad” que tanto conocemos. ¡Por favor! La politización de ¡TODOS! los estamentos de la cotidianidad (en el ámbito social, público y privado), estructurada en base a la propaganda y a la manipulación educativa, basta para garantizar que el proceso “electoral” prosiga por cauces adecuados y sin sobresaltos.
Tras la inmisericorde destrucción de las instituciones de la época republicana, la revolución cubana (arrastrando a una nación entera) se aferró casi por obligación (y mucho también por vocación propia) al líder omnipotente que, más por caudillismo que por condiciones relevantes, se hizo del bastón de mando y de la fusta para dirigir los destinos del régimen naciente. Invocándose conceptos como “soberanía” (hoy tan arcaico después de la aparición de Chávez en el contexto político cubano) y “libertad” (una desvirtuación de la “liberación” que tanto se acomoda a las revoluciones) se inventaron justificaciones de ese enfermizo dominio que ejerce sobre la masa toda el proceso político castrista, heredero ideológico de la revolución francesa. Cuando Rousseau manifestó: “La voluntad general es un enemigo peligroso para la estabilidad de la república” no hizo más que reflejar sin cortapisas el temor de los totalitarismos a la libertad. ¿Cómo controlarla, entonces? Y es en este punto donde aparece un Robespierre represivo, presto a aplicar la justicia intransigente e inmediata en aras de garantizar la “nueva democracia”.
En los totalitarismos al estilo de la revolución cubana, ha sido la Liberación y no la Libertad quien se ha impuesto políticamente. Ello nos ha alejado de las democracias más reales como la norteamericana, donde el establecimiento de instituciones duraderas ha terminado por garantizar un gobierno de leyes y no de hombres. La resolución de problemáticas sociales con la consabida promesa de bonanzas y abundancias económicas (¡casi milagrosas!), responde al legado de la revolución francesa, antecesora directa de las revoluciones “comunistas” del siglo pasado.
La solución no pasa por elecciones habaneras con pioneros custodiando las urnas de madera, sino por la admisión y participación de todas las personas en el espacio público y político. Los derechos individuales son inviolables y nada tienen que ver con esa fascista afirmación de que en los comicios de la isla caribeña “pueden ser nominadas aquellas personas que estén en pleno goce de sus derechos políticos”.
Camilo López
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