Pandataria
13.10.07 @ 04:27:59. Archivado en Cuba
Por Camilo López Darias.

Miami es la Pandataria del cubano. Y Madrid, y Buenos Aires, y Estocolmo. Extensísimo exilio de cincuenta años, disímil y multicolor, pero común en la razón de su existencia: distanciamiento de un régimen brutal e intolerante.
Derrotado en lo político y lo militar, el exilio criollo es un ejemplo notable de trágica perseverancia, sustituyendo en parte la vergüenza y el dolor de lo perdido por el orgullo de la sobrevivencia digna. Al menos la comunidad del sur de La Florida no sólo ha mantenido sus raíces, sino que ha influenciado más que positivamente al modo de vida norteamericano, al que conquistó y sedujo con esa gracia que se trajo de La Habana republicana.
A este exilio poderoso e influyente, sin embargo, le ha costado imponerse a su enemigo. De hecho, ha sido un imposible extremo. La “revolución” castrista aún se mantiene estrangulando a Cuba, como si de pacto con el diablo se tratase. Sin gozar de simpatías en prácticamente todo el mundo, la derrota responde a varias causas.
El apelativo de “Mafia de Miami”, desparramado por todos los rincones, se ha convertido en emblema forzado de esta comunidad, que si algún pecado ha cometido ha sido el de no olvidar a Cuba. Reflejo del éxito de la propaganda del castrismo, el exilio en general continúa escenificando el rol de víctima, categorización que se extiende a todas las generaciones de asilados. Vinculados al extinto gobierno del general Batista, denostado en grado extremo desde los tiempos de las luchas “revolucionarias”, al exilio se le relaciona con la falsa imagen de miembros de una “secta batistiana”, y en casos menos extremos los llamados “moderados” lo comparan al represivo régimen de La Habana. Periodistas como Alejandro Armengol alimentan la mentira con meticulosidad inconsistente, irresponsabilidad que me merece muchas dudas. “Ciudad en manos de los batistianos” llama a Miami medio siglo después del triunfo de Castro y de sus huestes. Movería a risa de no ser por las ocultas intenciones. Y es que a la exageración sobre los muertos y la represión, habría que sumar la aguda observación de Néstor Díaz de Villegas, esa en la que define al gobierno de batista como “impersonal” y no cohorte de fanáticos dispuestos a la muerte.
La prensa internacional, dominada por la pseudo progresía que babea tras las palabras de Castro, ha distorsionado gran parte de la historia, poniéndose al servicio de la dictadura populista, ignorando y oprobiando al exilio disidente, al mismo tiempo que le entona loas a Fidel y a lo que representa. Ello explica la escasa generación de estados de opinión que se suscita en estos lares, a diferencia de La Habana.

Más las responsabilidades se comparten. El viejo exilio, cuando nuevo, no comprendió la naturaleza perversa y diferente que animaba al naciente gobierno verde olivo. No se percató del apoyo del pueblo a la nueva causa “socialista”. De allí los fracasos sonados de Girón y el Escambray. La ideologización de las masas, rápida y factible para entonces, delimitó el curso de los acontecimientos. El pueblo, acostumbrado a caudillismos desde inicios de la república cubana, se consoló con la llegada del Mesías y disfrutó de la miseria impuesta. “¿Y los traidores del exilio? Ellos no cuentan.” Los métodos inadecuados empleados, explotados a propia conveniencia por el aceitado aparato propagandístico del régimen, colocaron el último clavo en el ataúd de la lucha disidente.
La esperanza, a diferencia de lo que dicen otros, no hay que buscarla en diálogos arreglados ni en ejercicios de guerras convencionales. El régimen fenecerá por la ausencia de un líder, requisito indispensable a todo totalitarismo. El embargo, tibio y descafeinado, sería una herramienta útil bajo otras condiciones. Se trata, más que nada, de posición moral indispensable que celebro y aplaudo, pero inoperante en términos prácticos y reales. La respuesta es desacralizar. Romper los mitos, rescatar la verdadera historia, echar abajo el hormigón proselitista…
Quien pretenda paños tibios en materia intelectual, en aras de justificar nuestras vergüenzas, estará de una u otra forma en componenda con la dictadura de La Habana. Comparaciones a destono, acusaciones infundadas, desprecio generacional, son todos elementos que terminan por beneficiar a la monarquía socialista de los Castro. Es hora, por lo que nos toca, de gritar basta y ponerse a trabajar. A ver si la partida la acaban de perder los lacayos y los victimarios.
Camilo López
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