18.10.07 @ 02:58:05. Archivado en Cuba
Por Camilo López Darias.

Surrealismo político. Tan simple como eso. No encuentro otra forma de calificar la monstruosidad vivida en Cuba durante la última visita del usurero mayor, el magnate petrolero (y presidente) Hugo Chávez Frías, quien rodeado de canes falderos en busca de bocado suculento, lanzaba bravuconerías huérfanas de talento y simpatía.
Algo dejó en claro el aullar lobuno del ex coronel golpista y los elogios disparados por sus anfitriones, deseosos de vender sus almas a cambio de petróleo y de dinero:
En primer lugar, las ansias imperiales del inquilino de Miraflores, esperanzado en expandirse por toda la América Latina, para “construir” esa especie distorsionada y falsa de sueño bolivariano con él (¡no faltaba más!) a la cabeza.
No menos importante, la personificación de una herencia política dispar. El moribundo Castro apuesta por Hugo Chávez (a pesar del desprecio intelectual) como su único sucesor directo. Y es que al decir de Carlos Alberto Montaner, la teoría de “después de mí, el diluvio” tras la muerte de Fidel, no es más que un mito. Y el petróleo crudo venezolano es, según piensa gran parte de la cúpula cubana, la única esperanza para la sobrevivencia de la “revolución”.
De allí, la creación demencial y desquiciada de esa posible “Cubazuela”, repleta de plejias e imposibles, amenazada antes por el muy serio Carlos Lage y reafirmada por Hugo Chávez en una franca inspiración maníaca.
Para contar, la aparente disposición de Raúl Castro de seguir jugando un rol definitivamente secundario en esta suerte de resurrección histórica, al menos mientras el hermano mayor decida mantenerse vivo.
Y por último, una imagen que se me antoja comprensible: un pelotón de fascistas trasnochados, blandiendo la swástica bananera del Caribe, planificando eliminar a aquellos que no comparten sus ideas.
¡Patético! Y también vergonzoso, por supuesto.