Biografía de un Exilio II
19.02.07 @ 15:06:27. Archivado en Tellechea
Por José Antonio Tellechea.
Al oír el acento, abrazos, besos, lágrimas ya sin saber por qué y nuevos parientes en Madrid a quienes visitar. Allí conocí a Alejandro Urrutia y terminamos siendo psiquiatras. Si yo llevaba tormentas internas, las de él, eran mucho mayores. Ya su padre, ex primer Presidente de Cuba revolucionaria, estaba de profesor en el Queen College de Nueva York. Luego vino Julio Lobo, el magnate azucarero, y nos fundó un Club, donde recreaban la nostalgia mis padres. Pero yo, que batallaba por aceptación generacional en la Universidad, todo aquello me resultaba sensiblero, pueril, ante “mi culpa por haber abandonado una Revolución”. Ya no era victima del adoctrinamiento de Castro, ahora era víctima de la influencia de su Revolución en mi generación universitaria. Y aunque explicara, debatiera, discutiera acaloradamente mis razones: no fuimos políticos, ni mucho menos batistianos. Mi padre fue un emigrante español, que trabajó muy duro, para que viviéramos holgadamente. Se hizo ingeniero en Cuba, trabajando de obrero por las noches y un buen día se le intervino su compañía de Construcción Civil. No, era un gusano. Y tú, qué tienes que ver con tu padre? El adoctrinamiento extendido se traducía en culpas, interiores, privadas y secretas, de haber “abandonado a mi país.”
Yo conocí unos exiliados buenos, trabajadores incansables, humildes y humillados en su dolor, de haber sido y no ser. Hermanados en principios y resignación. Cuando vino Olga Guillot al Florida Park del Retiro, forcé mi entrada en un ensayo para saludarla. Sin haberme conocido antes, nos abrazamos y con lágrimas en sus ojos me preguntó, cuántos son, o eres sólo?, --Olga, somos 4, pero verte cantar no podemos, solo vine a….---En esa mesa, la primera fila, mis invitados de honor. Ahí estarán mañana por la noche, y vete ya, que sólo lloro cuando canto.
Al fin, mi Diploma, a la usanza de pergamino arrugado, firmado por “El Jefe del Estado, su Excelencia Generalísimo Francisco Franco”, que años más tarde podría cambiar por el firmado por “Su Majestad Don Juan Carlos I”, ahora de cartón, y a debatirme, haciendo partos y vacunando criios, reduciendo fracturas y ayudando a morir, en las aldeas de Tordecilla de la Tiesa y Aldea Centenera, en Trujillo, Extremadura. Toda la aldea era mi familia. Sueldo holgado del Ministerio, adulación y respeto. Casa del Médico, con empleada del gobierno como sirvienta y ayudante. Pronto vino el Renault nuevo, a conocer las carreteras de Europa en vacaciones bien ganadas. Visitas de turista a Nueva York y Miami. Lo detestaba, también como Lorca, sentí esa deshumanización profunda y una pequeñez indescriptible entre aquella babel de concreto y rascacielos, y Miami, muy cerca del dolor olvidado, y como sentiría después Reinaldo Arenas, un arenal plano, con todo tan organizado, que no había espacio para la poesía del vivir. Además, ese calor, ya lo había olvidado.
Pero allí fui a vivir, y sólo por miedo. Y abandoné una estabilidad casi irreal, por aquello. Lo conquistado, lo llevaba por dentro. En el exterior todo estaba por rehacerse de nuevo
No se si fue mi novia cubana, dejada en Madrid, la necesidad imperiosa que me asaltó de repente, de que mis hijos se sintieran cubanos, o el pánico cerval, que a la muerte de Franco, los rusos barrieran con Europa hasta Portugal. Pero, contra toda lógica, había que empezar de nuevo.
Me despedí con dolor de las aldeas. Tome el primer examen de revalida en el flamante Hotel Meliá de Princesa, meses después, me llego el suspenso por cinco puntos, pensé, que seria mi mal Inglés. Mi novia en último año de Filología Inglesa en la Complutense hacía casi lo imposible por entender mi desequilibrio, de tirar un futuro precioso por la borda y hacernos a una aventura sin razón.
Ella, que había abandonado Cuba en 1960, a sus quince años de edad, después que a sus padres españoles, les intervinieran sus negocios de Papelera Puentes Grandes, y Casa Fernández, no sufría el miedo de mis vivencias de los cuatro años siguientes. Yo, si ya entendía algo que ella no concebía. Había vivido tempranamente el Terror, y éste me perseguiría para siempre.
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Camilo López
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